El origen del esquí, tras la pista de los primeros esquiadores

En una antigua cultura de los montes Altái chinos se vislumbran los orígenes y la evolución del esquí.

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Primeros esquiadores

Equipado con esquís de madera solados con piel de caballo, y con un solo bastón para mantener el equilibrio, un esquiador altaico levanta una nube de nieve polvo mientras exhibe su destreza y un equipo que perfeccionaron sus ancestros en el pasado.

Foto: Jonas Bendiksen

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Primeros esquiadores

Ashatu practica unos orificios en un esquí casi terminado para incorporar las fijaciones. A partir de un tronco de pícea y con herramientas sencillas, los tuva de la aldea de Aukoram pueden fabricar un par de esquís en 15 días.

Foto: Jonas Bendiksen

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Primeros esquiadores

Un uapití agita la cabeza y los cuernos después de que Serik le eche el lazo en una demostración de la milenaria técnica de caza en nieve profunda. Dado que China prohíbe la caza de uapitíes, la presa fue liberada.

Foto: Jonas Bendiksen

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Primeros esquiadores

Según los científicos, el modo de vida del cazador altaico es milenario, como evidencia el petroglifo de un esquiador tras un íbice. 

Foto: Jonas Bendiksen

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Primeros esquiadores

Un caballo tira de un chana, un tipo de trineo, a través de la nieve profunda. Esquiadores expertos, los tuva del Altái son también famosos por sus habilidades ecuestres y dicen descender de los guerreros mongoles que ataño dominaron estos montes.

Foto: Jonas Bendiksen

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Primeros esquiadores

Tursen, a la derecha, y Ashatu dan forma a un nuevo esquí, tallado a partir de una pícea recién cortada. Calientan la punta para ablandarla y poder curvarla, y después incorporan fijaciones de cuero y clavetean piel de caballo en la base.

Foto: Jonas Bendiksen

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Primeros esquiadores

Formados desde niños como leñadores, los hombres altaicos manejan el hacha con maestría para las tareas más diversas, desde partir leña hasta cortar árboles para construir las cabañas en las que viven.

Foto: Jonas Bendiksen

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Primeros esquiadores

«Cazar es esquiar», dice Tuntukh, de 77 años, al rememorar toda una vida persiguiendo uapitíes, osos y martas cibelinas. Sin embargo las leyes, y también unos inviernos más suaves, amenazan el modo de vida tradicional del cazador altaico. Tuntukh afirma: «Cuando ya no pueda cazar, pescaré».

Foto: Jonas Bendiksen

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Primeros esquiadores

En las cabañas de madera de la diminuta aldea de Aukoram viven unas 30 personas, que pertenecen a seis familias. Para desplazarse a las aldeas vecinas, utilizan cada vez más motos de nieve. En el pasado los inviernos eran más rigurosos y se quedaban aislados del mundo exterior, sin embargo ahora, con el mantenimiento de las carreteras, cada vez recurren menos a los trineos tirados por caballos y a los esquís, las viejas maneras de viajar.

Foto: Jonas Bendiksen

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Primeros esquiadores

La complejidad de la historia de los montes Altái se refleja en el hogar de esta familia que celebra el Año Nuevo chino: exquisitos manjares tuva sobre una mesa presidida por un retrato del emperador mongol Gengis Kan.

Foto: Jonas Bendiksen

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Primeros esquiadores

Pathnasan parte un fémur de vaca cocido con un hacha para comerse el tuétano al inicio de la fiesta de «romper huesos», una vieja tradición tuva que conmemora la derrota de los enemigos.

Foto: Jonas Bendiksen

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Primeros esquiadores

Los equipos de tres aldeas altaicas colocan las dianas para un concurso de tiro con arco durante el festival de tres días que se celebra después del Año Nuevo chino. Mientras los espectadores beben y se divierten, los arqueros, vestidos con sus mejores galas tradicionales, intentan acertar con sus flechas en unas bolas hechas de tiras de cuero. En este encuentro el equipo de la localidad de Boidai derrotó a los arqueros de Aukoram y Tureme.

Foto: Jonas Bendiksen

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Primeros esquiadores

A algunos promotores atrevidos les ronda la idea de construir estaciones de esquí al estilo occidental en los montes Altái. Por ahora, al menos en las zonas más altas y remotas, el esquí sigue siendo un modo de vida anclado en la tradición.

Foto: Jonas Bendiksen

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Primeros esquiadores

Las puntas de unos esquís solados con piel de caballo atraviesan un saliente nevado en los montes Altái chinos: una escena que fusiona la búsqueda actual de diversión con técnicas y materiales que podrían remontarse más de 10.000 años, a los albores del esquí.

Foto: Jonas Bendiksen

24 de enero de 2014

La partida de caza se interna poco a poco en los montes Altái en busca de uapitíes. Todo está inmóvil; el termómetro marca -39 °C. Igual que hicieron sus antepasados du­­rante milenios, los cinco hombres se deslizan por la nieve profunda y esponjosa sobre unos esquís fabricados a mano con madera de pícea y revestidos por la base con tiras de piel de caballo. En vez de bastones de esquí, cada hombre lleva una única vara de madera. Desde la infancia han aprendido a usar estos aparejos aparentemente rudimentarios con una destreza y una elegancia exquisitas: el pelo de caballo proporciona tracción para el avance cuesta arriba y una superficie lisa para descender con rapidez, mientras que la vara aporta estabilidad. Yo les voy a la zaga con unos esquís de Telemark último modelo y bastones modernos, pero aun así a veces me cuesta seguirles el ritmo. Por su modo de subir incluso las pendientes más pronunciadas, exhalando volutas de vapor apenas perceptibles que se disipan al momento en la atmósfera gélida, se diría que sus pulmones y piernas son inmunes a la escasez de oxígeno de estas altitudes. A un ritmo satisfactorio, atravesamos las dunas de nieve al pie de un bosquecillo de abedules, luego viramos a la izquierda y nos adentramos en la penumbra de un bosque de píceas. No hablan; el susurro amortiguado de los esquís es tan leve como el de la nieve al caer.

Cada hombre lleva un cu­­chillo prendido en el cinto y un lazo de crin de caballo sobre los hombros, y arrastra un trineo de piel de cabra cargado de provisiones: una manta de pelo de caballo, un abrigo del ejército chino y pan frito. El resto de los pertrechos –dos hachas, un cazo, cinco cuencos de porcelana desportillados, una tetera de estaño y una pieza de carne de caballo– se reparte entre todos. Ignoran cuánto durará la expedición. Lo habitual es pasarse varios días siguiendo a los uapitíes por las montañas.

Pero cuando partimos de Aukoram, la remota aldea del confín más septentrional del oeste de China en la que viven los cazadores, su cabecilla, Tursen, no está pensando en los uapitíes. Con los ojos entornados ante la luz cegadora del amanecer, reflexiona sobre lo impredecible que es la nieve. Hubo un tiempo en que el invierno en el Altái era sinónimo de nevadas copiosas que velaban las cumbres y engullían los bosques. Sin embargo, este es el primer invierno en cuatro años en que cae suficiente nieve para que merezca la pena salir a cazar. Sin un grueso manto de nieve, acechar a un uapití se convierte en una empresa mucho más ardua y menos práctica. Aunque las autoridades chinas han impuesto severas restricciones en materia de armas de fuego –y de caza, dicho sea de paso–, lo cierto es que los altaicos nunca han necesitado balas para cazar uapitíes en estas montañas. Su arma secreta siempre ha sido la nieve, una gruesa capa de nieve.

Este invierno ha regresado la combinación perfecta de viento y humedad, que se ha traducido en un manto de nieve de 120 centímetros de espesor. Tursen disfruta del esquí y del silencio. Aunque al final no abata ningún uapití, aunque la expedición no sea más que un modo de mostrar a un extranjero cómo se ganaban la vida sus antepasados en esta cruda naturaleza, regresar a la inmaculada blancura del mundo de sus ancestros es alimento para su espíritu.

La identidad precisa de esos ancestros continúa siendo un tanto enigmática. Los cazadores proceden de clanes seminómadas de lengua tuva que moraban en enclaves de los montes Altái. En sentido estricto son ciudadanos chinos, pero sus cabañas de madera se yerguen a menos de 30 kilómetros de donde convergen las fronteras de Rusia, Kazajstán y Mongolia, y la lengua que hablan hunde sus raíces en el norte de Siberia, donde actualmente vive la mayoría de los tuva.

Los antropólogos afirman que en su linaje están presentes las tribus turcas y samoyedas que en distintos momentos de los últimos milenios pasaron por estas montañas, lo que no obsta para que todos y cada uno de los integrantes de esta partida de caza jure y perjure que desciende de los guerreros mongoles que atravesaron el macizo en el siglo XIII. Todos se enorgullecen de sus habilidades ecuestres. De hecho, el caballo sigue siendo el epicentro de su cultura; en invierno tira de los trineos; en verano, ayuda a trashumar el ganado (bovino, ovino y caprino) hacia los pastos de las tierras altas. Por si quedase al­­guna duda, es el retrato de Gengis Kan, y no el de Mao, el que preside el interior de sus cabañas. Y en honor a él rapan a sus hijos, dejándoles tan solo un penacho de cabellos negros en la frente.

A la zaga de los cazadores paso por un puente de nieve que oculta un riachuelo; se oye el borboteo, pero no se ve. De pronto Tursen se detiene para escudriñar el rastro de un animal.

«Börü», dice en tuva, bajando la voz. Un lobo. Serik, cuñado de Tursen, se acerca a mirar. Asiente. Hay una manada de seis lobos negros que también caza en estas cuencas y a veces se atreve a acercarse a las cabañas para matar un caballo. El rastro que vemos es de hace tiempo, pero seguramente los lobos no anden muy lejos. Los hombres se acuclillan sobre los esquís para estudiar la nieve. Las huellas ocupan la mitad de un puño enguantado; son profundas y exhiben las marcas de las uñas.

«Börü grande», dice Tursen, agrandando la postura para representar el tamaño del lobo y curvando las mejillas en una amplia sonrisa.
La población de lobos de la zona es lo bastante numerosa para que nadie salga a esquiar en solitario. Se rumorea que un día un motorista quedó atascado en la nieve y lo rodeó una manada de lobos. Aterrado, telefoneó a la policía con el móvil. La policía le dijo que salían para allá, pero que entre tanto incendiase la moto, ya que los lobos temen el fuego. Cuando llegaron, hallaron una moto calcinada, sangre por doquier y un casco en cuyo interior descubrieron una cabeza sin rostro.

Al poco rato los hombres encuentran un lugar para descansar, cerca del río sepultado. Se sientan en los trineos y se quitan los guantes. Algunos sacan tabaco del interior de los abrigos acolchados. La mayoría, como es el caso de Tursen, son veinteañeros. Serik, de 33, es el decano. Bajo las capas de ropa, todos son delgados como un sauce. Llevan toda la vida explorando estas montañas y se diría que ni siquiera perciben el frío cuando con parsimonia curvan las manos curtidas para encender el pitillo. A Tursen, que no fuma, le faltan dos dedos en la mano izquierda. Cuando tenía tres años lo enviaron al bosque a recoger savia con su hermana. Acercó la mano demasiado pronto y su hermana le amputó los dedos sin querer.

Los hombres se ponen en marcha y al cabo de una hora descubren un rastro reciente. Tursen deja el trineo y, aproximándose a las huellas, se desliza adelante y atrás, sondeando la nieve con el bastón.

«Sygyn», dice, triunfante. Uapitíes.

Por la confluencia de varios rastros, el tamaño de las heces y la localización de los orines, Tursen y Serik concluyen que hay cuatro uapitíes en las inmediaciones: dos machos grandes, una hembra y una cría macho. Tursen señala las zanjas en zigzag que han cavado los machos adultos al ascender por la escarpada ladera norte.

«Acampamos aquí», dice.

Falta cerca de una hora para que anochezca, y los hombres, manejando los esquís a modo de pala, cavan un buen rato hasta alcanzar una capa de pinaza bajo las ramas de una conífera, creando así un nido rodeado por una muralla de nieve de 120 centímetros de altura. Aunque el frío es glacial, el esfuerzo los hace sudar. Extienden las pieles de cabra y las mantas. Uno enciende un fuego usando corteza de abedul como yesca, otro llena el cazo tras agujerear el hielo, los demás talan árboles secos un poco más arriba del campamento y los bajan sobre los esquís para armar la fogata. Pronto las llamas descuellan sobre la muralla de nieve y el té está en marcha. Los hombres se enfundan el abrigo militar y se sientan en torno al fuego, orientando las palmas hacia las llamas. Al cabo de un rato de silencio, se arrancan a contar historias.

«Una vez me caí a un lago –cuenta Tursen. Llevaba tres días detrás de un uapití–. Si me salvé, fue gracias al taiyak.» El largo bastón se quedó atrancado en el agujero del hielo. Los otros asintieron en silencio, mostrando su aprobación.

Serik explica que el esquiador más veloz que jamás ha visto era un pastor octogenario que conoció de niño. El anciano adhería a la base de los esquís piel de uapití, concretamente de las patas delanteras, en lugar de usar piel de caballo. «Más que esquiar, volaba sobre la nieve.»

Suena el móvil de Tursen. Es su mujer, quien le pregunta cuándo volverá. Él le responde que no se preocupe.

Serik describe una partida de caza en la que Tursen se acercó esquiando hasta un ciervo que corría dando brincos, saltó sobre su lomo, lo agarró de los cuernos y lo redujo sobre la nieve mientras el animal pateaba y mordía. Es una es­­cena que en estas montañas se repite desde hace miles de años. En los montes Altái se han descubierto petroglifos que representan escenas de esquí arcaico, entre ellas la de una figura humana sobre esquís persiguiendo un íbice. Dadas las conocidas dificultades que plantea la datación de petroglifos, las representaciones siguen siendo una pista controvertida en el debate sobre el origen del esquí. Algunos arqueólogos chinos defienden que la escena se grabó hace 5.000 años; otros creen que ronda los 3.000. El escrito más antiguo que se conoce que aluda al esquí, contenido en un texto chino, también apunta a los montes Altái, pero data de la dinastía Han occidental, instaurada en el año 206 a.C.

En Noruega también se han localizado petroglifos de esquiadores, y en Rusia se exhumó de una turbera una pieza que parece el extremo de un esquí, al que la datación por radiocarbono atribuye 8.000 años de antigüedad. En lo que sí hay consenso general es en que la primera persona que se calzó un par de esquís probablemente lo hizo para salir de caza.

Los hombres que sentados alrededor del fuego se ríen de la anécdota de Serik no parecen muy interesados en la historiografía. Cada vez son menos los jóvenes que aprenden la forma tradicional de fabricar esquís y localizar animales siguiendo su rastro.

Pregunto a Tursen cómo mató el ciervo, pero se limita a clavar los ojos en el fuego. Temerosos de tener problemas con las autoridades, los hombres nunca me hablan de matar animales, solo de se­­guirles el rastro. «En los viejos tiempos cazábamos. Ahora solo los perseguimos», dice Serik. Los otros no abren la boca. Yo no insisto, porque he oído que matar un uapití, o cualquier animal de una larga lista de especies salvajes, se paga con la cárcel, aunque se rumorea que los cargos del Partido suelen ir de caza.

Cambiando de tema, Serik señala con un ademán la oscuridad helada. En verano la hierba crece tanto que los ciervos ni se ven. Enumera los animales que viven en estas tierras: osos, glo­tones, armiños, martas cibelinas, zorros, linces.

La esposa de Tursen vuelve a telefonear, y la conversación deriva hacia las mujeres, un tema mucho más inofensivo. Uno de los hombres conecta el móvil de Tursen a unos minialtavoces, y los cazadores empiezan a llevar el ritmo con la cabeza y a corear la letra de un rap tuva.

Se cuece un pedazo de carne de caballo salada y los hombres comen con apetito guardando silencio, tras lo cual concilian el sueño sin demora, cobijados bajo las mantas justo donde decrece el calor de la fogata. Es difícil encontrar ese agradable punto medio en que ni te asas de calor ni te mueres de frío, y mientras espero que llegue el sueño, me pregunto hasta qué recóndito lugar de la montaña nos llevarán los uapitíes y aguzo el oído, atento a los aullidos de los lobos.

Al día siguiente la temperatura es de -40 °C y las mantas están tiesas por la congelación. Los hombres salen de debajo de ellas con la palidez exangüe de un muerto. Reina un silencio tan ab­­soluto que se percibe el leve crujido de las ramas heladas de los árboles. El aro de nieve derretida que circundaba el fuego se ha vuelto a congelar en argénteas placas de hielo. Los hombres rompen el hielo con los pies, reavivan el fuego y preparan té negro. Sin decir palabra, aprietan la taza con ambas manos. Tras beber unas cuantas, se diría que vuelven a la vida.

Pocas horas después de la salida del sol la tem­peratura ha subido a -29 °C y los hombres están esquiando cuesta arriba. No resbalan ni una sola vez. La pendiente es tan pronunciada que usan el taiyak a modo de remo, para impulsarse hacia delante. Al llegar a la cumbre, tal como se esperaba, encuentran las huellas de los dos machos, un zigzag a través de la arboleda. Tursen señala las ramas que han roto con los cuernos.

Seguimos las huellas hasta un barranco que se abre en la cara posterior de la montaña. Sin vacilar, Tursen se lanza desde el risco y los otros lo imitan. Esquían en cuclillas sobre los esquís, con las piernas muy abiertas y los brazos aferrados al taiyak como si fuera un timón. Serpentean entre los bosques, dejan atrás los arbustos como una exhalación y salvan los peñascos nevados dando saltos de seis metros de largo antes de aterrizar en un estallido de nieve polvo.

Tursen localiza las huellas de uapití; las sigue hasta el siguiente valle y de nuevo ladera arriba, donde hace un alto. «Nos huelen –dice–. Por eso no se están quietos.»

Decide que debemos mantenernos a mayor altitud que los uapitíes, donde el viento disipe nuestro olor. Avanzando con sigilo, recorremos en fila india un collado y salimos a una hondonada alta. De pronto,

Serik y Tursen se ponen a gritar y a señalar con el taiyak: han distinguido a los machos a lo lejos, en un bosquecillo de abe­dules. Al momento se lanzan ladera abajo, esquivando los árboles con maestría.

En cuestión de segundos están junto a ellos. Los uapitíes tratan de refugiarse en la espesura, pero los cinco esquiadores, trabajando en equipo, los rodean y los sacan de entre los árboles. Allí, en el claro, la nieve es tan profunda que los uapitíes prácticamente nadan en ella. Los dos machos intentan huir cada uno en una dirección, pateando la nieve con las pezuñas.

Serik enrolla el lazo mientras se dirige es­­quiando hacia el más grande. Justo cuando lanza la cuerda, el animal baja la cabeza, y el lazo no se engancha. Inmediatamente el uapití carga contra Tursen, quien le bloquea la ruta de escape hacia el bosque. Tursen cae hacia atrás sobre los esquís, aguijando al animal con el taiyak.

Mientras Serik enrolla de nuevo el lazo, el ua­­pití recula, patea la nieve con furia y sacude la cabeza, decidido a llevarse por delante a Tursen a cornadas o a coces. Este, tendido de espaldas, aferra el taiyak como una lanza para defenderse. El lazo todavía no ha acabado de ceñirse a la cornamenta cuando Serik ya está tirando de él para asegurarlo. El uapití agita la cabeza hacia atrás cuando Serik cae de espaldas y pone los esquís en perpendicular a la tensa cuerda, an­­clándose en el mar de nieve. Es la imagen primi­genia del hombre contra la bestia, una estampa que bien merece su propio petroglifo.

El uapití flexiona los colosales músculos del cuello y sacude los cuernos con violencia de un lado a otro, intentando liberarse del lazo. Como no puede, se lanza hacia delante en una serie de corcovos que arrastran a Serik por la nieve.

El otro uapití se somete de igual modo. Al cabo de dos horas los dos animales están ten­didos en la nieve, las patas abiertas, las narinas dilatadas en cada aliento jadeante, el lazo de la cornamenta atado a un árbol. Se han rendido.

En ningún momento he creído lo que Serik y Tursen repiten con afán, esto es, que en realidad no matan a los animales. El uapití es carne para los suyos; las pieles y los cuernos, dinero. En el frenesí del momento daba por hecho que, entregándose al instinto y la tradición, sacarían el cuchillo para degollar a los exhaustos uapitíes, cerrando el círculo ancestral: sacrificar un animal para que sobreviva otro. Pero no. Los dos cazadores se miran entre sí, luego me miran a mí, y proceden a desatarlos. Los animales tardan un buen rato en asimilar su fortuna, pero al final se pierden entre los árboles.

Una semana después, cuando me dispongo a marchar de Aukoram, otra partida de caza que seguía al mismo grupo de uapitíes cuenta que han encontrado a los dos machos muertos. Pasto de los lobos.