La Tierra podría haber alcanzado su temperatura máxima en los últimos 115.000 años

Es un hecho, y además es ponderable, que la temperatura media del planeta va en aumento. Ahora un estudio realizado en la Universidad de Columbia, pone de manifiesto las posibles consecuencias del récord histórico registrado durante el mes de julio de 2016.

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Foto: AP /Francois Mori

Héctor Rodríguez

5 de octubre de 2016

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El rápido aumento de la temperatura global, del que se tiene constancia que comenzara sobre el año 1975, continúa elevándose a razón de una tasa de aproximadamente 0,18 ° C por década.

Si como parece ser, nada contradice las predicciones realizadas por los climatólogos para 2016, a finales de este año la temperatura media del planeta se situará en torno a unos 1,25º C de diferencia con respecto a los registros de comienzos de siglo (1880-1920).

Ahora, según un estudio realizado por 12 expertos en la materia, publicado en la revista Earth-Systems Dynamics Journal y realizado al amparo de la Universidad de Columbia, en Nueva York, este mes de julio el termómetro habría registrado la temperatura global media más elevada en los últimos 115.000 años.

Los registros sitúan la mediciones actuales en el mismo rango que las alcanzadas durante el último periodo interglaciar acontecido en nuestro planeta, el Eemiense -también conocido como Flandriense-, y que tuvo lugar coincidiendo con los comienzos del Holoceno, a finales del periodo Cuaternario.

De este modo, se presume que de mantenerse la tendencia actual de las temperaturas, los futuros escenarios climáticos podrían asemejarse a los de este pasado periodo. Escenarios en los que las temperaturas podían llegar a superar hasta en 5ºC las máximas actuales, y en el que los casquetes polares podrían retirarse considerablemente elevando entre 6 y 9 metros el nivel del mar.

El aumento experimentado en la última década dificulta cada vez más la posibilidad de alcanzar los objetivos consensuados en el pasado acuerdo de París, los cuales establecían un aumento máximo de la temperatura por debajo de los 1,5 °C o la reducción del CO2 atmosférico por debajo de 350 partes por millón (ppm). De hecho, la consecución de tales objetivos requeriría en estos momentos de empezar a producir lo que se conoce como ”emisiones negativas”, es decir, la retirada activa de carbono de la atmósfera.

Un peligroso exceso de confianza

Si la eliminación gradual de las emisiones motivadas por el uso de combustibles fósiles comenzara relativamente pronto y se realizara de forma efectiva bajo compromisos sólidos y vinculantes a nivel internacional, la mayor parte de la necesaria extracción de CO2 atmosférico podría realizarse a través de la mejora de prácticas agrícolas y forestales. Entre estas se incluyen la reforestación y algunas medidas de fijación de carbono para mejorar la fertilidad del suelo y aumentar su contenido de carbono orgánico. Dado el caso, podría soliviantarse tanto en magnitud como en duración la actual desviación de la temperatura global - por encima su área de distribución natural- pudiendo minimizarse los futuros impactos climáticos.

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Por el contrario, de continuar con el actual patrón de emisiones, estas supondrán una carga para los que ahora son nuestros jóvenes y niños, ya que de no producirse un cambio sustancial en las mismas habrán de recurrir a la extracción masiva de este CO2 atmosférico mediante soluciones tecnológicas.

Sin embargo, pese a la esperanza de muchos en tecnologías que aún no se han desarrollado, se calcula que estos métodos para la captura del carbono atmosférico así como para su almacenamiento, tendrán un impacto económico considerable el cual se calcula que pueda ascender – solo durante este siglo- hasta cifras comprendidas entre los 104 y los 570 billones de dólares. Todo ello, sin tener en cuenta su viabilidad y sin contar con las consecuencias de unos cambios en el clima a menudo impredecibles.