Editorial

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Por Chris Johns, director de National Geographic Magazine

editorialfebrer

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27 de enero de 2010

Hace cuatro años, Amanda Kitts perdió un brazo en un accidente de tráfico, y con él, la capacidad de hacer todas aquellas cosas que la mayoría de nosotros realizamos en nuestra vida diaria sin reparar en ello. Cosas tan simples como, por ejemplo, preparar un bocadillo. «Me sentía perdida», confiesa esta profesora de Knoxville, Tennessee, a Josh Fischman, el autor del reportaje de este mes sobre biónica.
Entonces Amanda conoció a Todd Kuiken, un médico e ingeniero biomédico que sabía que los nervios del muñón de un miembro amputado todavía pueden transmitir señales del cerebro. Y procedió a implantarle un brazo biónico.
La biónica es una tecnología al servicio de la humanidad. Muchos de nosotros descubrimos por primera vez esta palabra en los libros de ciencia ficción o en series de televisión como El hombre de los seis millones de dólares. En ella, el protagonista, el piloto Steve Austin, resulta herido en un accidente. Su cuerpo reconstruido, que incluye un brazo, un ojo y las dos piernas, todo biónico, convierte a Austin en un superhombre. Pero la biónica moderna tiene poco que ver con todo eso. Se trata más bien de conseguir pequeños milagros, como sostener un tenedor o distinguir la silueta de un árbol. Se trata de que personas como Amanda recuperen lo que han perdido.
El año pasado, Ray Edwards, un ciudadano al que le habían sido amputados cuatro miembros, fue una de las primeras personas del Reino Unido en tener una mano biónica. Cuando la flexionó por primera vez, se echó a llorar: «Sentí que volvía a ser yo». Devolver la normalidad a una persona es un valioso regalo.