Navegar sobre hielo: expedición Trineo de Viento

Una historia de exploración geográfica en los casquetes polares.

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Verano de 2014: el Trineo de Viento se desplaza, tirado por la cometa, sobre la superficie helada de Groenlandia. Su creador, el explorador madrileño Ramón Larramendi, ha protagonizado diversas expediciones en tierras polares con este revolucionario sistema de navegación.

Foto: Eusebio Beamonte

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El trineo, unido a una enorme cometa mediante bridas, se gobierna desde la locomotora, el primero de los tres módulos que lo conforman. Por lo general se desplaza a una velocidad de entre 10 y 12 kilómetros por hora, aunque ha llegado a superar los 50.

Foto: Manolo Olivera

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Cerca de un 80 % de Groenlandia, la isla más grande del planeta, está cubierta de hielo. Durante sus desplazamientos, el Trineo de Viento debe salvar ciertos peligros, como grietas y las temidas sastrugis, surcos agudos e irregulares que se forman por la erosión del viento.

Foto: Manolo Olivera

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El protagonista de esta singular historia se llama Ramón Larramendi y nació en Madrid hace ahora 49 años. Tendría solo 13 o 14 cuando cayó en sus manos un libro sobre la conquista de los polos y en ese momento su destino quedó marcado por el hielo y los desafíos extremos.

Foto: Ignacio Oficialdegui

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Un cazador groenlandés que ayudó a Larramendi a entrenarse para el viaje desde Groenlandia hasta Alaska azuza con el látigo a los perros mientras su trineo se abre paso a través del hielo. La experiencia adquirida con los inuit fue crucial para asegurar

el éxito de las expediciones que posteriormente realizaría en las regiones polares.

Foto: Rafael Peche

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La Expedición Transantártica supuso un hito en la exploración geográfica al alcanzarse el polo Sur de Inaccesibilidad y al ser la primera vez en la historia que un vehículo eólico navegaba por la Antártida. Arriba, los expedicionarios en un campo de sastrugis

Foto: Ignacio Oficialdegui

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El trineo, muy deteriorado, al final del viaje.

Foto: Ignacio Oficialdegui

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Una sastrugi cincelada por los fuertes vientos que azotan la Antártida se interpone en el camino hacia el polo Sur de Inaccesibilidad.

Foto: Ignacio Oficialdegui

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Al final del viaje, poco antes de que un helicóptero los recogiera y los trasladara sanos y salvos al barco científico ruso Akademik Fedorov.

Foto: Ignacio Oficialdegui

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La segunda expedición de Larramendi y su equipo al continente antártico tuvo lugar cuando se cumplía el primer centenario de la conquista del polo Sur por Roald Amundsen, primero, y por Robert F. Scott poco después. Un avión depositó a los viajeros cerca de la base noruega de Troll.

Foto: Javier Selva

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El montaje del trineo no se hizo esperar.

Foto: Javier Selva

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Larramendi, Ignacio Oficialdegui, Javier Selva y Juan Pablo Albar navegaron a lo largo de casi 3.500 kilómetros durante casi un mes, alcanzando en esta ocasión el polo Sur geográfico para regresar a la base estacional chilena de Patriot Hills.

Foto: Javier Selva

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Durante su recorrido a bordo del «ecolaboratorio» móvil, llevaron a cabo diversos experimentos científicos y la recogida de muestras de aire y hielo para posteriores investigaciones sobre el cambio climático y sus efectos en los polos.

Foto: Javier Selva

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El paisaje en las regiones polares es de una belleza austera, minimalista, casi abstracta. En la imagen de la página izquierda, el deshielo en la banquisa de Groenlandia dibuja lagunas de un intenso color azul turquesa.

Foto: Eusebio Beamonte

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El sol de medianoche ilumina la llanura helada en el punto más al sur de la travesía de Groenlandia de 2014.

Foto: Manolo Olivera

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La tienda de campaña habilitada en el tercer módulo del Trineo de Viento es de tela técnica. En su interior se puede descansar, comer e incluso dormir, sin necesidad de interrumpir la navegación.

Foto: Manolo Olivera

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Tras el éxito de la Circunnavegación Groenlandia 2014, el último viaje de Larramendi hasta el momento, el trineo se ha revelado como el vehículo idóneo para llevar a cabo una nueva manera, sostenible y económica, de hacer investigación en los territorios polares.

Foto: Manolo Olivera

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En el círculo polar Ártico, durante las noches blancas próximas al solsticio de verano, la oscuridad nunca es completa. El Trineo de Viento prosigue su viaje por Groenlandia tras un alto en el camino junto a la estación americana DYE-3, abandonada en 1991.

Foto: Ramón Larramendi

1 de julio de 2015

El protagonista de esta singular historia se llama Ramón Larramendi y nació en Madrid hace ahora 49 años. Tendría solo 13 o 14 cuando cayó en sus manos un libro sobre la conquista de los polos y en ese momento su destino quedó marcado por el hielo y los desafíos extremos. A los 19 realizó su primer viaje de expedición a Islandia, atravesando con esquís y pulkas los tres glaciares más extensos de la isla. Con los 20 cumplidos, tras presentarse a un concurso de radio y ganar el premio, llevó a cabo su primera travesía de Groenlandia sobre esquís. Allí conoció a sus amigos daneses y a los primeros inuit. Su vida de explorador polar por las extensiones heladas y desiertas de una naturaleza adversa y azarosa no había hecho más que empezar. Una vida de aventura y también de exploración geográfica, una trayectoria siempre inquieta que lo llevaría a unir su pasión por los grandes retos con la investigación científica.

La aventura propiamente dicha dio comienzo en 1986, con aquella modesta pero ambiciosa expedición a Groenlandia, gracias al patrocinio obtenido tras su paso por el programa de radio. Al año siguiente, invitado de nuevo a Groenlandia por un amigo danés a quien había conocido en la travesía, surge la idea de una nueva gran expedición por el Ártico. Aquel no fue un viaje cualquiera sino una iniciación, un aprendizaje entre los pueblos esquimales de Groenlandia y Alaska. Tres años (de 1990 a 1993) de formación y entrenamiento, mil días de recorridos en contacto con unas 60 comunidades inuit asimilando las costumbres y la sabiduría de la gente del hielo, educándose en la ciencia de la supervivencia en tierras polares e instruyéndose en una nueva lengua, el groenlandés occidental.

Tenía entonces 24 años. «Una buena edad para plantearse aquel desafío y aceptarlo –dice Larramendi–. Atrás quedan esos momentos de la juventud que inducen al lanzamiento ciego, y aún no faltan el deseo ni la fuerza.» Durante ese tiempo recorrió 14.000 kilómetros en trineo de perros y kayak, desde el sur de Groenlandia hasta Alaska. Tres años decisivos para el futuro de Larramendi y de la travesía polar.

Pero no adelantemos acontecimientos. Estamos en 1993, cuando el protagonista de nuestra historia y sus acompañantes, ya de vuelta de aquella zambullida ártica, contactan con National Geographic Society en Washington, D.C., y, tras pasar por los trámites correspondientes, entregan al director de la revista el material fotográfico y escrito de su aventura entre los hielos y los esquimales. Su viaje iniciático se convierte en un extenso reportaje en el número de enero de 1995.

Sin embargo, habrá que esperar a 1999 para que este relato haga historia. Es en la travesía realizada en marzo de ese año desde Siberia hasta el polo Norte geográfico, la primera expedición geográfica española con esquís al polo Norte, cuando a Larramendi se le mete entre ceja y ceja una idea y una posibilidad: navegar sobre el hielo, creando para ello el Catamarán Polar, como lo bautizó en un principio y al que posteriormente llamaría Trineo de Viento.

«La ruta escogida –cuenta– fue la que partía del lado siberiano, más larga que por el lado canadiense pero con corrientes algo más favorables. Tras sobrevolar Rusia hasta Khatanga, en la península de Taymyr, y ser transportados en helicóptero hasta el extremo septentrional del archipiélago de Severnaya Zemlya, la Tierra del Norte, fuimos depositados el 27 de febrero de 1999 en las proximidades del cabo Artichesky, a una latitud de 81° 41’ N. Por delante, más de 1.000 kilómetros de peligrosa banquisa.»

El avance se hace lento, difícil. Las jornadas de marcha, interminables. «Comenzamos con cinco o seis horas diarias efectivas, para ir subiendo gradualmente hasta ocho o nueve. Nuestro ritmo siempre era el mismo: una hora de marcha y unos pocos minutos para comer y beber algo antes de continuar. Cuando el frío era muy in­­tenso, apenas podíamos parar dos o tres minutos sin quedarnos congelados. Para mantener un buen ritmo avanzábamos muy poco abrigados, intentando evitar uno de los grandes problemas del Ártico, el sudor, que al congelarse forma una coraza de hielo que congela a quien la lleva. Cuando la temperatura desciende por debajo de los -35 °C, la nieve se torna arenosa y el rozamiento con el trineo es extremo. Cuando esto ocurre, la marcha es especialmente dura.»

Y es aquí, en este recorrido penoso, donde Larramendi, inspirándose en la filosofía de los trineos inuit, empieza a concebir una manera más eficaz de trasladarse por las superficies heladas, un ingenio que es capaz de vencer las furias de la naturaleza aprovechándose de ellas, una má­­quina de estructura y manejo sencillos que no contamine ni resulte gravosa económicamente. Así, empieza a dibujar mentalmente una especie de catamarán deslizándose sobre el hielo como lo hace sobre el agua, empujado por el viento.

La idea no es nueva, en sentido estricto, aunque sí lo sea su realización y puesta en práctica. Julio Verne, el gran inventor de ingenios fantásticos, utilizó un trineo con grandes velas en La vuelta al mundo en 80 días. De ese modo los protagonistas lograban atravesar «a 40 millas por hora» las praderas nevadas de Estados Unidos hasta alcanzar la ciudad de Omaha, en el estado de Nebraska, donde subirían al tren para poder llegar a Nueva York a tiempo de embarcarse en el vapor Liverpool (algo que finalmente no conseguían). Esta es la descripción del ingenio:
«Allí mister Fogg examinó un vehículo bastante singular, especie de tablero establecido sobre dos largueros, algo levantados por delante, como las plantas de un trineo, y en el cual cabían cinco o seis personas. Al tercio, por delante, se elevaba un mástil muy alto donde se envergaba una in­­mensa cangreja. Este mástil, sólidamente sostenido por obenques metálicos, tendía un estay de hierro, que sería para sujetar un foque de gran dimensión. Detrás había un timón espaldilla, que permitía dirigir el aparato. Como se ve, era un trineo aparejado en balandra. Durante el invierno, en la llanura helada, cuando los trenes se ven detenidos por las nieves, esos vehículos hacen travesías muy rápidas, de una a otra estación. Están, por lo demás, muy bien aparejados, quizás mejor que un balandro, que está expuesto a volcar, y con viento en popa corren por las praderas, con rapidez igual, si no superior, a la de un expreso.»

La fantasía de Verne, hija de un innovador fin de siglo (el libro se publicó en 1873), empezó a tomar forma real pocos años después en manos del explorador polar noruego Fridtjof Nansen, quien en 1888, en un día de mucho viento, juntó dos trineos, desplegó la tienda de campaña a mo­­do de vela y logró navegar unos kilómetros sobre el hielo de Groenlandia a bordo del artilugio.
Algo más tarde, el estadounidense Robert Peary en el Ártico, así como el noruego Roald Amundsen y el británico Robert Falcon Scott en la Antártida, intentaron aprovechar la fuerza del viento para mover las cargas. Y no fueron los únicos: la idea se hizo recurrente en otros exploradores polares muy posteriores, como el francés Jean-Louis Etienne o el estadounidense Will Steger, quienes soñaron con esa posibilidad pero nunca la hicieron realidad.

Pero habría que esperar a esa fecha de 1999 para que la máquina imaginada por Verne tomara forma en la mente de Larramendi y empezara a hacerse realidad. Para eso era necesario un cam­bio fundamental en el invento original: «Ideé la posibilidad de usar cometas de tracción para arrastrar un trineo cuya cubierta llevara incorporada una tienda de campaña, en la cual fuese posible descansar e incluso dormir mientras se viajase –explica Larramendi–. Los anteriores intentos centraban sus esfuerzos en trasladar el concepto de un barco de vela a un trineo, con la presencia de un mástil. Una idea en teoría factible pero difícil de llevar a la práctica debido a las proporciones necesarias del trineo, el mástil y la vela para vencer la enorme fricción».

Tras este cambio en la concepción del artilugio, Larramendi empezó a experimentar con distintos tipos de trineos, cometas y materiales. Los primeros ensayos con éxito tuvieron lugar en enero de 2000 en el lago de Les Bouillouses, en los Pirineos Orientales franceses, y después en el Gran Lago del Esclavo, en Canadá. El Catamarán Polar se reveló eficaz. Construido con rieles de madera y travesaños de fibra de carbono atados con cuerdas técnicas, se inspiraba di­­rectamente en el tradicional modelo esquimal e incorporaba algunas aportaciones tecnológicas. Sobre el trineo se instalaba la tienda de campaña para poder descansar y dormir durante la travesía. Para la cometa se eligió el modelo NASA, una simple tela sin cajones que se comba para atrapar el viento y que va enlazada al trineo por unas bridas, o líneas (hasta un total de 32), gobernadas desde el propio trineo.

Sin embargo, Larramendi no se daba por sa­­tisfecho y quería poner a prueba su invento en una travesía real. En los meses de julio y agosto de 2000, en compañía de sus colegas Juan Vallejo, Juanito Oiarzabal y José Manuel Naranjo, se lanzó a una expedición por el casquete polar de Groenlandia a bordo de dos catamaranes. Recorrieron 600 kilómetros y alcanzaron una velocidad máxima de 42 kilómetros por hora.

El Catamarán Polar mostró su eficacia y también algún que otro fallo. No necesitaba combustible ni contaminaba el medio ambiente, dos cualidades que lo convertían en el medio de transporte sobre hielo perfecto, sin competencia alguna. Aprovechaba un recurso de la naturaleza, el viento, como elemento impulsor, y hasta una simple brisa podía ponerlo en marcha, como se pudo comprobar. La simplicidad de su estructura permitía además ir arreglando los desperfectos sobre la marcha, tal y como hacen los inuit. Hizo falta mejorar algunos componentes, como las cuerdas, cada vez más resistentes, y los tablones. Las travesías de Groenlandia se sucedieron fructuosamente: en 2001, de sur a norte, en compañía de Naranjo, 2.225 kilómetros en 32 días; en 2002, el mismo recorrido con Roberto García Lema y Carlos Mengíbar, superando las marcas anteriores, y en 2003 la ruta clásica Groenlandia este-oeste con Juan Manuel Viu y Luis Miguel López Soriano, 700 kilómetros en 18 días.

Han pasado doce años y desde entonces el proyecto no ha dejado de crecer, gracias también al apoyo de instituciones como la Sociedad Geográfica Española, el programa de RTVE Al filo de lo imposible (que ya en 1999 acompañó a Larramendi al polo Norte) y sucesivos patrocina­dores que, como Mapfre, Turnauga, Grifone y sobre todo Acciona Energía, creyeron en el trineo eólico. Cada una de las expediciones llevadas a cabo después de las cuatro de Groenlandia en las que se experimentó y mejoró el revolucionario vehículo han sido una demostración práctica de las posibilidades del Trineo de Viento para la navegación polar y sus aplicaciones científicas. En ese sentido la Expedición Trans­antártica 2005-2006 marcó un hito definitivo.

La Antártida, y la travesía de una ambiciosa extensión del continente blanco con su singular trineo, suponía para Larramendi una meta más lejana y mucho más complicada, casi mítica. El apoyo del geólogo Juan Manuel Viu y su experiencia como piloto fueron decisivos. También lo fue la incorporación de Ignacio Oficialdegui, biólogo, explorador y experto en energías renovables. Juntos lograron el tutelaje del Comité Polar Español y el encargo de recoger muestras de hielo cada 40 kilómetros para su estudio.

En noviembre de 2005 el equipo y sus bár­tulos (el trineo es totalmente desmontable y se transporta fácilmente en un avión pequeño hasta el lugar deseado) llegan a la base antártica rusa de Novolazarevskaia, desde donde vuelan hasta el punto de partida de la expedición, a 100 kilóme­tros de la costa y a 2.800 metros de altitud. En pocas horas montan el trineo y se preparan para salir a navegar al día siguiente. La travesía no estuvo exenta de percances: rotura y sustitución de rieles y travesaños, una carga excesiva, la lucha desigual contra los fuertes vientos y la navegación entre peligrosas sastrugis, las «olas» de nie­ve modeladas en las superficies de los territorios polares. Sin embargo, lograrían ser los primeros expedicionarios en llegar al polo Sur de Inaccesibilidad (el punto del continente antártico más alejado del océano, cuyas coordenadas habían sido actualizadas aquel mismo año por el British Antarctic Survey), y sin vehículo motorizado.

Desde allí se dirigen a la base rusa de Vostok, uno de los lugares más hostiles de la Tierra por sus temperaturas extremas y su elevada altitud. El objetivo es alcanzar Mirny (la primera base soviética en el continente) a tiempo de embarcar en el rompehielos ruso Akademik Fedorov que los devolverá a la civilización. Un objetivo complicado sobre el mapa que se convertirá en un auténtico infierno: una tormenta despiadada desbarata la carga del vehículo, lanzándola a distancias inalcanzables. La niebla dificulta la visión a escasos metros. Tras sobrevivir a los mo­­mentos más aterradores de la travesía, se ven obligados a retroceder a pie en busca de las pertenencias perdidas. El tiempo juega en su contra y los expedicionarios se percatan de que nunca llegarán a tiempo de encontrarse con el Fedorov en Mirny. Finalmente consiguen contactar con la base rusa y situarse en algún punto entre esta y la base Progress para que un helicóptero los recoja y conduzca al rompehielos salvador, que había zarpado de Mirny hacía ya unos días. Han pasado 63 días desde que salieran de Novolazarevskaia, han recorrido más de 4.500 kilómetros por una tierra áspera, de una belleza sobrenatural, con grietas profundas, llanuras heladas y hielo punzante a bordo de un trineo que, todo hay que decirlo, llega prácticamente destrozado.

Ensayo, error, investigación, corrección. «La Transantártica de 2005-2006 fue uno de nuestros mayores logros desde el punto de vista de lo que es una expedición geográfica», asegura Larramendi, y la primera navegación a bordo del Trineo de Viento en la Antártida fue la constatación de que funcionaba de verdad.

Los años siguientes los pasó Larramendi perfeccionando su invento, a la vez que se ocupaba de Tierras Polares, una agencia creada por él en 1997 especializada en viajes de descubrimiento inspirados en el espíritu de la exploración polar. Y preparando su siguiente travesía para 2011, la Expedición Acciona Antártica, de nuevo al continente blanco. Esta vez el objetivo era alcanzar el polo Sur geográfico cien años después de la legendaria carrera entre Amundsen y Scott por conquistar aquel mítico lugar.

«El reto era recorrer 3.500 kilómetros sin pa­­radas, ni avituallamiento exterior ni emisiones contaminantes –dice Larramendi–, un homenaje a la contienda entre los dos gigantes hacía un siglo.» En este caso el único contrincante era la propia naturaleza inhóspita de la Antártida. El punto de partida es ahora un lugar próximo a la base noruega de Troll situado a 2.800 metros de altitud, y el equipo, algo diferente. A él se incorporan el bioquímico, montañero e investigador del CSIC Juan Pablo Albar, quien aporta además tres proyectos científicos de distintas universidades y centros de investigación para tomar muestras de hielo y de aire, y el fotógrafo y documentalista Javier Selva. Se mantiene Oficialdegui, el especialista en energías renovables que lleva trabajando con Larramendi desde 2000. El trineo ha sufrido modificaciones que lo mejoran considerablemente: se ha desdoblado en dos, el primero como locomotora, desde la que se manejan, por turnos, las cometas, y el segundo con una tienda de campaña permanente donde los expedicionarios descansan, cocinan y duermen. La tienda, además, está provista de ventanas de plástico para crear un efecto invernadero y aumentar así la temperatura interior. También se aprovecha la energía solar mediante placas, logrando acumular la energía en baterías de polímero de litio. Para los travesaños se utilizan diferentes materiales a fin de comparar su rendimiento sobre el terreno. Las cometas aumentan en número y tamaño. Un último dato: unos 360 nudos, realizados in situ y a -30 °C, son necesarios para atar los travesaños a los rieles y mantener el trineo cohesionado.

Diciembre es el mes de la partida. Tras unos días de meteorología adversa, los vientos se tornan favorables, la marcha acrecienta su ritmo y se establece un sistema de turnos para el manejo de las cometas, dos personas cada 9-10 horas, mientras los otros duermen en marcha, con unas cinco horas de descanso común. Las sastrugis, afiladas como navajas, dificultan de vez en cuando el avance, pero el Trineo de Viento y sus ocupantes alcanzan el polo Sur geográfico en 19 días y 12 horas tras haber salvado 2.200 kilómetros. Se cumple así el objetivo. Prosiguen la ruta prevista y después de 34 días de viaje llegan a la base chilena Patriot Hills (hoy la Estación Polar Científica Conjunta Glaciar Unión).

Una nueva llamada del norte indujo a Larramendi a poner en marcha la Circunnavegación Groenlandia 2014, completada en primavera del año pasado. «La fase de preparación resultó más sencilla –comenta–, ya que Tierras Polares tiene una filial, Tasermiut South Greenland Expedition, en Qassiarsuk, en el sur de la isla. En esta ocasión cuatro expedicionarios acompañan a Larramendi: el mallorquín Manuel Olivera, ingeniero industrial, aventurero y compañero de Ramón en viajes anteriores; la ingeniera y expedicionaria danesa Karin Moe Bojsen, experta en trineos tirados por perros y en fuerzas eólicas; Hugo Svenson, nacido en Ilulissat, navegante en aguas polares y responsable del servicio contraincendios de Pamiut, y el madrileño Eusebio Beamonte, ingeniero especialista en resistencia de materiales.

La Circunnavegación recorrió 4.300 kilómetros en solo 49 días. Cada 100 kilómetros se recogían muestras de aire y de hielo, entregadas a su vuelta al Instituto Pirenaico de Ecología del CSIC para sus estudios sobre el cambio climático. Las temperaturas soportadas en algunos momentos alcanzaron los -32 °C, pero los navegantes llegaron a su meta sin problemas físicos importantes. El Trineo se articuló en esta ocasión en tres cuerpos. El primero, protegido por una tienda túnel de tela técnica y ventanas de plástico, destinado al manejo de las bridas de las cometas. El segundo, reservado a la carga. El tercero, sobre el que iba la tienda de campaña, era el lugar de descanso, reunión y trabajo.

«El momento más difícil es siempre el del despegue, la acción de levantar la cometa –explica Larramendi–. Puede parecer una operación sencilla, pero no lo es. La distancia entre el trineo y la cometa puede ser de hasta 350 metros, y esta tiene que arrastrar una carga de 1.500 kilos. Utilizamos diferentes tipos y tamaños de cometas; las mayores tienen una superficie de 80 metros cuadrados. Además de la pericia del conductor en el manejo de las bridas, se necesita un viento propicio y no excesivo para “inflar” la cometa y poner en marcha el triple trineo.»
Una vez logrado el despegue, la velocidad media de navegación es de entre 10 y 12 kilómetros por hora dadas las condiciones del terreno (grietas, sastrugis, etc.). Un día alcanzaron el récord de 54 kilómetros por hora.

Al igual que en la Antártida, los turnos de los miembros del equipo eran rigurosos: ocho o nueve horas de conducción y cinco de descanso continuado, más las reuniones y el reposo obligado por dificultades climatológicas. El trayecto fue especialmente complicado en el tramo nordeste, con vientos ingratos, algo que, por muy previsto que estuviera, no dejaba de crear problemas. Pero todo se dio por bueno al llegar a la meta y completar la circunnavegación. El Trineo de Viento había respondido una vez más a las expectativas.

El éxito impulsa de nuevo a nuestro hombre como lo hace el viento con su trineo. En estos momentos está preparando la Expedición Circunnavegación Antártida, un viaje nunca antes llevado a cabo. Con un plan ya trazado, está adaptando el Trineo de Viento para que soporte más carga. Las cometas tendrán mayor superficie. Se abre una ventana a nuevos objetivos científicos. Sencillo en su concepción, estructura y manejo, ecológico y económico, el artilugio imaginado por Verne ha resultado ser, en manos de Larramendi, un invento que cumple todas las condiciones para desplazarse por los casquetes polares. La aventura, la exploración geográfica y la ciencia salen beneficiadas.