Despega el avión solar que intentará circunnavegar el mundo

Los pilotos suizos esperan completar la misión en cinco meses

solar impulse

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7 de abril de 2015

Poco más de un siglo después de que los hermanos Wright lanzasen un aeroplano propulsado con gasolina desde una colina arenosa de las afueras de Kitty Hawk, un equipo de exploradores suizos despegaba el pasado domingo día 8 de marzo en un nuevo hito de la aviación a bordo de un avión propulsado exclusivamente por la luz del sol.

Con el arnés bien ceñido en la angosta cabina monoplaza del Solar Impulse 2, el exaviador de combate André Borschberg despegaba desde un aeródromo militar del estrecho de Ormuz, emprendiendo así la primera etapa de una misión que pretende circunnavegar el mundo con una aeronave solar.

Borschberg se dirigió en primer lugar a Mascate (Omán), ascendiendo gradualmente hasta los 28.000 pies (8.500 metros) de altitud mientras un vasto complejo de paneles solares dispuestos sobre la superficie de las alas y el fuselaje captan la luz del sol para alimentar los cuatro motores eléctricos de la aeronave. Tras hacer escala en Omán el avión se dirige ahora rumbo al este, visitando ciudades de India y China antes de intentar alcanzar Hawai en una arriesgada travesía del Pacífico que se prolongará varias jornadas.

Se prevé que el Solar Impulse 2 recorra unos 33.800 kilómetros a lo largo de cinco meses, con frecuentes escalas en las que Borschberg será relevado a los mandos por su compañero en la aventura, Bertrand Piccard. Si la circunnavegación se completa con éxito, los pilotos serán los primeros en romper la barrera del combustible: salvar distancias inmensas volando día y noche sin consumir una sola gota de gasolina.

«Esto es el futuro –declaraba Piccard, un psiquiatra y aventurero que en 1999 anotó en su historial la primera circunnavegación del planeta a bordo de un globo aerostático–. Es un cambio de paradigma en nuestra forma de pensar, de volar, de fomentar la sostenibilidad. Hemos recorrido una distancia inmensa desde los hermanos Wright.»

La idea de volar sin combustible se le ocurrió a Piccard durante los 20 días que pasó sobrevolando en globo países y ciudades, océanos e islas, en compañía de su copiloto Brian Jones. A veces los aeronautas se veían arrastrados por las corrientes de aire; otras, paralizados en zonas de calma atmosférica. Aunque llevaban 4 toneladas de helio y propano para sustentarse, hacia el final del viaje estuvieron a punto de agotarlas y tener que abandonar el intento.

Piccard, quien ya tenía en su haber dos intentos infructuosos de batir el récord aerostático, relata que la cuestión del combustible se convirtió en una obsesión para él ante la inminencia de un tercer fracaso. Desde ese momento, ha explicado, comenzó a ver en el combustible un verdadero obstáculo, tanto para su propia aventura como para el progreso de la humanidad.

«Somos adictos al combustible –afirmaba–, pero hoy disponemos de tecnologías limpias que pueden cambiar esa dependencia y con ello el mundo.»

A los dos años de batir el récord de vuelo en globo, Piccard contactó con el Instituto Federal de Tecnología de Suiza para presentarle su proyecto de circunnavegación con energía solar. Intrigado, el instituto encargó un informe de factibilidad cuya dirección asignó a Borschberg.

A la sazón Borschberg era un empresario con experiencia en start-ups tecnológicas y en el sector de los semiconductores que además contaba con años de experiencia como piloto de aviones a reacción de la reserva aérea suiza. El equipo de Borschberg concluyó que la idea de Piccard era factible, aunque todavía irrealizable con la tecnología existente en ese momento. Mas esa limitación no hizo sino espolear la imaginación de Borschberg, hasta el punto de que en 2004 se alió con Piccard para fundar el proyecto Solar Impulse.

«Muchos lo tacharon de imposible», recordaba Borschberg.

El dúo ha dedicado los últimos diez años a hacer realidad su idea. Piccard buscó patrocinadores y desarrolló los principios centrales de sostenibilidad y exploración que vertebran la iniciativa; Borschberg articuló un colectivo de ingenieros y diseñadores para responder a las exigencias de un vuelo de propulsión solar.

Aunque a día de hoy son muchas las aeronaves solares que han levantado el vuelo (desde minimodelos pilotados a enormes drones manejados por control remoto), hasta ahora siempre se había tratado de naves relativamente frágiles, ninguna de las cuales se había atrevido con las travesías transoceánicas de varios días de duración que ahora tienen por delante Piccard y Borschberg.

Los ingenieros determinaron que para salir airoso de vuelos tan prolongados el avión debía equilibrar dos parámetros opuestos: grandes dimensiones y el menor peso posible.

El requisito del tamaño obedece a la demanda energética. Hasta los motores solares más avanzados siguen desarrollando escasa fuerza propulsora en comparación con los de gasóleo, de modo que el despegue y la sustentación de la aeronave exigía un extra de paneles solares. Los diseñadores respondieron revistiendo todas y cada una de las superficies de la nave expuestas al sol con más de 17.000 células fotoeléctricas de aproximadamente el grosor de un cabello humano cada una.

Portando el grueso de este complejo fotovoltaico, las alas del Solar Impulse 2 miden 72 metros de punta a punta: su envergadura supera la del Boeing 787-8, una aeronave comercial que acomoda más de 460 pasajeros.

Para reducir el peso, explicaba Borschberg, su equipo buscó los materiales más ligeros posibles, fijándose sobre todo en las piezas que de entrada sabían problemáticas por su alta densidad (como las cuatro baterías del avión, que con sus 235 kilos de peso cada una se cuentan entre los componentes más pesados de la nave).

Los ingenieros invirtieron años en refinar y testar sus diseños. Eliminaron hasta el último kilo prescindible, transformaron la cabina en una celda más reducida que el maletero de un coche y armaron el esqueleto de la aeronave con una fibra de carbono producida ex profeso. Hasta el asiento del piloto se reconfiguró en pro de la eficiencia: además de sillón hace las veces de retrete y, en posición reclinada, de catre.

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Crédito: Emily NG, NG. Fuentes: Solar Impulse; Administración de Información Energética de EE UU.

Al despegar el lunes día 8 de marzo desde Abu Dhabi tras años de perfeccionamiento y experimentación, el Solar Impulse 2 pesaba 2.268 kilos, más o menos lo que un todoterreno ligero. Sin llegar a ser un peso pluma, reconocía Borschberg, no está nada mal.

«La tecnología aeronáutica no se hallaba en condiciones de construir algo así explicaba Borschberg en los días previos al despegue, por eso tuvimos que tomar elementos de aquí y de allá para fabricarlo por nuestra cuenta. Llevamos la tecnología al límite y a continuación tratamos de encontrar empresas dispuestas a trabajar con nosotros.»

Con la labor de base rematada y el avión por fin en el aire, llega ahora la parte más difícil y arriesgada del proyecto.

La mayoría de las etapas exigirán un mínimo de doce horas de vuelo, en las cuales el piloto ascenderá a un máximo de 28.000 pies para absorber la máxima carga solar de la jornada. A semejante altitud se enfrentará a un frío extremo y la posibilidad de sufrir mal de altura, casi como si estuviese escalando el Everest.

Pero las últimas tres etapas –de China a Hawai, de Hawai a Arizona y de Nueva York a Europa– serán mucho más largas: hasta cinco días cada una. Volando a gran distancia de aeropuertos y equipos de rescate, con tan solo el océano a miles de metros por debajo de ellos, los pilotos se enfrentarán a los caprichos de la meteorología y los límites de la resistencia humana.

Desde un centro de control ubicado en Mónaco se monitorizarán constantemente las condiciones atmosféricas y las constantes vitales de los pilotos. Un equipo de meteorólogos, informáticos, pilotos y personal sanitario asesorará a Borschberg y Piccard y les ayudará a escoger la ruta más segura y menos accidentada.

Además de la ayuda del equipo de asesoramiento, los pilotos contarán con bombonas de oxígeno, bebidas energéticas y barritas energéticas, amén de una indumentaria diseñada expresamente para eludir la hipotermia, como es el caso de las botas negras UGG. También llevan consigo paracaídas y una balsa salvavidas.

Por último, cada piloto ha diseñado su propio régimen de vuelo para descansar, concentrarse y mantener el equilibrio mental en los días y noches que pasarán en el aire. A intervalos periódicos pondrán la nave en manos de un piloto automático informatizado para poder dormir. Ambos aeronautas planean valerse de técnicas de meditación y yoga en el asiento reclinable; además, Piccard ha anunciado que utilizará la autohipnosis para acceder con rapidez a un estado de reposo, siguiendo el método que él mismo desarrolló cuando ejercía la psiquiatría.

«La hipnosis es simplemente otro género de exploración, en este caso exploración espiritual –declaraba–. Todo lo que rodea este proyecto (el vuelo, la energía limpia, la hipnosis, la meditación) gira en torno a lo mismo: aprender e intentar que en este planeta se viva mejor.»

Para Piccard la aventura que tiene por delante es un jalón más de una tradición familiar. No en balde es hijo y nieto de exploradores que en el siglo pasado se ganaron la fama por sus hazañas.

En la década de 1930 el abuelo de Piccard, Auguste, de profesión físico, fue el primer ser humano que alcanzó la estratosfera a bordo de una cápsula presurizada transportada por un globo. Treinta años más tarde su padre, Jacques, descendió hasta el punto más profundo del lecho marino –el abismo Challenger, en la fosa de las Marianas– dentro de un sumergible que él mismo había diseñado con Auguste.

En los años sesenta, siendo todavía un niño, Bertrand Piccard vivió un tiempo en West Palm Beach (Florida), cuando su padre llevaba a cabo investigaciones submarinas con la Marina de Estados Unidos. Entre las amistades y colegas de su padre se contaban muchos nombres de científicos y astronautas del programa espacial estadounidense. Hombres como Wernher von Braun, Neil Armstrong y Buzz Aldrin eran presencias habituales en el hogar de los Piccard.

Creciendo en un entorno tan fértil, explica Piccard, desde muy niño también él quiso dedicarse a la exploración.

«Mi padre y mi abuelo no buscaban batir ningún récord –afirmaba–, sino prestar un servicio. La exploración ha de ser útil. Por eso emprendí este proyecto. Porque creo que puede ayudarnos a dar un paso de gigante.»