La atmósfera del satélite Ío se interrumpe a diario durante unas dos horas

Una investigación con participación del CSIC revela un fenómeno único en nuestro Sistema Solar: cada día se produce en Ío un eclipse que ocasiona un colapso atmosférico nunca antes visto

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Foto1. Un mundo volcánico

Un mundo volcánico

Concepción artística de Ío, en la que se puede apreciar la actividad volcánica, antes de comenzar un eclipse.

Imagen: Southwest Research Institute / CSIC

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Foto2. Colapso atmosférico

Colapso atmosférico

Concepción artística de Ío, en la que se puede apreciar la actividad volcánica, después de comenzar un eclipse, con la atmósfera ya colapsada.

Imagen: Southwest Research Institute / CSIC

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Foto3. Atmósfera y focos volcánicos

Atmósfera y focos volcánicos

La atmósfera y los focos volcánicos de Ío fotografiados por la nave Galileo de la NASA durante un eclipse de Júpiter.

Imagen: NASA-Jet Propulsion Lab / CSIC

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Foto4. Júpiter e Ío

Júpiter e Ío

Júpiter e Ío fotografiados por el telescopio espacial Hubble.

Imagen: J. Spencer (Lowell Observatory)-NASA-ESA / CSIC

Alec Forssmann

2 de agosto de 2016

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Ío, uno de los cuatro satélites galileanos de Júpiter y el cuerpo con mayor vulcanismo del Sistema Solar, tarda 1,7 días terrestres en completar una vuelta alrededor de Júpiter. Y cada día, cuando Júpiter bloquea la entrada de luz solar y ensombrece el satélite, se produce en Ío un eclipse que dura unas dos horas y que desencadena un cambio brusco de temperatura. Una reciente investigación, con participación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), ha observado varios de estos eclipses y ha registrado un fenómeno único en nuestro Sistema Solar: la tenue atmósfera de Ío, compuesta principalmente por dióxido de azufre, prácticamente desaparece al comenzar el eclipse y vuelve a aparecer cuando Ío sale de la sombra de Júpiter, según acaba de anunciar el CSIC, el mayor organismo público de investigación de España.

Los científicos ya conocían la variabilidad que experimenta a diario la atmósfera de Ío, pero no sabían si se debía a su fuerte actividad volcánica, con columnas de dióxido de azufre que se elevan hasta 400 kilómetros, o a un intercambio de gases en la superficie. Los datos obtenidos con el telescopio Gemini, de ocho metros de diámetro, han permitido monitorizar un eclipse en Ío por primera vez. Cada día, y durante dos horas, la sombra de Júpiter cubre la pequeña luna y su temperatura cae de -148 °C a -168 °C. Entonces el dióxido de azufre que forma la atmósfera se congela y se deposita sobre la superficie y, cuando Ío sale del eclipse y la luz del Sol calienta nuevamente los hielos, vuelve a su estado vaporoso y rellena la atmósfera.

Ío es un mundo volcánico: hay columnas de dióxido de azufre de hasta 400 kilómetros de altura

"Hemos comprobado que se pierde el 80 por ciento de la atmósfera hasta que el satélite sale del eclipse. Esto ha sido toda una sorpresa porque nunca habíamos observado un colapso atmosférico de estas características", expresa Miguel Ángel López Valverde, investigador del CSIC en el Instituto de Astrofísica de Andalucía. "Además nos ha permitido zanjar el viejo problema: la atmósfera no está directamente formada por gases volcánicos, sino por la sublimación de los hielos en la superficie. El ciclo puede ser bastante repetitivo, alterado por aportes de los volcanes, que no son del todo despreciables", concluye el científico, uno de los autores del estudio publicado en Journal of Geophysical Research.