Cuevas de China

Imperio de piedra

Un equipo de exploradores utiliza un escáner láser para ver como nunca antes las cuevas gigantes de China.

1 / 14

1 / 14

MM8214 131002 06332. Cuevas de China

Cuevas de China

La escaladora Emily Harrington sube la Colina de la Luna –un arco formado por el desplome de una cueva–, en el sur de China, por la ruta más difícil. Los turistas lo tienen más fácil: un camino pavimentado hasta un mirador situado bajo el arco, y luego un sendero de tierra hasta la cima.

Foto: Carsten Peter

2 / 14

MM8214 130904 01343. Cuevas de China

Cuevas de China

Los focos del fotógrafo iluminan el río Getu, de tonalidades verdosas, que discurre por la enorme Sala Miao, donde un pasillo de 852 metros conecta dos inmensas cúpulas. Lo que aún no se ha determinado es si Miao es una cámara única, dos cámaras o un corredor gigante.

Foto: Carsten Peter

3 / 14

MM8214 130921 42858. Cuevas de China

Cuevas de China

Los escaladores profesionales estadounidenses Cedar Wright, Matt Segal y Emily Harrington ascienden una aguja de caliza en el cañón de Enshi, situado en el oeste de la provincia de Hubei y a veces llamado el «Gran Cañón de China».

Foto: Carsten Peter

4 / 14

MM8214 130929 90231. Cuevas de China

Cuevas de China

El Bosque de Piedra es un universo laberíntico de caliza erosionada y disuelta próximo a la ciudad de Kunming, en el sur de China. Los primeros visitantes bautizaron las formaciones con nombres como «rinoceronte admirando la luna» y «piedra cantando las alabanzas de las ciruelas».

Foto: Carsten Peter

5 / 14

MM8214 131009 65416. Cuevas de China

Cuevas de China

Matt Segal escala el Gran Arco de la Cueva Chuanzhang. A sus pies, un recodo del Getu He. Los barcos turísticos a menudo recorren este río, proporcionando unas vistas menos desafiantes del Parque Nacional Ziyun Getu He Chuandong.

Foto: Carsten Peter

6 / 14

MM8214 130926 43261. Cuevas de China

Cuevas de China

Cedar Wright mantiene el equilibrio en lo alto de una aguja del Bosque de Piedra. Depositada en un mar somero hace 270 millones de años, la roca caliza de la zona fue erosionada por las intensas lluvias tropicales.

Foto: Carsten Peter

7 / 14

MM8214 130825 00386. Cuevas de China

Cuevas de China

Dentro de la Cámara Hong Meigui, una de las más grandes del mundo, una cascada indica que ha llovido recientemente en la superficie. Durante siglos, el goteo gradual del agua ha contribuido a la formación de las estalagmitas de esta cueva, como la de la izquierda de la imagen.

Foto: Carsten Peter

8 / 14

MM8214 130911 01917. Cuevas de China

Cuevas de China

Los integrantes de una expedición dirigida por un británico se detienen en un lago subterráneo de camino a la Cámara Titán, en la provincia de Guizhou, donde la precipitación media anual es de más de 1.270 milímetros. El lago aparece y desaparece en función de las lluvias.

Foto: Carsten Peter

9 / 14

MM8214 131008 07884. Cuevas de China

Cuevas de China

Segal y Wright descienden del Gran Arco cuando atardece en el Parque Nacional Ziyun Getu He Chuandong. Un ascensor de cristal deja a los turistas al pie del arco. «China tiene otra manera de enfocar las cosas», dice Wright.

Foto: Carsten Peter

10 / 14

MM8214 130903 41116. Cuevas de China

Cuevas de China

Por encima de la gigantesca Sala Miao, 21 familias de la minoría miao viven al abrigo de una cueva. Se instalaron en ella, cuentan los ancianos, por el manantial. Hoy la cueva cuenta con una cancha de baloncesto y, hasta hace poco, tenía su propia escuela.

Foto: Carsten Peter

11 / 14

MM8214 130914 41947. Cuevas de China

Cuevas de China

En 1985, una expedición de espeleólogos británicos y chinos exploró por primera vez la cueva de la Corona, situada en el río Li. Hoy es una de las principales atracciones turísticas de Guilin, y en su interior hay puestos de baratijas, un tren subterráneo y pozos de los deseos que atraen a miles de visitantes al mismo tiempo.

Foto: Carsten Peter

12 / 14

MM8214 131001 44209. Cuevas de China

Cuevas de China

Yangshuo era un pueblo muy tranquilo hace dos décadas, cuando espeleólogos y escaladores extranjeros comenzaron a frecuentar las formaciones de la zona. Actualmente el turismo nacional supera con creces el foráneo.

Foto: Carsten Peter

13 / 14

MM8214 130823 60045. Cuevas de China

Cuevas de China

Un barquero conduce a unos turistas río abajo por el Poxin. En este tramo emergido a la superficie, el río forma parte del geoparque de Leye-Fengshan, que también incluye Dashiwei Tiankeng, una cueva derrumbada de 610 metros de profundidad.

Foto: Carsten Peter

14 / 14

MM8214 131004 47011. Cuevas de China

Cuevas de China

¿Qué valor tiene para los ciudadanos chinos el popular río Li? Por lo menos 2, 36 euros: su paisaje honra el reverso del billete de 20 yuanes. Los turistas que visitan este río zarpan de cerca de Guilin en grandes barcos turísticos o en pequeñas balsas de bambú en cruceros de un día de duración hasta la próspera ciudad turística de Yangshuo.

Foto: Carsten Peter

29 de agosto de 2014

Acuclillados en el suelo de barro de una de las cámaras subterráneas más grandes de China –y del mundo–, solo oímos nuestra respiración y el goteo incesante del agua en la distancia. Lo único que vemos es el vacío. Entonces nos giramos hacia la pantalla de un ordenador portátil conectado a un escáner láser y ante nuestros ojos se materializa la Cámara Hong Meigui. Flotamos hasta el techo de la cá­mara, que forma un arco catedralicio de 290 me­­tros de altura por encima del barro cuarteado sobre el que nos agachamos para no interferir en el haz láser del escáner. Planeamos sobre un lago. Aterrizamos en una playa de la otra orilla.
«Es como Google Earth», digo.
«Es como Matrix», dice Daniela Pani, la geóloga sarda que maneja el portátil.
La versión digital de la cueva es más real que la vida misma. Las cuevas reales son oscuras co­­mo boca de lobo. En una cámara amplia, incluso aunque lleves una moderna linterna frontal LED, muchísimo más potente que las antiguas lámparas de carburo, tienes una visibilidad horizontal y vertical de unos 50 metros, no mucho más. La niebla o el vacío fagocitan hasta el haz de luz más brillante. Es natural querer ver más.

Ese deseo de ver más llevó a Andy Eavis al sur de China hace más de 30 años. Allí, en un país todavía enclaustrado, se encontraba la mayor concentración del mundo de ese tipo de relieve casi alienígena conocido como karst: dolinas, torres de piedra, «bosques» de agujas, ríos que desaparecen…, formas producidas durante si­glos a medida que el agua de lluvia disuelve la roca soluble, por lo general caliza. Y oculta en las entrañas de ese verde paisaje montañoso (escenario emblemático de la pintura tradicional china) aguardaba la mayor concentración del mundo de cuevas sin documentar.

Y también por eso Eavis ha vuelto a China, esta vez cargado con unas gastadas bolsas de espeleólogo llenas a rebosar de portátiles nuevos, baterías y un escáner láser 3D alquilado, cuyo valor supera los 70.000 euros. En una cueva, la tecnología puede captar aquello que se sus­trae a la mirada humana. Su plan es pasar un mes en, por lo menos, tres de las cámaras más grandes del mundo, donde encenderá el escáner para obtener por primera vez una medición precisa.

De este inglés de sesenta y muchos años, escasa estatura, pelo blanco y propietario de una fortuna amasada en la fabricación de plásticos suele decirse que ha descubierto más kilómetros de territorio que ningún explorador vivo. Las expediciones que ha dirigido han documentado 530 kilómetros de nuevos corredores subterráneos… y los que le quedan. «Por eso me dedico a las cuevas –declara–. Para explorar. En espeleología puedes ser el primero. Si quedasen países por explorar, continentes por explorar, allá me iría.»

Eavis, actual presidente de la Asociación Británica de Espeleología, pisó China por primera vez en 1982. Su visita a la capital del karst, Guilin, en la húmeda región más sudoriental del país, fue una breve escala mientras regresaba a Inglaterra después de realizar una expedición en Indonesia. La ciudad rodeada de montañas y la región de Guangxi en la que se enclava eran por entonces un lugar bien diferente: bicicletas, pero apenas automóviles, campesinos vestidos con ropa de trabajo de color azul, «guardianes» que acompañaban y «vigilaban» a los extranjeros… Eavis y su compañero se saltaron el grueso del programa turístico para entrevistarse con funcionarios del Instituto de Geología Kárstica, el comienzo de una relación que reuniría durante los tres decenios siguientes a espeleólogos británicos y chinos en la formación caliza. El ritmo al que se producirían los descubrimientos sería casi tan rápido y asombroso como la propia transformación de China en esos mismos años.

En esta ocasión Eavis ha viajado a Guilin con un equipo de diez espeleólogos de distintas na­cionalidades. Al llegar, nos topamos con un enjambre de taxis y motocicletas en una ciudad que ha crecido hasta alcanzar aproximadamente un millón de habitantes. La nueva China –autovías, lujosos megacentros comerciales, montes transformados en canteras para alimentar ese auge– inspira asombro, en especial a dos de los miembros del equipo. Richard Walters y Peter Smart estuvieron con Eavis en Guilin en 1985 y 1986, cuando hicieron la primera de las cerca de 25 expediciones que conformarían el pionero Proyecto Cuevas de China. Ninguno de los dos había regresado hasta ahora.

Walters, un empresario del sector de las telecomunicaciones conocido como Roo desde la infancia, manejará el escáner mano a mano con Pani, entre cuyos trabajos destacan el hallazgo de buques de la Segunda Guerra Mundial hundidos en el Mediterráneo y la participación en programas de formación de astronautas en las cuevas de su Cerdeña natal. Smart es un renombrado especialista en karst que se jubiló de la Universidad de Bristol en 2009. Lleva la típica barba de profesor y las gafas permanentemente torcidas. Costó convencerlo de que utilizase un descensor moderno (un dispositivo que sirve para bajar en rápel controlando la velocidad), pues insistía en que el suyo de toda la vida era perfectamente válido. Pero está entusiasmado con la innovación que representa el escaneado láser. Por mucho que haya cambiado China, al continuar la marcha en dirección oeste desde Guilin hacia las cámaras subterráneas más grandes, constatamos que la descripción experta que Smart hace del paisaje sigue vigente: «Desde arriba, parece una huevera».

La cámara Hong Meigui, cuya superficie es aproximadamente igual a ocho campos de fútbol juntos, es la primera que pensamos escanear. Teniendo en cuenta el área, ocupa el octavo puesto en la relación de las cámaras subterráneas más grandes del mundo según un listado que circula entre los espeleólogos desde 2012 y que está encabezado por otras cuevas de Malaysia, España, Omán, Belice y otros puntos de China. Pero confiamos que con la tecnología 3D podremos empezar a saber qué puesto ocuparía si el criterio de prelación fuese el volumen.

Nuestro cuartel general en esta primera parte de la expedición no es un campamento subterráneo, sino un gigantesco hotel que ha visto tiempos mejores. Se encuentra en el municipio de Leye, que en la primera visita del Proyecto Cuevas de China contaba con 5.000 habitantes, pero que en el ínterin ha multiplicado su población varias veces, a la que cabe sumar además los 160.000 turistas que todos los años acuden a visitar la cercana Dashiwei Tiankeng, una dolina de pozo de 610 metros de ancho y 610 metros de profundidad. Hasta 1998 los científicos del Instituto de Geología Kárstica no supieron de su existencia, y el Proyecto Cuevas de China la exploró dos años más tarde. En el museo de la ciudad se expone una fotografía de Eavis.

Para desplazarnos cada día a Hong Meigui conducimos hasta un aparcamiento que está relativamente cerca de la ciudad. Allí nos enfundamos el mono y nos colocamos el arnés, el casco y la linterna frontal. Después caminamos un par de minutos hasta una boca de aspecto anodino que se abre en la boscosa ladera de la montaña. Al pasar una cisterna de hormigón que usan los agricultores de la zona para recoger el agua que gotea de un saliente, la cueva rápida­mente se hace más fría, más empinada, más oscura. Muy pronto nos internamos en otro mundo.

Los dos espeleólogos más ágiles del grupo, Tim Allen y Mark Richardson, han instalado dos cuerdas sujetas en un anclaje para descender en rápel dos tramos de unos 5 y 15 metros de altura cada uno. Salvo en esos tramos, el resto del tiempo avanzamos a pie. En mi primer descenso sigo durante casi una hora a la esposa de Tim, Jane Allen, otra experta espeleóloga, por un sistema escalonado de pozas que centellean a la luz de nuestras linternas frontales y por un pasadizo natural semejante a un tubo y cuya superficie se antoja –y en algunos puntos en efecto lo es– un río de barro.
La sensación de penetrar por fin en la Cámara Hong Meigui es tan vertiginosa como familiar. Percibo su enormidad simplemente porque apenas veo nada; la luz de mi linterna ya no re­­bota en techos ni paredes. En el aire flotan partículas, porque a este lugar no llega ni siquiera el viento. Un peñasco del tamaño de un volquete ha aterrizado en el suelo procedente de algún punto extraordinariamente alto; rodea su cráter una onda expansiva de lodo. El equipo lo apoda «el meteorito». En algún lugar del otro extremo de la sala –es difícil precisar a qué distancia– oscila la luz de una linterna. La experiencia empieza a resultarme familiar cuando empiezo a trepar por una cuesta sembrada de derrubios. La pendiente es tan pronunciada, el avance tan lento, el terreno tan escabroso, que me siento como si estuviese escalando una montaña en una noche sin estrellas.

 

Dada la irregularidad morfológica de las cuevas, a veces resulta difícil distinguir dónde termina una cámara y empieza la siguiente, dónde marcar la frontera. ¿Qué define exactamente una cámara subterránea, y qué un mero corredor? Esta cuestión semántica será un constante tema de debate para los expedicionarios, puesto que uno de los objetivos últimos del escaneado 3D –clasificar por volumen las cámaras más grandes del mundo– resultará imposible si los espeleólogos no logran consensuar una definición.

La mayor cámara subterránea conocida es la de Sarawak, en Malaysia. Fue descubierta por Eavis y otros dos espeleólogos en 1980, y ayudaron a escanearla en 2011. Se le calcula un volumen de 9,57 millones de metros cúbicos, más de tres veces el tamaño del nuevo estadio de Wembley en Londres. Como lego, mi postura en el debate de las definiciones es que las personas nunca discutimos si un espacio es un vestíbulo o un pasillo: simplemente lo sabemos al verlo. En el caso de las cuevas, no podemos verlas por entero, pero lo sabemos igualmente gracias a la inconfundible impresión de espacio vacío. A ninguno de los espeleólogos le convence lo más mínimo mi respuesta.

Cuando alcanzo al equipo de escaneado, los encuentro en el área del barro cuarteado que rodea el meteorito, cerca de la orilla del lago y de una pared de caliza perfectamente vertical que conduce al techo invisible de la cueva. Es uno de los 17 puntos de escaneo de Hong Meigui; son tantos porque, al igual que el ojo humano, un escáner láser no puede atravesar una esquina o una piedra. El escáner emite pulsos de láser y mide el tiempo que tardan en volver reflejados. Las distancias se determinan fácilmente basándose en la velocidad de la luz. Nuestro modelo es un Riegl VZ-400, empleado en arquitectura, ingeniería y minería, y ahora por primera vez en espeleología. Es un cilindro de metal más o menos del tamaño de una cabeza humana y pesa 9,5 kilos, sin contar las dos baterías de cuatro kilos cada una, el trípode, el portátil y los cables. Cuando está funcionando, se sitúa al nivel aproximado de los ojos y gira 360 grados, tomando hasta 122.000 mediciones por segundo de todo su entorno, hasta un máximo de 610 metros a la redonda.
Para instalar el puesto de escaneado, Walters se vale de un nivel portátil que garantiza que el trípode esté en paralelo al suelo. Luego orienta el escáner con una brújula. A continuación saca de su funda impermeable un ordenador portátil de 17 pulgadas y se lo pasa a Daniela Pani, que se sienta sobre el barro con el portátil en el regazo. Eavis está unos pasos más allá, retirando bolsas de en medio e intentando acelerar el proceso –cuanto menos se tarde en escanear esta cueva, más cámaras podremos visitar–, lo cual no deja de irritar a la meticulosa geóloga. Conectan al ordenador un cable Ethernet verde azulado, pulsan un botón del escáner láser y de pronto el aparato cobra vida, rotando el cabezal en silencio mientras el equipo parece contener el aliento.

Al cabo de tres minutos aparecen los resultados en la pantalla del ordenador portátil de Pani. La representación se ve en blanco y negro y a baja resolución, pero es asombrosa. Allí, acuclillados a oscuras en el barro y con la mirada fija en la brillante pantalla, Pani nos guía por la cueva virtual. Y por fin veo dónde estoy. Es una experiencia extracorporal.
Cuando la expedición reanuda la marcha hacia las otras dos grandes cámaras, Miao y Titán, constatamos que si Hong Meigui es una rareza en China es por algo más que sus dimensiones. Explorada por primera vez en 2001 por espeleólogos extranjeros, la cámara no tenía una sola huella de pies humanos hasta que ellos llegaron, quizá porque los dos precipicios que hay en la entrada ahuyentaban a la población local. Muchas cuevas del sur de China poseen una historia humana que se remonta como mínimo dos milenios, a las dinastías Qin y Han. Las exploraciones subterráneas de aquellos tiempos iban en buscaba del qi, la energía vital, que se creía era muy abundante en las regiones kársticas.
Las estalagmitas y los gours también aportaban ingredientes para medicamentos y afrodisíacos de antaño. Las cámaras subterráneas se usaban como oratorios. Aún hoy los campesinos almace­nan y secan el grano en las entradas de las cuevas.

De camino a Hong Meigui habíamos parado en Fengshan, a ocho horas de viaje desde Guilin. El lugar forma parte del nuevo Geoparque de Leye-Fengshan, que abarca 930 kilómetros cuadrados. Allí había una gran cueva municipal, Chuanlongyan, con una carretera de dos carriles, un museo al aire libre y un anfiteatro público. Una tarde, paseando por la carretera, vi a una pareja de jóvenes besándose en la oscuridad. «Es el mejor uso que se le puede dar a una cueva», admitió el espeleólogo francés Jean Bottazzi, experto residente en el geoparque.

En Fengshan, Bottazzi, Eavis y Smart mostraron unos escáneres preliminares de varias cuevas de la zona a un funcionario regional, quien al momento preguntó si con esos medios podrían identificar las secciones inestables de una cueva. Eavis, cuyo éxito en el mundo de la espeleología debe mucho a su talento para tratar con las autoridades, adoptó el mismo discurso utilitarista. «Sí, por supuesto», respondió. Smart añadió: «Así podrían acordonarse las zonas peligrosas, para que los turistas sigan una ruta segura». El auge del turismo en la región kárstica –avivado por el crecimiento de la clase media china y la nostalgia de los paisajes emblemáticos– está en la mente de todos.

También en Fengshan vimos familias enteras con chalecos salvavidas naranjas empujadas por barqueros por un río aguamarina, gritando en­tusiasmadas al pasar junto a las estalactitas que pendían de las cuevas de techo bajo. A diez horas de distancia en dirección norte, el Parque Nacional Ziyun Getu He Chuandong atrae ya a escaladores. Cuando llegamos procedentes de Leye y Hong Meigui, unos obreros están tajando un sendero turístico en las altas paredes de la cueva Yanzi, así llamada por las golondrinas que anidan en ellas, que conduce a un ascensor nuevo. En el parque de Getu escaneamos la sala Miao, considerada la segunda cámara subterránea más grande del mundo en cuanto a superficie, en la que cabrían 19 campos de fútbol.

Un día voy con Eavis y Pani a ver una aldea cercana que está situada en el interior de una cueva de 183 metros de ancho. Veintiuna familias habitan unas viviendas de bambú sin techo, y tienen una cancha de baloncesto, una escuela de primaria… y un pequeño pero continuo río de visitantes. El número semanal de turistas es suficiente, nos dicen, para que las autoridades les paguen por quedarse en la cueva en vez de mu­darse a viviendas modernas del exterior.
Antes de partir de Getu rumbo al sur hacia nuestro último trabajo de escaneado, la Cámara Titán, el expedicionario estadounidense Michael Warner intenta expresar lo que estamos haciendo aquí. Todas las cámaras en las que entramos ya han sido visitadas antes, observa, bien por espeleólogos, bien por campesinos, de modo que no es un viaje de descubrimiento. «Explorar sig­nifica documentar algo por primera vez –concluye Warner–. Y el escaneado láser es el mejor sistema de documentación espeleológica que se ha concebido hasta la fecha.»

Si existe una cueva perfecta para el novísimo arte del escaneado láser de cuevas, esa es Titán. En el centro de su gigantesca cámara, pendientes tapizadas de derrubios y salpicadas de pozas ascienden sin interrupción hacia dos estalagmitas gemelas de 15 metros de altura que se yerguen en la cima misma de una montaña subterránea. Colocando el escáner encima de la más grande, situada a la derecha, se puede registrar la práctica totalidad del espacio de Titán –unas 5 hectáreas, un poco más que Hong Meigui– en un solo barrido de 360 grados. Pasada esta elevación hay más estalagmitas, una formación con una inquietante semejanza a una cabeza de cocodrilo, dientes incluidos, y un lago subterráneo que drena ante nuestros propios ojos en un lecho de barro cuarteado.

Cuando regresamos a cielo abierto, sucios y agotados, nos está esperando un funcionario de la provincia. «¿Es la cámara más grande del mundo?», pregunta. Una respuesta afirmativa supondría un cambio radical para la economía del lugar. Pero la respuesta es no. Quizá se cuente entre las diez más grandes. La lista por volumen aún se está confeccionando. El funcionario se lleva una gran desilusión. «Pero es una de las cámaras subterráneas más hermosas que he visto en mi vida», dice Eavis.

Creemos que podemos dar por concluida la expedición, pero Eavis nos tiene reservada una sorpresa la víspera de nuestra partida: un crucero a través del karst descendiendo el río Lin, la atracción turística número uno de Guilin, con escala en una cueva cuya primera exploración corrió a cargo de su equipo en 1985. Eavis hizo el mismo crucero en 1982, cuando apenas había unas decenas de barcas fluviales. Ahora puede haber un par de centenares al día, cada una de ellas con cien turistas a bordo, y miles de visitantes inundan la cueva de la Corona.

El río Li no ha perdido un ápice de su belleza, pero la cueva de la Corona –después de haber visto Titán– pone los pelos de punta. Nos hacen entrar en grupos de 20, cada uno tras un guía que, equipado con un micrófono y un altavoz portátil barato, habla a gritos intentando imponerse a la cacofonía de los otros guías. En el interior, las estalagmitas y las pozas están iluminadas con teatrales luces verdes, rojas y moradas. Hay caminos, pasamanos y, en algunas cámaras, puestos de baratijas. A medio camino de la cámara llegamos a un ascensor de cristal. Nuestro guía nos apremia a hacer cola para montar en el tren subterráneo, que nos llevará a la fila para embarcar en el crucero subterráneo, en el que pasaremos junto a la montaña rusa subterránea y por los puentes del río subterráneo.

Eavis se queda algo rezagado, fotografián-
dolo todo. Una vez estuvo solo en la cueva de la Corona, cartografiándola, un explorador en bus­ca de corredores ignotos. Y ahora, esto. Subimos corriendo las escaleras del sendero para alcanzar al grupo. «¿Te desconcierta todo esto?», pregunto. «Qué va», me responde sin aflojar el paso. Ahora son los turistas quienes sacan la cámara para documentar hasta el último rincón de la cueva de la Corona, que se hace visible por la iluminación artificial, otro tipo de exploración. Para Eavis es lo más natural del mundo.