La nueva era de la exploración

El misterio del riesgo

¿Por qué corremos riesgos?¿Qué hace que un explorador se enfrente al peligro y siga adelante cuando otros darían media vuelta?

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24 de junio de 2013

El hombre que lideró la histórica expedición a lo largo del Gran Cañón no tenía precisamente el aspecto de uno de aquellos elegantes exploradores de la edad dorada de la exploración. John Wesley Powell medía apenas 168 centímetros, tenía el pelo como un cepillo y una barba rebelde manchada de tabaco que le llegaba hasta el pecho.

La manga derecha de su chaqueta colgaba vacía, porque una bala de plomo que recibió en la batalla de Shiloh le hizo perder el brazo. Pese a estar mutilado, después de la guerra de Secesión se lanzó a explorar amplias franjas de las Montañas Rocosas, vivió entre bandas hostiles de indios, descendió por los ríos Green y Colorado e investigó los laberintos desconocidos de uno de los cañones más grandes del mundo. ¿ Qué impulsó a este profesor universitario manco a embarcarse en algunas de las exploraciones más arriesgadas de su época?

De hecho, podríamos hacernos la misma pregunta sobre cada uno de los 32 hombres que se unieron a Powell el 13 de enero de 1888 en el Club Cosmos de Washington D.C. Como él, la mayoría había efectuado sus propias ex­­pediciones por territorios ignotos. Entre ellos figuraban veteranos de la guerra de Secesión y las guerras indias, oficiales navales, montañeros, meteorólogos, ingenieros, naturalistas, cartógrafos, etnólogos y un periodista que había atravesado Siberia. Unos habían estado varados en el Ártico y otros, sobrevivido a violentas tempestades, esquivado ataques de animales y avalanchas, soportado hambre extrema y perseverado contra la aplastante soledad que supone viajar por los lugares más remotos.

Esa noche se habían reunido para fundar National Geographic Society y habían acordado que la misión de su recién nacida organización –«el incremento y la difusión del conocimiento geográfico»– requeriría expediciones difíciles a territorios desconocidos. Su filosofía podría resumirse en un pasaje que Powell había escrito en su diario durante su incursión por el río Colorado casi 20 años antes. Tras varios descensos temerarios a través de rápidos y saltos de agua, tres hombres decidieron abandonar. «Nos han suplicado que no sigamos y nos aseguran que es una auténtica locura seguir adelante por aquí», escribió Powell. Sin embargo, «dejar la expedición a medias, aceptar que hay una parte del cañón que no puedo explorar, después de haberlo casi logrado, es más de lo que estoy dispuesto a aceptar, y estoy decidido a seguir hasta el final».

Toda exploración se basa en la asunción de riesgos

Toda exploración se basa en la asunción de riesgos. El riesgo subyace en cualquier viaje a lo desconocido, ya sea la travesía de un capitán por aguas inexploradas, la investigación de una enfermedad peligrosa por parte de un científico o la inversión de un empresario en un ne­­gocio nuevo. Pero, ¿qué es exactamente lo que impulsó a Cristóbal Colón a cruzar el Atlántico, o a Edward Jenner a probar en un niño su recién descubierta vacuna contra la viruela, o a Henry Ford a apostar por la sustitución del caballo por el automóvil?

Algunas motivaciones para asumir riesgos son obvias: compensación económica, fama, beneficio político, salvar vidas… Mucha gente se expone a diversos grados de peligro en su afán por conseguir tales objetivos. Pero cuanto mayor es el riesgo, más disminuye la cantidad de personas dispuestas a seguir adelante, hasta que solo quedan los aventureros extremos, los más osados, aquellos que están resueltos a arriesgar su reputación, su fortuna y su propia vida. Ese es el misterio del riesgo: ¿qué hace que algunas personas estén dispuestas a arriesgar tanto incluso cuando las consecuencias pueden ser nefastas?

Ciento veinticinco años después de aquella noche en el Club Cosmos, los científicos han empezado a abrir «la caja negra» de la neurología, que contiene los mecanismos de la asunción de riesgos, y a descifrar los factores biológicos que pueden llevar a alguien a convertirse en un ex­­plorador. Su investigación se ha centrado en los neurotransmisores, las sustancias químicas que controlan la comunicación dentro del cerebro. Un neurotransmisor esencial a la hora de asumir un riesgo es la dopamina, que ayuda a controlar las habilidades motoras y también nos impulsa a buscar y aprender cosas nuevas, además de procesar emociones como la ansiedad y el miedo. Las personas cuyo cerebro no produce suficiente dopamina, como las que sufren Parkinson, a menudo padecen apatía y falta de motivación.

Por otro lado, la elevada producción de dopamina es una de las claves para entender la asunción de riesgos, dice Larry Zweifel, neurobiólogo de la Universidad de Washington. «Cuando alguien asume riesgos para lograr algo, como subir una montaña, iniciar un negocio, presentarse a unas elecciones, convertirse en Navy SEAL [la unidad de élite de la Marina estadounidense], lo que lo empuja es la motivación, y esa motivación está impulsada por el denominado sistema dopaminérgico. Es lo que incita a los seres humanos a avanzar.»

La dopamina ayuda a provocar una sensación de satisfacción cuando conseguimos algo

La dopamina ayuda a provocar una sensación de satisfacción cuando conseguimos algo: cuanto más arriesgada es la tarea, mayor es la descarga de dopamina. Parte de la razón de que no todos escalemos montañas o nos presentemos a unas elecciones es que no todos tenemos la misma cantidad de dopamina. Unas moléculas en la superficie de las células nerviosas llamadas autorreceptores controlan la cantidad de dopamina que fabricamos y utilizamos, es decir, en esencia controlan nuestro apetito de riesgo.

En un estudio llevado a cabo en la Universidad Vanderbilt, los participantes se sometieron a unas pruebas de escáner que permitían a los científicos observar los autorreceptores en la parte del cerebro asociada con la recompensa, la adicción y el movimiento. Las personas con menos autorreceptores –con mayor circulación de dopamina– tenían mayor tendencia a buscar experiencias nuevas, como la exploración. «Piense en la dopamina como en la gasolina –dice el neuropsicólogo David Zald, autor principal del estudio–. Si combinamos esto con un cerebro con baja capacidad para frenar, nos encontramos con una persona que tiende a forzar los límites.»

En este punto es fácil confundir a quienes asumen riesgos con los que buscan emociones extremas o son adictos a la adrenalina. La adrenalina es una hormona y también un neurotransmisor, pero a diferencia de la dopamina, que nos puede impulsar hacia el peligro con el fin de lograr ciertas metas, la adrenalina está diseñada para ayudarnos a huir del peligro. Funciona de la siguiente manera: cuando el cerebro percibe una amenaza, libera adrenalina al flujo sanguíneo, que a su vez estimula el corazón, los pulmones, los músculos y otras partes del cuerpo para huir o luchar en una situación de vida o muerte. Esto genera una sensación de euforia que permanece después de que haya pasado la amenaza, mientras la adrenalina va desapareciendo. Para algunas personas esa descarga de adrenalina puede convertirse en una recompensa que el cerebro busca, y la inducen viendo películas de miedo, practicando deportes de riesgo o por medios artificiales como las drogas.

Pero la adrenalina no es lo que motiva a un explorador a asumir riesgos. «Un explorador del Ártico no se desloma caminando por el hielo durante un mes por la adrenalina que corre por sus venas –explica Zald–. Es por la dopamina que se dispara en su cerebro.»

En este proceso es crucial la forma en la que el cerebro mide el riesgo. El fotógrafo Paul Nicklen describe cómo su definición de lo que constituye un riesgo aceptable ha evolucionado con el tiempo: «Cuando era un crío y vivía en el Ártico, me subía a los témpanos de hielo y remaba como si fueran balsas, lo cual se­­guramente era arriesgado. Luego aprendí a bucear, y cada vez quería ir más hondo, quedarme más tiempo en el agua y acercarme más a los animales. Durante mucho tiempo me dije que no bucearía entre morsas del Atlántico.La razón de que no haya muchas fotografías de estos animales nadando bajo el hielo es por­que es sumamente difícil y peligroso abrir un agujero en un trozo de hielo que mide varios metros de grosor, zambullirse en un agua ligeramente por encima del punto de congelación e intentar acercarse a un animal de 1.400 kilos que puede ser muy agresivo cuando lo importunan. Es fácil morir haciendo algo así».

La recompensa de Nicklen por correr esos riesgos es captar imágenes de morsas tan de cerca que parecen tridimensionales; hechizan a cualquiera. «Quiero que el lector se sienta como si fuese una morsa más, nadando entre otras morsas. Es exactamente lo que yo siento a veces, aunque sea durante un instante. La única manera que tengo de describir lo fuerte que es esa sensación es a través de estas imágenes. Supongo que soy un poco adicto a ella.»

En la asunción de riesgos, la línea hasta la que Nicklen está dispuesto a llegar en cada momento y no traspasarla, o sí, la fija el modo en que su cerebro recalibra constantemente el riesgo basándose en experiencias anteriores, explica Larry Zweifel. «Se siente cómodo evaluando situaciones potencialmente arriesgadas y pensando cómo evitarlas. Su cerebro calcula los riesgos y la posible recompensa, gracias al sistema dopaminérgico, que lo motiva a hacer la inmersión.» Sin embargo, prosigue Zweifel, «si buceara repetidamente con animales que amenazan su vida sin considerar los resultados negativos, eso denotaría un comportamiento compulsivo que podría volverse patológico, como el del ludópata que lo pierde todo».

Adaptarnos al riesgo es algo que hacemos todos en nuestra vida cotidiana

Adaptarnos al riesgo es algo que hacemos todos en nuestra vida cotidiana, por ejemplo, cuando aprendemos a conducir. Es posible que al principio el conductor novato tenga miedo de circular por una autopista, pero con el tiempo adquirirá mayor experiencia y se incorporará con naturalidad al tráfico sin tener muy en cuenta los posibles peligros de la carretera.

«Cuando una actividad se vuelve rutinaria y familiar, bajamos la guardia, en especial si no sucede nada malo durante algún tiempo –dice Daniel Kruger, psicólogo evolutivo de la Universidad de Michigan–. Nuestro sistema está diseñado para reaccionar ante amenazas a corto plazo; si está funcionando todo el rato, puede tener un efecto perjudicial para el organismo», por ejemplo, elevar el nivel de azúcar en la sangre o debilitar el sistema inmunitario.

Ese principio de familiaridad también se puede aplicar para lidiar con el miedo asociado a situaciones de alto riesgo. Mediante la práctica repetida de una actividad, los humanos pueden acostumbrarse al riesgo y controlar el miedo que provoca ese tipo de situaciones, explica Kruger. «Los funambulistas empiezan aprendiendo a caminar sobre un travesaño en el suelo, luego pasan a una cuerda situada cerca del suelo, hasta que finalmente acaban en la cuerda floja. Al público, que nunca ha caminado sobre una cuerda floja, le parece mucho más peligroso que al funambulista.»

El pasado mes de octubre, el exparacaidista austríaco Felix Baumgartner llevó este principio al extremo al subir a la estratosfera en un globo aerostático y realizar un salto de 36,3 kilómetros hasta la Tierra. Su salto en paracaídas, con una caída libre de cuatro minutos y medio que excedió los 1.356 kilómetros por hora, batió récords.

Como preparación para semejante hazaña, él y su equipo pasaron cinco años perfeccionando todo el equipamiento; utilizaron una cámara de altitud para simular las temperaturas y las presiones que tendría que afrontar y practicaron saltos desde diversas alturas.

«Visto desde fuera, este salto parece un riesgo extraordinario –dice Baumgartner–. Pero si te fijas atentamente en los detalles, verás que el riesgo se ha minimizado todo lo posible.»

De todos modos, es importante recordar que una persona no tiene por qué saltar desde el espacio para ser un aventurero, dice Kruger. «Asumir riesgos forma parte del legado humano. Todos estamos impulsados a sobrevivir y reproducirnos. Conseguir ambas cosas implica tomar decisiones que pueden llevar a resultados negativos. En esencia, esto significa arriesgarse.»

La noción de que todos descendemos de unos antepasados intrépidos dispuestos a arriesgarse fascina a Paul Salopek, quien sostiene que «los humanos que abandonaron el Gran Rift Valley fueron los primeros grandes exploradores».

Con esta idea en mente, ha emprendido un recorrido de 35.400 kilómetros que durará siete años para seguirles los pasos desde que salieron de África y se extendieron por todo el planeta. Es el rastro de algunos de los primeros aventureros, que a lo largo del camino probaron plantas y animales desconocidos, aprendieron a atravesar aguas profundas y descubrieron maneras de adaptarse al frío.

En este viaje, Salopek está corriendo su propia serie de riesgos. «La idea es caminar cada día la misma distancia que aquellos nómadas que partieron de África hace entre 50.000 y 70.000 años. Los científicos calculan que debían de ser unos 16 kilómetros al día», dijo en enero, poco antes de empezar el trayecto desde un yacimiento situado en el nordeste de la cuenca de Afar, en Etiopía, región donde se han hallado algunos de los primeros fósiles de humanos anatómicamente modernos. A este ritmo piensa atravesar tres continentes y cruzar unas 30 fronteras internacionales, y entrar en contacto con las más diversas lenguas y grupos étnicos, cordilleras y ríos, desiertos y altiplanicies, ciudades antiguas que desaparecen y nuevas y vibrantes metrópolis.

«La filosofía que hay detrás de este recorrido es que los lectores no vean el mundo como un lugar peligroso –dice Salopek–. Puedes morir en un abrir y cerrar de ojos tanto si te quedas en casa como si sales de ella.» En lugar de eso, lo que él espera es «que piensen en horizontes más amplios, en las infinitas posibilidades que ofrece la vida, en los caminos recorridos y los no recorridos, y en que se puede estar cómodo en medio de la incertidumbre».

Básicamente, Salopek quiere recordar a la gente que en nuestro interior todos somos aventureros, aunque algunos más que otros. Y que desde el principio nuestra especie ha compartido esta disposición por explorar el planeta.

Es una idea noble, aunque esté alimentada por la dopamina.

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