Hawai y el espíritu del océano

El resurgir del surf

Cabalgando las olas en la cuna del surf

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Ha‘a Keaulana (a la derecha) y su mejor amiga Maili Makana se zambullen bajo una ola mientras se dirigen a un lugar donde practicar surf cerca de Makaha, su ciudad natal. Como tantas generaciones antes que ellas, visitan estas aguas casi todos los días para refrescar el cuerpo… y el espíritu.

Foto: Paul Nicklen

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Hay que ser un experto para cabalgar las olas de la famosa Pipeline, donde un afilado lecho coralino acecha debajo mismo de la superficie del mar. Los surfistas más competitivos del mundo vienen a esta playa de la North Shore de Oahu. Makaha, en la costa oeste, es frecuentada sobre todo por las familias locales.

Foto: Paul Nicklen

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Cubierto con un malo, o taparrabos, el obrero de la construcción Keli‘iokalani Makua exhibe los tatuajes tradicionales que narran su biografía. El body art es un símbolo muy popular de la identidad hawaiana, pero no se suele incluir la cara.

Foto: Paul Nicklen

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En el taller de su casa en Makaha, Bruce DeSoto, conductor de autobús hoy retirado, talla a mano una tabla de espuma. «Yo les doy forma al viejo estilo –declara–. En la actualidad se utilizan ordenadores para modelar las tablas de surf. Las fábricas las producen en serie.»

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Evocando el espíritu comunitario de los orígenes del surf, unos deportistas reman juntos para atrapar una ola con una tabla hinchable llamada Supsquatch. Cuando las aguas están en calma «puedes salir al mar simplemente para disfrutar con la familia», dice Eli Smith, quien gobierna desde la popa.

Foto: Paul Nicklen

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Moroni Naho‘oikaika, un músico que vive cerca de Makaha, camina por el sur de Kaena Point con su hijo Ezekiel. Luce tatuajes de las cosas que ama: el contorno de Hawai, las huellas de un hijo mayor, un tiburón como símbolo de protección y versos que revelan su fe. «Jah significa Dios –aclara–. La palabra de Dios es la música.»

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Keone Nunes tatúa a Napu Hamasaki con un método ancestral que consiste en dar pequeños golpes con una especie de peineta con mango, cuyas púas se han sumergido en tinta. En Hawai este arte se perdió durante más de un siglo. «Me enseñó un samoano –dice Nunes–, el mejor tatuador tradicional de su época.»

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Ha‘a Keaulana se prepara para uno de los peores percances que se pueden sufrir en la práctica surf –una caída que la retuviera bajo el agua– corriendo por el fondo oceánico con una roca en las manos y sus amigos a remolque. Brian, el padre de Ha‘a, fue el primero en introducir esta técnica en el entrenamiento de los socorristas.

Foto: Paul Nicklen

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Poco después del amanecer, dos hermanas y su prima se sumergen en las aguas de Makaha para realizar el precalentamiento previo a una competición. Participar desde muy jóvenes en este antiguo deporte de los jefes hawaianos enseña a los niños a enorgullecerse de la cultura que han heredado.

Foto: Paul Nicklen

Cabalgando las olas en la cuna del surf

En las islas donde nació el surf, aquel día las olas eran decepcionantes: llegaban deslavazadas, apenas sobrepasaban la cintura y eran de una infrecuencia exasperante. Aun así los hawaianos nunca han necesitado grandes excusas para hacerse con una tabla y lanzarse al océano, de modo que la zona de arranque, la línea de salida donde los surfistas esperan para atrapar las olas, estaba abarrotada.

Adolescentes con tablas cortas, madres con tablas largas y niños tumbados sobre bodyboards. Había también un tipo con el pelo cano recogido en una coleta que practicaba surf de remo. Algunos lucían tatuajes tribales al estilo de los guerreros polinesios. A horcajadas sobre mi tabla de surf en las aguas profundas cercanas al arrecife, estudié a la multitud con un nudo en el estómago, sintiéndome fuera de lugar.

Makaha es conocida desde hace tiempo como una playa donde los haole, término hawaiano para designar a los blancos y otras gentes de fuera, se aventuran por su cuenta y riesgo. Situada en la costa oeste de la isla de Oahu, lejos de los glamurosos grupos que visitan las playas de Sunset o Pipeline, en la North Shore, y del turismo organizado de la playa de Waikiki, en el sur, Makaha tiene fama de acoger a una comunidad sumamente cerrada donde predominan los descendientes de los antiguos navegantes polinesios que colonizaron las islas.

Incluso los residentes de Makaha que han aprendido a aceptar la toma de posesión estadounidense de Hawai en 1898 –y más de uno todavía no lo ha hecho– están decididos a impedir que ocurra lo mismo con sus olas. Se cuentan muchas historias de surfistas forasteros que han sido expulsados de estas aguas, algunos de ellos con la nariz rota, tras haber infringido alguna ley no escrita. Yo tenía la firme intención de evitar el mismo destino.

Durante media hora me mantuve flotando cerca de la zona de arranque, esperando mi oportunidad, hasta que al fin avisté la que parecía ser una ola sin dueño. Giré la tabla en dirección a la playa y remé enérgicamente con las manos. Pero cuando empezaba a ganar velocidad, un adolescente con cara de palo, montado en una bodyboard, decidió cabalgar la misma ola. Plantó una mano firme en mi hombro y me apartó mientras tomaba impulso y se deslizaba por la cortina de agua. Renuncié y remé hacia la orilla. «Aquí se terminan los aloha», pensé.

Sin embargo, en el transcurso de las semanas que pasé en Makaha acabé comprendiendo que lo que parecía ser un proteccionismo abusivo era en realidad algo más complicado. Los hawaianos son, al fin y al cabo, unos incondicionales del surf más genuino, no en vano han practicado este deporte casi desde los tiempos de las Cruzadas. También son, en cierto sentido, supervivientes. Desde la llegada de los primeros hombres blancos a finales del siglo XVIII, su historia se ha visto ensombrecida por las pérdidas, en primer lugar de población, conforme las enfermedades importadas hacían estragos entre sus filas, y acto seguido de territorio, identidad nacional y cultura. Incluso la danza del hula estuvo a punto de desaparecer. Para los hawaianos –una palabra cada vez más imprecisa tras las oleadas de inmigración que han afluido al archipiélago y muchas generaciones de matrimonios mixtos– el surf es un nexo tangible con el pasado precolonial y un último resquicio de identidad cultural. Es asimismo un testimonio de la vinculación casi mística que los nativos establecen con el océano. No tiene pues nada de extraño que se pongan un poco quisquillosos en lo que respecta a sus olas.

«Los lugareños son buena gente, pero si tú los maltratas, ellos también te tratarán mal.» No era una amenaza, sino una simple constatación de hechos. El hombre que la pronunció estaba sentado sobre la rama de un árbol que había sido arrastrada hasta la playa. Pese a que había rebasado con creces la edad de jubilación, tenía el aspecto de ser una de esas personas a las que más vale no llevar la contraria: fornido, gafas de sol, visera negra… Su pelo era de un blanco exuberante, y los contornos faciales, planos como losas, evocaban a los antiguos alii, o jefes autóctonos, que se cuentan entre sus antepasados. «Si alguno de esos muchachos le dice que va a hacerle algo, no dude de que lo hará –declaró–. Recuerde siempre en qué mundo está.»

En todo lo relativo a Makaha y sus costumbres, no existe una autoridad más sobresaliente que Richard «Buffalo» Keaulana, un hawaiano de pura sangre que ha residido la mayor parte de sus 80 años en el llamado West Side, la costa occidental de Oahu. Su elevada posición en la comunidad está estrechamente ligada al océano. Keaulana fue un surfista de dotes prodigiosas, además de ser el primer socorrista oficial de Ma­­kaha y el fundador de un célebre campeonato de surf llamado Buffalo Big Board Surfing Classic. Hoy continúa siendo el más prominente de los famosos uncles, o «tíos», del lugar –los patriarcas, mayoritariamente hawaianos, que actúan como guardianes de la comunidad– y es reverenciado en todas las islas como la apoteosis del «rey del agua», un verdadero todoterreno acuático que combina la veneración por el océano con un profundo conocimiento, pericia y valentía. «Es el último de los tradicionalistas», me dijo de él uno de sus admiradores.

El espíritu que inspira al rey del agua se re­monta a los primeros hawaianos, quienes se cree arribaron a las islas Hawai procedentes de las Marquesas hacia el año 700 a bordo de unas piraguas de doble casco, y que fueron sucedidos cinco siglos más tarde por otros marineros similares procedentes de Tahití. Probablemente estos pobladores trajeron consigo como bagaje una cierta familiaridad con el surf, al menos en una forma rudimentaria, aunque solo en su nueva patria aquella actividad recreativa pasó a convertirse en un elemento importante de la cultura. Había templos dedicados al surf, divinidades del surf, competiciones de surf con multitud de espectadores que apostaban por el resultado. Los miembros de la realeza utilizaban las olo, unas enormes tablas de madera de los árboles wiliwili o koa, mientras que sus súbditos solían surfear sobre las alaia, tablas más cortas y finas. Un fuerte oleaje dejaba vacía una aldea durante días.

Con frecuencia se ha acusado a los misioneros de Nueva Inglaterra, que llegaron a Hawai tras el desembarco en 1778 del explorador británico James Cook, de poner trabas al deporte que los nativos llamaban he‘e nalu. Su principal objeción era, al parecer, la afición de los lugareños a surfear desnudos. Mucho más nocivo para el surf, y para la propia sociedad hawaiana, fue la llegada de enfermedades europeas como la viruela. Cuando en 1898 el Congreso estadounidense se anexionó formalmente las islas Hawai, la población indígena se había reducido a unos 40.000 habitantes, frente a los 800.000 que había en la época del desembarco de Cook.

El penoso legado de la colonización dejó una impronta imborrable en los hawaianos de la generación de Keaulana. Él mismo vivió una infancia de pobreza y maltratos, la mayor parte de la cual transcurrió en una tierra rústica cedida por el estado –la versión hawaiana de una reserva india– en la comunidad de Nanakuli, en el West Side. La lengua nativa había sido desterrada de las escuelas públicas en favor del inglés, aunque en la práctica los lugareños hablaban el pidgin, una lengua criolla de raíces inglesas que todavía es común en la zona.

Keaulana se escapó de casa a los diez años. Buscó cobijo entre parientes y amigos, dejó los estudios a los 14 y encadenó períodos sin hogar. El océano fue su salvación: «una válvula de escape», dice él. Nadador consumado, aprendió a pescar con un arpón fabricado con una percha afilada y un tubo de goma. En su adolescencia trabajó como submarinista, desenganchando las redes de los sampanes de pesca filipinos atrapadas en los arrecifes de coral. Y un buen día descubrió el surf.

Por supuesto, la actividad que tanto había obsesionado a sus antepasados no le era del todo ajena. Los «chicos de la playa» –jóvenes del lugar que se ganaban unas monedas enseñando surf o tocando música– llevaban desde el cambio de siglo enseñando a los turistas a cabalgar las amables olas de Waikiki, y cuando Keaulana era niño todavía se podía encontrar en un rompiente próximo a Nanakuli a algún que otro hawaiano subido a una clásica tabla de secuoya con la base en forma de V. Él aprendió a surfear en una tabla muy primitiva hecha con traviesas de ferrocarril encoladas. Pero no se volcó plenamente en este deporte hasta que coincidió con un puñado de surfistas haole, algunos californianos, que llegaron a Makaha a principios de la década de los cincuenta.

Los recién llegados llevaban tablas ultraligeras de fibra de vidrio y madera de balsa (pronto reemplazadas por espuma de poliestireno), equipadas con quillas para facilitar los giros. Makaha se convirtió en un laboratorio de nuevas técnicas surfistas y diseños de tablas, y también en el escenario de lo que se anunció, en 1954, como la primera competición internacional de surf. Keaulana no tardó en distinguirse como uno de los mejores surfistas de su generación.

Después de servir en el Ejército y trabajar a salto de mata en la playa de Waikiki, regresó a Makaha en 1960 con esposa y empleo estable como guarda y luego como socorrista, y crió a cuatro hijos en un apartamento encima de unos baños públicos. Finalmente se construyó una casa gracias a los 30.000 dólares que le regaló un texano rico por haberlo rescatado de las olas.

Las notorias aptitudes de Keaulana como rey del agua le valieron una participación destacada en el despertar cultural y político que se conocería como el Segundo Renacimiento Hawaiano. En 1977 puso en marcha su certamen homónimo, cuyo ambiente festivo y múltiples modalidades recuerdan el antiguo festival Makahiki, celebrado en honor del dios hawaiano Lono. El rango patriarcal de Keaulana estaba rubricado por su corpulencia y, cuando era necesario, por una «mirada que hiela los huesos», en palabras de su hijo mayor, Brian.

Al mismo tiempo, «tío Buff» era pragmático a más no poder, como bien demostró en la gestión de su certamen. Los turistas que acudían desde Honolulu encontraban a menudo, al volver a sus vehículos de alquiler, las ventanillas rotas y las carteras desaparecidas. «Hacerles eso es una estupidez. Nos traen un montón de dinero», dictaminó Keaulana. Así que identificó a los responsables –«a todos los ladrones y maleantes»– y los contrató como guardias de seguridad. Los robos prácticamente se erradicaron.

En los últimos años los complejos hoteleros han empezado a extenderse por el West Side y han surgido casas de veraneo entre las modestas viviendas que aún se agrupan en ambos extremos de la dorada playa de Makaha. Pero en otros aspectos no ha cambiado apenas nada. En una mesa de picnic cercana a la arena, bajo la sombra de un milo, Keaulana y otros personajes venerables matan las horas contando historias o jugando al dominó, y los forasteros son recibidos con recelo, por lo menos al principio. «¿Lleva alguna identificación?», demandó uno de los «tíos» cuando aparecí con mi cuaderno de notas y muchas preguntas. Luego inquirí al mismo personaje si le preocupaba la afluencia de foráneos que compiten por las olas. «Regulamos ese asunto a sangre y fuego, muchachote.»

Las comunidades conocidas colectivamente como West Side están junto a la autovía Farring­ton, que comienza al oeste de Pearl Harbor y atraviesa Makaha antes de morir cerca de Kaena Point, la punta noroccidental de la isla. El West Side, que discurre al pie de la cordillera Waianae, es una franja costera de escasa pluviosidad y una de las partes habitadas más antiguas de Oahu. Aquí y allá se ven ruinas de templos de piedra o estanques de peces, alternándose con ecos más contemporáneos del pasado de Hawai: puestos de carretera que venden poke (pescado crudo) y laulaus (rollitos de carne de cerdo envuelta en hojas de taro), o bien canoas de batanga varadas en la playa de la bahía de Pokai. Pero en líneas generales, este no es el Hawai de los folletos tu­­rísticos. En la localidad de Waianae la calzada está flanqueada por restaurantes de comida rápida, tiendas de empeño y destartaladas galerías comerciales. Los indigentes acampan en un bos­quecillo cercano al puerto. Fui a Waianae para entrevistar a uno de los «maleantes» de Keaulana: Sheldon Paishon, un prodigio del surf con un turbio pasado.

Me adentré en un barrio de casas ruinosas, una de las cuales tenía colgada una sábana en la puerta de entrada. Sheldon asomó la cabeza y se reunió conmigo en el coche. Nacido en el West Side en 1993, era extremadamente delgado y lucía una cresta desmadejada y descolorida por el sol. Le pregunté si le apetecía desayunar. Declinó la invitación, alegando que había cenado bien la noche anterior. Me explicó que su madre había estado mendigando en un centro comercial, el Waianae Mall, donde alguien le compró pollo del Kentucky Fried Chicken que ella llevó a casa para compartirlo con la familia. «Se cruzó con la persona oportuna –dijo–. Tuvo suerte.»

Nos dirigimos en sentido norte hacia Makaha, haciendo una breve parada para que Paishon recogiera su tabla –un trasto lastimoso, con la punta rota– de los arbustos donde la había es­condido la víspera. Seguimos en la misma dirección y a los pocos minutos aparcamos junto a la playa de la bahía de Yokohama.

Se considera que «Yokes» tiene el rompiente más potente del West Side, y aquella mañana era fácil entender por qué. Unas olas gruesas y poderosas adquirían más y más volumen sobre un arrecife somero, pero Paishon no dudó en sumarse a la docena de surfistas que estaban en el agua, y en unos instantes ya dominaba el panorama: saltos desenvueltos y sin esfuerzo, ágiles tubos, maniobras vertiginosas en el aire. Surfeaba con una gracia y una audacia que yo rara vez había visto, excepto en los vídeos promocionales del deporte. Al cabo de media hora, partió la tabla por la mitad y nadó hasta la playa.

Un socorrista que lo había estado observando meneó la cabeza y dijo: «No se debe juzgar a un pez por su habilidad para trepar a los árboles».Quizás este dicho les parezca a algunos un enigma, pero para cualquiera que conociese a Paishon y su trayectoria vital, era de una lógica aplastante: pocos surfistas del West Side han demostrado tener tanto talento en el agua mientras se enfrentaban en tierra firme a toda clase de obstáculos. Existen claros paralelismos entre la historia de Paishon y la de Buffalo Keaulana. Ambos crecieron marcados por la miseria y la falta de hogar, y ambos hallaron su vocación en el océano. Pero mientras que Keaulana se valió de su capacidad como rey del agua para conquistar la fama y una vida acomodada, Paishon lucha por encontrar su lugar en el mundo, soñando con forjarse una carrera en el surf profesional pero sin un camino evidente que lo lleve hasta él. ¿Cómo no preocuparse por su futuro?

Como muchos en el West Side, Paishon tiene una herencia étnica ambigua. Sharon, su madre, es una haole de Nueva Jersey. Su padre, Don, desciende de los emigrantes portugueses que llegaron al archipiélago hace más de un siglo –al mismo tiempo que expatriados chinos, japoneses y filipinos– para trabajar en las plantaciones de caña de azúcar. La línea entre nativos y no nativos se ha ido difuminando desde entonces, y Don Paishon supone que por sus venas y por las de su hijo corre sangre hawaiana, aunque no puede asegurarlo. Sea como fuere, cuando le pregunté a Sheldon si se consideraba hawaiano, asintió vehementemente. «Aquí –declaró, dándose golpecitos en el pecho–. En el corazón.»
No obstante, por muy orgulloso que se sienta de su identidad hawaiana, Sheldon Paishon ha tenido que afrontar muchos de los desafíos que afligen a la población indígena, especialmente en el West Side, una de las comunidades más desfavorecidas del estado.

Cuando tenía doce años, sus padres, desempleados, no pudieron seguir costeando los gastos de su vivienda. Durante los años posteriores la familia vivió en una tienda de campaña justo al norte de Makaha, en el que era a la sazón el ma­­yor campamento de Hawai para personas sin techo. Sharon lidió con una depresión, y Don empezó a fumar «vidrio», el nombre que en la calle se da a las
metanfetaminas.

Para su hijo fue un auténtico tormento, una interminable acampada en el mismísimo infierno. «Horrible, apestoso, con lluvia, con frío, aterrador… –recordaba Paishon–. Enormes ciempiés se colaban en la tienda. Había arena en la cama. Nada que ver con lo que la gente cree.» El retrete era un cubo, y una comida típica consistía en cerdo y alubias calentadas en una fogata.

Como Keaulana antes que él, Paishon encontró solaz en el océano. Poseía un don natural para el surf, y no tardó en suscitar el interés de los «tíos». Ellos lo apoyaron procurándole tablas de surf (el agresivo estilo de Paishon lo llevaba a romperlas de manera sistemática), además de comida, ropa y consejo, una variante actual del ancestral sistema del hãnai, en el que las familias adoptaban informalmente a los hijos de amigos o parientes y los educaban como si fueran suyos.

Cuando Paishon entró en la primera adolescencia, era un asiduo del competitivo circuito de surf juvenil de Oahu. Sus rivales acudían a los campeonatos con sus padres, provistos de cámaras de vídeo y con los logotipos de sus patrocinadores en las tablas. A Paishon nadie lo patrocinaba, y tenía suerte si su madre hacía acto de presencia. Pero eso no le impedía ganar, a ve­­ces frente a contrincantes que después han em­­prendido una lucrativa carrera profesional. A los 15 años ya había aparecido en la revista Surfing.

Las cosas eran diferentes en el colegio, donde Paishon tenía problemas con las matemáticas y la lectura, y donde sus compañeros se burlaban de él por sus ropas enmohecidas. «Me tomaban el pelo porque no tenía casa –afirmó–. Me llamaban “el surfista de chabola”.» Empezó a hacer novillos para ir a surfear, y colgó definitivamente los estudios tras el segundo intento de aprobar tercero de secundaria.

Una pareja cuyo hijo compitió con él en el circuito juvenil se ofreció a acogerle y sufragar sus viajes a California y otros puntos del globo donde se celebraban los campeonatos, pero la madre de Paishon se negó. «Quizá todo habría sido mejor –me comentó Paishon–. Probablemente a estas alturas sería campeón del mundo.»

Algunas de sus heridas se las infligió él mismo. Reconoce que frecuentaba a gente de mal vivir y que fumaba pakalolo (marihuana), a veces pagándose la droga con la venta de las tablas que le habían regalado. Sus benefactores comenzaron a perder la paciencia. «Le di una colleja –me contó uno de los tíos–. Le dije: “Eres un talento desperdiciado, otro talento más que se malogra en la región de Waianae, otra alma perdida”.»

El mayor revés se produjo cuando fue acusado de robar 1.200 dólares a la novia de un organizador de torneos. No presentaron cargos contra él, pero el episodio dañó su reputación. Los hipotéticos patrocinadores le dieron la espalda. «Piensan: “Es un sinvergüenza, viene de Waianae”», dijo Paishon.

Una noche de finales de primavera pasamos en mi coche por delante del Instituto de Educación Secundaria de Waianae, donde acababa de concluir la ceremonia de entrega de diplomas a la promoción de 2013, la clase de Paishon si no hubiera dejado los estudios. Él observó a los graduados que salían con sus padres y hermanos. «¡Ojalá me hubiera sacado el título!»

Seis meses más tarde me enteré de que había encontrado trabajo. Un amigo lo había contratado como lavacoches por ocho dólares la hora. «Ahora todo el mundo me mira con otros ojos porque estoy trabajando –me dijo–. Es mi particular paso adelante.» Me contó que planeaba invertir sus ingresos en financiarse un viaje deportivo a Indonesia y luego regresar a Hawai, donde participaría en una nueva ronda de competiciones en la que esperaba captar la atención de los patrocinadores. «Antes no sabía lo que quería –reconoció–. Ahora lo sé. Quiero ser surfista profesional. Ese es mi sueño.»

Después de mi desventura inicial con el surf en la playa de Makaha, fui a ver a Bruce DeSoto, miembro de una de las familias más importantes de la zona. Le pedí consejo para evitar otra mala experiencia en el agua. DeSoto respondió: «Cuando alguien nuevo llega al lineup [grupo de surfistas posicionados en el agua donde em­­piezan a romper las olas], esperamos que, por lo menos, se presente. Lo primordial es el respe­to. Si respetas a los demás, eres bienvenido y puedes surfear con nosotros cuando quieras».

Al cabo de unos días tuve la oportunidad de poner en práctica aquella recomendación. Se había levantado marejada, y las olas eran más altas de lo habitual. Remé mar adentro y entablé conversación con un hawaiano de unos 40 años. Resultó ser un socorrista de Makaha que confeccionaba tablas de surf en sus horas libres. Me habló de sus tres hijos y de sus planes de apuntarse a un campeonato de surf en Honolulu.

De repente distinguimos una cresta. Lo miré para saber si me cedía la ola. Su asentimiento fue tan sutil que rozaba la telepatía. Así pues, remé con fuerza y me deslicé por ella, una gloriosa pared azul cobalto de dos metros y medio de altura que me transportó más allá del arrecife.