Editorial

Agosto de 2010

editorialagosto01

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29 de julio de 2010

El fotógrafo Wes Skiles desciende nueve metros por una cavidad inundada de agua dulce y se encuentra con una nube rosada y turbia. El color indica la presencia de sulfuro de hidrógeno, un peligroso gas producido por la descomposición de la materia orgánica en ambientes con poco oxígeno. Skiles tiene poco tiempo para atravesar esta capa tóxica de seis metros de grosor. Cuanto más tiempo permanezca en este infierno sulfuroso, mayor será el riesgo. Empezará a sentir un intenso dolor de cabeza, un hormigueo en los labios y náuseas provocadas por la falta de oxígeno. Tiene que alcanzar la capa de agua salada que hay más abajo antes de desfallecer. Skiles, Andrew Todhunter, autor del reportaje, y un equipo dirigido por el antropólogo y veterano espeleobuceador Kenny Broad componen la expedición cofinanciada por la Sociedad para explorar las cuevas de roca caliza inundadas de las Bahamas, conocidas como «pozas azules». Un entorno único, donde los peligros tampoco tienen parangón. Pero el riesgo vale la pena.
El estudio de estas formaciones kársticas ampliará nuestro conocimiento de la geología, la biología y la química del planeta. Algunas cuevas, dice Todhunter, son el equivalente en las ciencias de la Tierra a la tumba del rey Tutankamón: científicos y submarinistas como los que acompañan a Broad abren puertas, levantan el telón que cubre mundos ocultos y, a veces, peligrosos. Ésa es la naturaleza de la exploración, y gracias a ella nuestro universo es más rico.