Cañones de Australia

Con cuerdas pero sin GPS, audaces exploradores recorren los recónditos cañones de las Blue Mountains, en el corazón de Australia. Aventúrate en el misterioso mundo de los cañones de Australia junto al fotógrafo Carsten Peter.

1 / 18

1 / 18

cañonesaustralia01. Kanangra Main Canyon

Kanangra Main Canyon

Un barranquista desciende por una de las tres cascadas de 45 metros de altura del Kanangra Main Canyon. Cuando sus compañeros hayan bajado, recogerán las cuerdas para usarlas en el siguiente tramo. No hay otra opción que seguir bajando, escalar, saltar entre las piedras y nadar hasta llegar a la salida, en el fondo el barranco.

Carsten Peter

2 / 18

cañonesaustralia02. Claustral Canyon

Claustral Canyon

Cascadas de helechos gigantescos prosperan en el aire húmedo atrapado entre las angostas paredes del Claustral Canyon. Explorado por primera vez en 1963, el cañón recibió este nombre por sus claustrofóbicos pasadizos, y es uno de los barrancos más visitados de la región.

Carsten Peter

3 / 18

cañonesaustralia03. Claustral Canyon

Claustral Canyon

Unos barranquistas avanzan hacia el Claustral Canyon por un bosque lluvioso de palos satinados perfumados, sofocados por las enredaderas, y sasafrás. Para localizar la entrada de un barranco, a veces hay que caminar durante horas, con un equipo de hasta nueve kilos compuesto por cuerdas, traje de neopreno, provisiones y botiquín.

Carsten Peter

4 / 18

cañonesaustralia04. Kanangra Main Canyon

Kanangra Main Canyon

Mark Jenkins, autor del reportaje, se lanza al vacío en uno de los 14 tramos de rápel del Kanangra Main Canyon.

Carsten Peter

5 / 18

cañonesaustralia05. Parque Nacional Gardens of Stone

Parque Nacional Gardens of Stone

En el Parque Nacional Gardens of Stone, los laberintos de roca esculpidos por la erosión ofrecen grandes desafíos a los escaladores: las vistas desde los alto son especatulares.

Carsten Peter

6 / 18

cañonesaustralia06. "The Black Hole of Calcutta"

"The Black Hole of Calcutta"

«Es como si te tragara la tierra», asegura el fotógrafo Carsten Peter, refiriéndose a la sensación que se apoderó de él mientras atravesaba el Black Hole of Calcutta, en el Claustral Canyon. Los barranquistas experimentados lo evitan cuando ha llovido mucho.

Carsten Peter

7 / 18

cañonesaustralia07. Claustral Canyon

Claustral Canyon

Un cangrejo de río de 30 centímetros de largo elude a un excursionista que vadea una corriente en el Claustral Canyon. El color de estos cangrejos, que los barranquistas llaman yabbies, es un misterio. En algunos ríos son naranjas, mientras que en otros son azules. La diferencia se debe en parte a la pureza del agua: los azules se encuentran en las aguas más cristalinas.

Carsten Peter

8 / 18

cañonesaustralia08. Empress Canyon

Empress Canyon

Un barranquista soporta el diluvio de una de las cascadas del Empress Canyon. Los barranquistas aseguran que incluso en un rápel relativamente fácil como éste puedes llegar a sentirte como si se te estuvieras ahogando suspendido en el aire.

Carsten Peter

9 / 18

cañonesaustralia09. Rocky Creek Canyon

Rocky Creek Canyon

Los haces de luz cenital dan al Rocky Creek Canyon una atmósfera de catedral. 

Carsten Peter

10 / 18

cañonesaustralia10. "The Tiger Snake"

"The Tiger Snake"

Mientras se desliza por el angosto Tiger Snake, el barranquista David Forbes comprueba que no haya ninguna de las serpientes tigre que dan nombre al barranco.

Carsten Peter

11 / 18

cañonesaustralia11. Claustral Canyon

Claustral Canyon

John Robens (a la izquierda) guía a un grupo de excursionistas por un angosto paso cubierto de musgo en el interior del Claustral Canyon, a pocas horas del lugar de partida. Lo más emocionante del barranquismo es el azar del descubrimiento, dice Robens. «Caminas durante kilómetros y de pronto te encuentras en este lugar mágico.»

Carsten Peter

12 / 18

cañonesaustralia12. Claustral Canyon

Claustral Canyon

Una constelación de luciérnagas resplandece entre la roca y los helechos del Claustral Canyon, una estrategia para atraer a las presas.

Carsten Peter

13 / 18

cañonesaustralia13. Claustral Canyon

Claustral Canyon

Un barranquista lucha por salir de una de las muchas cascadas del Claustral Canyon.

Carsten Peter

14 / 18

cañonesaustralia14. Thunder Canyon

Thunder Canyon

En el Thunder Canyon abundan los helechos. La primera exploración de este cañón tuvo lugar en 1960.

Carsten Peter

15 / 18

cañonesaustralia15. Rocky Creek Canyon

Rocky Creek Canyon

Un barranquista atraviesa una laguna de aguas coloreadas por la presencia de taninos en Rocky Creek Canyon.

Carsten Peter

16 / 18

cañonesaustralia16. Wolgan Valley

Wolgan Valley

El abrupto Wolgan Valley de las Blue Mountains, en las proximidades de Sydney, alberga varios cañones.

Carsten Peter

17 / 18

cañonesaustralia18. Thunder Canyon

Thunder Canyon

La primera exploración del laberíntico Thunder Canyon, llevado a cabo por un grupo de barranquistas en 1960, representó un gran auge en la popularidad de este deporte.

Carsten Peter

18 / 18

cañonesaustralia19. "The Hole-in-the-Wall Canyon"

"The Hole-in-the-Wall Canyon"

Un barranquista desciende por el Hole-in-the-Wall Canyon en el Parque Nacional Blue Mountains.
 

Carsten Peter

Con cuerdas pero sin GPS, audaces exploradores recorren los recónditos cañones de las Blue Mountains, en el corazón de Australia. Aventúrate en el misterioso mundo de los cañones de Australia junto al fotógrafo Carsten Peter.

Los suizos tienen montañas, y por eso escalan. Los canadienses tienen lagos, y por eso reman. Como en Australia tienen barrancos, practican barranquismo, una forma híbrida de locura a medio camino entre el montañismo y la espeleología, sólo que en lugar de escalar, se desciende, a menudo a través de túneles y angostos corredores. A diferencia de otros lugares donde abundan los slot canyons, cañones estrechos que pueden tener cientos de metros de profundidad, como Jordania, Córcega o el estado de Utah, Australia tiene una larga tradición en barranquismo.

Más información

Vermillion Cliffs, o la historia escrita en la roca

Vermillion Cliffs, o la historia escrita en la roca

En cierto modo, es una modalidad extrema de bushwalking, la exploración a pie del territorio, algo que los aborígenes hacían decenas de miles de años antes de la llegada de los europeos. Pero sin cuerdas ni equipamiento técnico, no podían acceder a los cañones más profundos.

Hoy son miles los australianos que hacen excursiones por los barrancos, cientos los que descienden por ellos con cuerdas, pero sólo unos pocos exploran los menos conocidos. Esos audaces individuos suelen tener piernas de jugador de rugby, rodillas surcadas de cicatrices, una resistencia de pingüino al agua fría, una agilidad de canguro para saltar de roca en roca y una ha­­bilidad de topo para arrastrarse por oquedades húmedas y oscuras. Visten zapatillas de tenis, shorts desgastados, polainas desgarradas y forros polares baratos. Acampan junto a pequeñas ho­­gueras y se preparan sándwiches con todo tipo de ingredientes para el desayuno, la comida y la cena. Y por encima de todo, buscan los barrancos más remotos y de difícil acceso. «Cuanto más oscuro, estrecho y retorcido, mejor –dice Dave Noble, uno de los barranquistas más experimentados del país–. Lo que buscamos es quedar atrapados, vernos obligados a improvisar para salir.»

Más información

Desde Brisbane hacia la Gran Barrera de Coral

Desde Brisbane hacia la Gran Barrera de Coral

En los últimos 38 años, Noble ha efectuado unos 70 primeros descensos en las Blue Mountains, al oeste de Sydney, en una región inesperadamente agreste donde hay cientos de slot canyons. Las «Blueys» no son en realidad unas montañas, sino una antigua meseta sedimentaria con profundas incisiones causadas por la erosión fluvial y una densa cubierta de eucaliptos.

A sus 57 años, Noble nunca ha conducido un coche. Recorre en bicicleta casi 30 kilómetros al día por los barrios de Sydney para acudir al instituto donde da clases de física. Aunque ha trazado mapas topográficos con infinidad de anotaciones de los cañones que ha explorado y bautizado (Cannibal, Black Cript, Crucifixion y Resurrection, entre otros), y ha colgado fotos en su página web, se niega a revelar su localización exacta. Tampoco me deja examinar sus mapas. «Es nuestra ética –dice–. Los barrancos salvajes tienen que permanecer sin describir para que sigan intactos y otros puedan sentir la emoción de explorarlos por su cuenta.»

El principal rival deportivo de Noble es un ba­­rranquista llamado Rick Jamieson, quien hace unos años se ganó la desaprobación de Noble al escribir una guía que revelaba algunos secretos de la región de los cañones. Hace más de diez años, Jamieson, también profesor de física, me guió en mi primer descenso completo de dos grandes barrancos en las Blue Mountains: el Bennett Gully y el Orongo. Actualmente tiene 70 años, y continúa practicando barranquismo.

Más información

Córcega, puro mediterráneo

Córcega, puro mediterráneo

«¡Genial! –exclama Jamieson con un fuerte acento australiano, mientras nos tomamos una cerveza–. Suerte que los GPS no funcionan ahí abajo. La aventura se mantiene viva.»

El barranquismo practicado por australianos no aborígenes comenzó en los años cuarenta, pero los principales barrancos no se exploraron hasta los sesenta, cuando se empezaron a utilizar cuerdas de escalada y equipamiento moderno. El Danae Brook Canyon, oculto en el laberíntico corazón de las Blue Mountains, es uno de los más difíciles. En su guía, Jamieson lo describe como «una jornada muy, muy larga», en la que los barranquistas tienen que efectuar un mínimo de nueve descensos en rápel bastante delicados. Tanto Jamieson como Noble lo han explorado, pero ninguno puede acompañarme. Sin embargo, John Robens está dispuesto a intentarlo.

Nos encontramos en su casa, en Sydney. La mayoría de los fines de semana de los últimos diez años, Robens, de 39 años, se ha escapado de la ciudad para ir a practicar barranquismo. Es un tipo de gesto irónico y maneras suaves, que trabaja como técnico informático y, como Noble, siempre se desplaza por la ciudad en bicicleta. Vive con su mujer, Chuin Nee Ooi, también técnica informática y barranquista de élite, en una casita del centro. En el porche tienen una caja llena de zapatillas de tenis muy usadas.

Más información

Escalada en Omán: Rocas imposibles

Escalada en Omán: Rocas imposibles

Después de un trayecto por carretera de cuatro horas desde Sydney, Robens y yo acampamos en el Parque Nacional Kanangra-Boyd, y al alba ya estamos bajando por la pista cortafuegos del monte Thurat. En la mochila llevamos trajes de neopreno, una cuerda y el almuerzo. Tras cruzar el Kanangra Creek, nos adentramos en la espesura sin senderos, orientándonos con un mapa y el GPS. Los barranquistas comparten una habilidad sorprendente para desplazarse con rapidez por la maleza impenetrable. Robens se desliza entre la espesura con tanta eficacia que me cuesta mantener el ritmo. Siguiendo la brújula, saltamos por encima de ramas y árboles caídos, atravesamos matorrales y pasamos junto a telarañas gigantes, en las que arañas del tamaño de un ratón se escurren junto a nuestras cabezas.

«Sólo las arañas que viven en el suelo son mortales», dice Robens alegremente.

En menos de una hora, me ha llevado hasta la cabeza de las cascadas del Danae Brook, aunque nunca ha estado aquí antes. Un torrente fluye hasta el borde de la meseta y se precipita al vacío.

«Haremos el primer rápel desde ahí», me dice, señalando un árbol que se asoma precariamente al abismo. Nos ponemos los trajes de neopreno, los cascos y los arneses, y nos lanzamos al vacío. Es como lanzarse en rápel por el precipicio de un Gran Cañón cubierto de vegetación.

A esta altitud, el Danae aún no ha abierto una fisura en la pared de roca, por lo que bajamos entre penachos de rocío junto a la cascada, con los pies resbalando sobre helechos gigantescos. En el segundo tramo de descenso, el río ha abierto una fisura de poco más de un metro de ancho que sin embargo incide unos 15 metros en la roca. Bajamos por el fondo de esa abertura, con una grieta vertical de cielo azul a nuestras espaldas.

En el punto de partida del tercer rápel ya estamos en las profundidades del cañón, sobre una cornisa inclinada y resbaladiza, bajo una impetuosa cascada. «Para que la cuerda no se atasque –grita Robens–, tendremos que pasar por la parte interior de esa ralstone.»

Más información

La cara helada del Thalay Sagar

La cara helada del Thalay Sagar

«¿Ralstone?», le grito yo. «Sí, ya sabes. Esas rocas que pueden rodar», contesta, señalando un enorme bloque atrapado en una grieta. Luego me explica que los barranquistas llaman «ralstones» (en lugar de roll stones, en inglés, cantos rodados) a las cuñas de roca encalladas entre las paredes, que a veces pueden desencajarse súbitamente, en referencia a Aron Ralston, el estadounidense que tuvo que cortarse un brazo para salvarse cuando éste se le quedó atrapado en una de esas rocas en un cañón de Utah.

Las paredes están cubiertas de musgo. Deslizarse por la cara interior de ese bloque gigantesco es como escurrirse por el hueco del ascensor de un edificio de diez pisos bajo un aguacero. No tenemos más remedio que balancearnos hasta quedar debajo de la cascada, una maniobra que hace que nos golpeemos contra la pared rocosa. Pero vale la pena: una vez abajo, recogemos con facilidad la cuerda desde una poza.

Debajo de la gran roca el cañón se estrecha y el agua sedosa fluye horizontalmente por una cámara semejante a una cueva hasta salir por el borde del acantilado. Aún quedan 300 metros de vacío que descender. Montamos otro rápel directamente dentro de la cascada. A mitad de camino, cometo el error de mirar hacia arriba, y el caudal de agua casi me arranca la cabeza.

Los tres tramos siguientes de descenso son igual de extraordinarios. Nos conducen hasta unas lagunas de agua gélida situadas a diferentes alturas, como si fuesen piscinas en distintas plantas de un rascacielos.

A las diez de la mañana almorzamos sobre una roca soleada en compañía de un dragón de agua australiano (un lagarto de medio metro de largo con cresta brillante parecido a un dinosaurio) y bebemos el agua fría y deliciosa del Danae. Luego nos quitamos los trajes de neopreno.

Más información

El Desierto Rojo australiano

El Desierto Rojo australiano

A Robens no le importa seguir desnudo, pero yo prefiero ponerme unos pantalones de nailon. Dos semanas antes en otro barranco me topé con un dendrocnide de hoja peltada, una especie horrenda cuyo contacto abrasa como la ortiga mayor y te deja un sarpullido que te dura más de un mes. Yo lo tengo en un lugar imposible.

Hacemos varios descensos cortos y dos saltos considerables. Robens se lanza desde la roca, au­­llando como un hombre que acaba de recuperar la libertad, con los brazos y las piernas abiertos en el aire. Antes de caer al agua, seis metros más abajo, los cierra como las alas de una mariposa.

Al llegar al fondo del barranco el Danae se convierte en un empinado caos de bloques de piedra, que Robens (desnudo, excepto por la mochila y las zapatillas) atraviesa corriendo. Salta, aterriza sobre una piedra resbaladiza, está a punto de perder el equilibrio, lo recupera y vuelve a saltar, todo en un mismo movimiento fluido. Mientras me tambaleo y caigo, lo observo saltar y bailar como si hubiera nacido para eso.

Nuestro descenso finaliza en la confluencia del Danae y el Kanangra. Pero aún no podemos celebrarlo. En el barranquismo, todo lo que baja tiene que subir. Cruzamos el río, descansamos diez minutos e iniciamos un ascenso agónico a través de la espesura. El ascenso es tan vertical, que tenemos que ir subiendo de rama en rama.

Empapados de sudor, llegamos a la meseta peninsular de la sierra de Gangerang, justo enfrente del Danae Brook Canyon. Nos damos la mano y aullamos triunfantes. A partir de ahí podemos tomar el sendero Kilpatrick, un trayecto que presumiblemente será más fácil.

Más información

10 impresionantes paisajes de invierno

10 impresionantes paisajes de invierno

Mientras avanzo a grandes zancadas por el sendero, con el sol a mis espaldas, soñando con el sándwich que pienso preparar esta noche en el campamento, acalorado y cansado, con el cuerpo y la mente limpios por el descenso del Danae, veo que Robens se aparta repentinamente de la senda y se dirige a la espesura.

«Quiero mostrarte una cosa», dice por encima del hombro. Rodeamos una roca de arenisca en una cornisa y de pronto aparece ante nuestros ojos arte rupestre aborigen: una hilera de figuras dibujadas con trazos ocres, obviamente desnudos, todos con los brazos y las piernas abiertos, con aspecto de estar pasándoselo en grande.