Editorial: Un difícil equilibrio

Mayo de 2013

editoralmaig2013

editoralmaig2013

28 de mayo de 2013

En mi casa del condado de Rappahannock, en Virginia, un riachuelo serpentea libremente a través de los campos. Solo es un estrecho hilillo de agua, pero yo me tomo muy en serio la responsabilidad de cuidarlo. Mantengo alejado al ganado que deambula por la zona.

Sé que el estiércol, rico en nutrientes, eutrofiza el agua, es decir, la sobrecarga de nutrientes.

No corto el césped a lo largo de la orilla, sino que lo dejo crecer para que actúe como barrera y absorba de los campos los fertilizantes arrastrados por la escorrentía, ya que de lo contrario estos podrían acabar en la bahía de Chesapeake y afectar a sus pesquerías. Aunque el arroyo esté en mi propiedad, el agua nos pertenece a todos. En algunas partes del mundo la adecuada gestión de la tierra es un lujo, apunta Dan Charles, autor del reportaje de este mes «Un planeta fertilizado». Esa gestión es más fácil de aplicar en Estados Unidos que en otros países como China, donde hay menos tierra arable per cápita. En África la hambruna es una realidad, y a menudo pesa más la necesidad de conseguir una cosecha abundante gracias a la acción de los fertilizantes que la preocupación por el impacto medioambiental. El equilibrio entre la necesidad de alimentar al mundo y la protección del ecosistema es complicado. Aun así, por lo que se refiere al agua, debemos recordar que nos concierne a todos. Según el naturalista Aldo Leopold, cada río es un ciclo de energía que va desde el sol hasta las plantas, desde los insectos hasta los peces. Un proceso continuo que solo rompen los humanos.