¿Dónde se esconde el Ébola?

Bautizado con el nombre de un río de la República Democrática del Congo cerca del cual, en una aldea remota, se descubrió hace casi 40 años el primer caso de infección, el virus del Ébola se muestra a través del microscopio como un extraño organismo filamentoso particularmente grande, con una longitud diez veces superior a la del virus de la gripe y el doble que el de la viruela.

EDITORIAL_OCTUBRE2015

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10 de noviembre de 2015

Su naturaleza insidiosa ha ralentizado la búsqueda de vacunas y tratamientos para vencer una de las enfermedades infecciosas más peligrosas que el mundo ha conocido, con una tasa de letalidad en el ser humano de hasta el 90 %. Una naturaleza insidiosa y esquiva. «El Ébola no es un virus sutil –dice David Quammen, autor del reportaje “A la caza del asesino”–. Mata a muchas de sus víctimas humanas en cuestión de días, a otros los deja al borde de la muerte y acto seguido desaparece.» Del Ébola conocemos bien los síntomas de la enfermedad, las pruebas en el laboratorio necesarias para su diagnóstico y, en menor medida, el registro de los sucesivos y esporádicos brotes que han proliferado en distintos lugares de África durante esas cuatro décadas. Sabemos también que el virus es transmitido al ser humano por animales salvajes y que en las poblaciones humanas se propaga de persona a persona.

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Pero, ¿dónde se esconde entre un brote y otro? Uno de los grandes enigmas en la investigación del Ébola es el huésped reservorio natural del virus, que algunos investigadores sospechan podrían ser algunas especies de murciélagos frugívoros. Otros, sin embargo, defienden un sistema «de doble huésped» en el que otro anfitrión natural del virus, tal vez un insecto o un artrópodo, habría infectado previamente al murciélago o a otros mamíferos, como monos, antílopes o puercoespines, desde donde pasaría a las personas.

Quammen y el fotógrafo Pete Muller viajaron a África para elaborar un retrato de cómo se vive y se combate el ébola en el verdadero campo de batalla. Una batalla que los afectados, la ciencia y las organizaciones humanitarias libran como buenamente pueden. Pero, ¿ha invertido el mundo desarrollado todos los esfuerzos que debería en la lucha contra esta enfermedad? Tras la insidia del Ébola, algunos ven consideraciones de orden moral y económico. Una patología que antes de la última epidemia había contagiado a «solo» 2.400 personas en todo el mundo (600.000 mueren cada año de malaria; 1,3 millones, de tuberculosis; 1,6 millones de sida), ¿era una prioridad para las autoridades sanitarias? «Pensemos en los occidentales que se han infectado –apunta Muller–. La mayoría ha sobrevivido, lo que significa que el Ébola es un virus que se puede doblegar. Da que pensar que una enfermedad hasta cierto punto controlable esté creando un efecto tan devastador.» Si África dispusiese de iguales infraestructuras que Europa o Estados Unidos, el retrato que Quammen y Muller dibujan en las próximas páginas sería sin duda diferente.