Despega el robot insecto inalámbrico más ligero del mundo

Despega el robot insecto inalámbrico más ligero del mundo

RoboFly es el primer insecto robótico volador inalámbrico. Es un poco más pesado que una cerilla y obtiene su energía mediante un rayo láser.

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RoboFly

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RoboFly

Foto: Mark Stone / University of Washington

Desguazando un microrobot

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Desguazando un microrobot

En esta imagen se pueden apreciar la mayoría de los componentes de RoboFly. De izquierda a derecha: una célula fotovoltaica, un ala y un solenoide piezoeléctrico que acciona las alas y el cuerpo.

Foto: Mark Stone/University of Washington

Mundo en miniatura

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Mundo en miniatura

RoboFly es un poco más grande y largo que una mosca real, y algo menos pesado que una cerilla.

Foto: Mark Stone/University of Washington

Tecnología láser

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Tecnología láser

Para alimentar a RoboFly, los ingenieros apuntan un rayo láser invisible -mostrado en rojo en la fotografía- hacia una celda fotovoltaica conectada por encima del robot y convierte la luz láser en electricidad.

Foto: Mark Stone/University of Washington

Alas mecánicas

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Alas mecánicas

Los drones no tripulados más grandes emplean hélices para volar. RoboFly sin embargo se eleva batiendo unas pequeñas alas pequeñas alas.

Foto: Mark Stone/University of Washington

Energía inalámbrica

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Energía inalámbrica

El robot es alimentado de energía apuntando un rayo láser a una celda fotovoltaica, en azul sobre el robot.

Foto: Mark Stone/University of Washington

Impulso eléctrico

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Impulso eléctrico

Para hacer que RoboFly sea inalámbrico, los ingenieros diseñaron un circuito flexible -amarillo- con un transformador -bobina de cobre y celdas negras a la izquierda- que convierte los siete voltios procedentes de la celda fotovoltaica a los 240 voltios necesarios para el vuelo.

Foto: Mark Stone/University of Washington

Despega el robot insecto inalámbrico más ligero del mundo

El siglo XXI apunta a ser la centuria en la que conquistaremos el cielo a todas las escalas. Los drones, nacidos para ello, parecen ser los candidatos perfectos. Cada vez más pequeños, el último "juguete" desarrollado por la Universidad de Washingtong, en Seattle, es un robot del tamaño de un insecto capar de volar sin ataduras a la hora de obtener su energía.

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Para elevar su dispositivo, el equipo dirigido de Sawyer Fuller, tuvo que superar tres obstáculos: el primero fue que las hélices y los rotores utilizadas para levantar las aeronaves convencionales de mayor tamaño no son efectivas a pequeña escala, donde la viscosidad del aire supone un problema. Un segundo inconveniente fue que construir circuitos y motores suficientemente ligeros como para que un robot pueda volar es difícil. El tercer problema al que tuvieron que enfrentarse fue que incluso las mejores baterías existentes son demasiado pesadas para alimentar tales dispositivos; la fuente de alimentación portátil de la naturaleza, la grasa, contiene unas 20 veces más energía por gramo que una batería.

Ya en 2013, Fuller formó parte de un equipo de la Universidad de Harvard que superó el primero de estos obstáculos creando un insecto robótico de tan solo 80 miligramos de peso. Imitando a la naturaleza equiparon a su dispositivo con un par de alas que se batían a una frecuencia de 120 veces por segundo, muy cercana a la frecuencia del aleteo de una mosca.

El segundo obstáculo fue superado prescindiendo de los motores convencionales y dotando a las alas del robot con una cerámica piezoeléctrica capaz de flexionarse en respuesta a las corrientes eléctricas.

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Ahora el equipo ha sido capaz de solucionar el problema restante, dotando las alas del pequeño robot con una celda solar de 8 miligramos, sobre la cual, enfocando un láser es posible alimentar de energía y de manera inalámbrica al robot. Su creación ha sido bautizada como RoboFly.

La siguiente pesquisa a la que se enfrentan los ingenieros es que por el momento no han sido capaces de desarrollar un sistema que proporcione energía de forma continuada a las celdas energéticas del robo-insecto, ya que la señal láser puede verse eventualmente interrumpida forzando al dron a aterrizar.

Superado este inconveniente, el siguiente paso que esperan dar los científicos será dotar al dron de sensores de comunicación que permitan controlar remotamente a su pequeño autómata. Quizá, no dentro de mucho tiempo, la próxima vez que escuches un zumbido cerca de tu oreja no se trate de una mosca.

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