Expedición a Madagascar

Bajo el bosque de piedra

Avanzar por los escarpados pináculos del Tsingy de Bemaraha, en Madagascar, no es tarea fácil Un equipo de espeleólogos y un fotógrafo recorren las entrañas de esta formación geológica.

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En la Reserva Natural Integral del Tsingy de Bemaraha, el paisaje es un mar pétreo conformado por pináculos calizos.

Sus entrañas acogen una asombrosa biodiversidad adaptada a este extremo territorio del oeste de Madagascar.

Foto: Olivier Grunewald

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Una constante modelación del terreno iniciada en el jurásico ha convertido el inmenso macizo calcáreo de Bemaraha en un enorme lapiaz. Su génesis es fruto de la coincidencia de determinadas características geológicas y químicas.

Foto: Johansen Krause

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Una crasulácea del género Kalanchoe (en primer término) se aferra a la vida entre las afiladas aristas. Detrás, una planta espinosa del género Pachypodium domina el vasto paisaje de sabana. Ambas especies han aprendido a almacenar agua en su organismo para resistir las sequías.

Foto: Olivier Grunewald

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David Wolozan se desplaza por los pináculos de entre 10 y 15 metros de altura. Los espeleólogos se mueven lentamente, limitados por la difícil orografía y condicionados por una frágil caliza que intentan preservar.

Foto: Olivier Grunewald

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El botánico Jean-Jacques Delavaux observa cómo las larguísimas raíces de los árboles descienden hasta el fondo del cañón. Es una muestra de cómo las plantas se han adaptado para acceder a los restos de agua en los más remotos rincones de esta magnífica selva pétrea. 

Foto: Olivier Grunewald

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El camaleón de Oustalet (Furcifer oustaleti), endémico de Madagascar, puede llegar a medir casi 70 centímetros.

Foto: Olivier Grunewald

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Una pareja de sifakas de Decken (Propithecus verreauxi deckeni) busca hojas tiernas para alimentarse. Ambas especies están amenazadas.

Foto: Olivier Grunewald

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Olivier Grunewald se asegura con cuerdas a un saliente rocoso para tomar instantáneas del bosque de piedra.

Foto: Olivier Grunewald

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Esta formación geológica es extremadamente frágil y quebradiza. El derrumbe de fragmentos rocosos es constante, y algún día el tsingy acabarán por desaparecer.

Foto: Olivier Grunewald

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Los murciélagos parecen ser la causa de los agujeros del techo de esta cueva. Se forman por la erosión generada cuando se cuelgan de él, sumada al efecto químico que la orina y el guano causan en la piedra caliza.

Foto: Olivier Grunewald

Avanzar por los escarpados pináculos del Tsingy de Bemaraha, en Madagascar, no es tarea fácil Un equipo de espeleólogos y un fotógrafo recorren las entrañas de esta formación geológica.

Un ligero movimiento, apenas una imperceptible sombra, perturba la fresca atmósfera nocturna tras la tormenta. Un pequeño sifaka de Decken aterriza de un salto sobre una afilada piedra para erguirse con prudencia y otear a su alrededor, hasta que percibe que no hay peligro a la vista. Entonces, una hembra y sus crías lo siguen, y la familia de lémures inicia una serie de saltos desplazándose entre los picos, ligeros y silen­ciosos, hasta desaparecer. Son los reyes en este recóndito lugar: solo un lémur es capaz de mo­­verse con tanta agilidad por este paraje cortante. Para un ser humano, la inmersión en este inmenso macizo calcáreo que conforma el bosque de piedra de la Reserva Natural Integral del Tsingy de Bemaraha, situado en la costa occidental de Madagascar, parece muy poco probable. Aunque no imposible: un equipo francés de espeleólogos lleva años recorriendo las entrañas de esta tierra de tsingy, palabra que en malgache significa «donde no se puede caminar descalzo». Cuando se pronuncia, suena como «ching», lo que recuerda el ruido que se produce al golpear una lámina de piedra caliza. Su origen primigenio, dicen, es el vocablo mitsingitsingina, que quiere decir «bailar de puntillas». Pero seamos francos; por aquí no es fácil transitar ni yendo de puntillas ni enfundados en las más resistentes botas. Uno más bien «se traslada como puede».
El sistema kárstico del macizo Bemaraha, de más de 100 kilómetros de largo y entre 5 y 25 de ancho, está bordeado por los ríos Tsiribihina y Manambolo y por altos acantilados con vistas a la sabana. Se yergue como un pétreo mar infinito donde las olas son pináculos de piedra ca­liza que constituyen un peligroso lapiaz de aristas afiladas como navajas. La extraordinaria for­mación geológica procede de un gran sustrato calcáreo del jurásico que, tras ser disuelto y esculpido a golpes de lluvia y erosión, acabó creando este tremendo maremágnum de torres puntiagudas y angostas gargantas y cuevas.
«Es una especie de isla dentro de la inmensa isla que es Madagascar, un intrincado laberinto kárstico, húmedo y oscuro en el que se suceden profundos cañones repletos de vegetación», explica Olivier Grunewald, autor de estas imágenes. El fotógrafo francés ha visitado repetidamente esta joya geológica acompañado de Jean-Jacques Delavaux, botánico especializado en ecosistemas tropicales, y de los espeleólogos David Wolozan y Jean-Claude Dobrilla, expertos en sistemas kársticos. La fascinación por este extraño territorio les viene de mucho tiempo atrás. De hecho prendió mecha cuando Dobrilla quedó subyugado al ver una imagen del Tsingy de Bemaraha en una Geographic de 1987. Desde entonces, el espeleólogo francés supo que algún día se sumergiría en ese laberinto mineral, algo que consiguió en 1992. Hoy, Dobrilla está con­siderado como una de las personas que mejor conocen el lugar. Y es que, desde aquella primera visita, él y su equipo han explorado y topogra­fiado unas 200 cuevas y más de 100 kilómetros de túneles subterráneos.
En 2003 Grunewald viajó al Tsingy por primera vez, con sus tres amigos y compatriotas, para participar en el rodaje de un documental. Mientras los espeleólogos se deleitaban observando las rarezas de la piedra caliza, Delavaux sufría un arrebato de «entusiasmo botánico».
«Recuerdo lo maravilloso que fue observar por primera vez toda una serie de plantas que, a pesar de estar arraigadas a una superficie carente de humus y extremadamente recalentada por el sol, crecían en la parte superior de esta selva de piedra, formando fantásticos y frondosos jardines colgantes», dice el botánico. Para Olivier Grunewald, en cambio, el primer contacto visual desde la avioneta que los transportaba desde la localidad de Antsalova fue brutal, pero reconoce que en tierra sintió miedo. «Me sentí irresistiblemente atraído por ese magnífico bosque pétreo. Pero una vez en tierra, cuando tras una larga caminata dejamos atrás la cobertura vegetal y nos encontramos frente a esta descomunal y espinosa meseta azotada por un calor extremo, debo admitir que no me pareció un lugar apto para la vida humana», recuerda.


Apenas explorada, esta área protegida de 1.500 kilómetros cuadrados de extensión fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1990. Y no solo por su extraordinaria geología. Pese a su aspecto inhóspito, alberga selvas de manglar y una biodiversidad abundante que incluye muchas especies emblemáticas, entre ellas 11 especies de lémures, 5 familias de murciélagos, 17 especies de reptiles –entre ellas, el minúsculo camaleón Brookesia perarmata– y 104 especies de aves. Por no hablar de la larga lista de plantas: 650 especies, de las cuales el 87% son endémicas de Bemaraha. Tras aquella primera toma de contacto, Grunewald y sus compañeros de viaje volvieron al Tsingy al año siguiente, y en aquella ocasión pasaron un mes entero inmersos en los cañones. Su campamento, establecido en una repisa rocosa, era el lugar donde descansaban antes de acometer, cada mañana temprano, el descenso por los acantilados. Una tarea peligrosa que exige paciencia y pericia porque un error puede ser fatal.
«Aquí, no caminas. Te arrastras, reptas», afirma Olivier. Obstinados, los hombres prosiguieron su viaje a las entrañas del karst, aferrándose a la roca y a las larguísimas raíces desmesuradas, hipertrofiadas en su afán por perseguir el rastro del agua en el interior de las grietas hasta el fondo de los barrancos. «Una vez dentro del cañón, extremadamente húmedo y fresco, tienes la sensación de estar en el paraíso. Aquí es donde se encuentra la maquinaria de vida del tsingy», dice David Wolozan.


Hasta la tercera expedición, realizada en época de lluvias porque es cuando se aprecia mejor la exuberancia de la biodiversidad, Grunewald no se sintió por fin en plena armonía entre los pináculos. En cambio, el botánico acabó harto de tanta lluvia. «Pero sé que es el precio que hay que pagar para que la vida siga su curso en el bosque de piedra», afirma. Bajo el beneficioso efecto del agua, la vegetación se prodiga y los habitantes de la selva pétrea proliferan entre las piedras: caracoles, libélulas, lémures, multitud de aves (desde loros hasta rapaces), murciélagos… todos acuden a saciar su sed y a alimentarse en esta temporada de esplendor. La época de lluvias tiene lugar entre los meses de noviembre y abril. Tras ella se sucede una larga retahíla de meses ardientes y secos, que obliga a los seres vivos a replegarse y a minimizar su actividad para resistir los embates de la meteorología.


La historia geológica de esta fascinante escultura kárstica se gestó bajo las aguas del Índico, donde un vasto cementerio de coral, conchas y organismos marinos dio lugar a una formación de caliza de cerca de 200 metros de grosor que quedó al descubierto después de que los movimientos tectónicos la elevaran y el nivel del mar descendiera durante las glaciaciones. Expuesta a los agentes atmosféricos, fue cincelada lentamente de forma tan singular gracias a la coincidencia de una serie de condiciones geológicas y climáticas específicas. La materia prima, piedra caliza de inusual pureza, constituida en un 98 % de carbonato cálcico, era muy soluble pero suficientemente densa como para no desaparecer por completo. Luego, la intensa dinámica tectóni­ca fracturó esa masa mineral rígida y quebradiza y el clima tropical hizo lo demás. A consecuencia de la alternancia de unas estaciones fuertemente contrastadas, la piedra caliza siguió disolviéndo­se lentamente, acentuando las gargantas existentes y generando de forma progresiva unos pináculos cada vez más altos y agudos.
Tras explorar a fondo el intrincado sistema de galerías subterráneas, Jean-Claude Dobrilla y su equipo creen que el proceso de karstificación se inició en el subsuelo. «Pensamos que las primeras etapas de tamaña erosión se produjeron durante un período muy húmedo en el que se fueron horadando un sinfín de cuevas y túneles subterráneos que acabaron colapsando», explica el espeleólogo. En la superficie, la capa de laterita que cubría la meseta de Bemaraha fue desapareciendo y dejó al descubierto los incipientes corredores kársticos del tsingy, que continuaron su historia erosiva a cielo abierto, creando fisuras de hasta 30 metros de profundidad. Hoy el proceso continúa. Nunca se ha detenido. Además, la vegetación en des­composición que se acumula en los cañones del fondo aumenta la acidez de la escorrentía, y las bellas cuchillas de piedra acaban irremisiblemente partidas. Continuamente se desmoronan pináculos y agujas, que caen al interior de los cañones. El mismo proceso de erosión natural que hace millones de años engendró el tsingy, brindándole la oportunidad de alzarse majestuoso, acabará por borrarlo de la faz del planeta.
Pero hasta que eso ocurra, continuará siendo el hogar de especies que no existen en ningún otro lugar de la Tierra. Es el caso del indri de Bemaraha, un lemúrido cuyo nombre científico, Avahi cleesei, es un homenaje al actor británico John Cleese, de los Monty Python, que ha dedicado muchos esfuerzos a la salvaguarda de esta familia de prosimios. Y es que, desde que el ser humano llegó a la isla de Madagascar, el 90 % del hábitat natural ha desaparecido. La deforestación, las quemas incontroladas y la proliferación del ga­­nado han acabado con multitud de ecosis­temas y especies de este mundo aparte. Una debacle medioambiental generada por unos 22 millones de malgaches, el 90 % de los cuales gana menos de dos dólares al día, lo que les obliga a practicar una economía de pura subsistencia.
Pero los lugareños temen adentrarse en el  Tsingy de Bemaraha, donde según sus creencias habitan misteriosas presencias. Sin embargo, la inaccesibilidad del lugar, reserva natural desde 1927 y parque nacional en su parte sur desde 1994, es su mayor garante de protección. Hace ya unos años que, a petición del equipo directivo del parque, Jean-Claude Dobrilla organiza rutas controladas para los visitantes. Para ello ha instalado una serie de vías ferratas camufladas y varios puentes colgantes prácticamente invisibles que brindan la oportunidad de admirar desde diversos puntos este paisaje malgache tan inusual. Madagascar, que desde su separación del continente africano inició una larga «carrera en solitario», alberga no solo un sinfín de especies únicas, sino también de ecosistemas irrepeti­bles y formaciones geológicas sorprendentes.
Aquí, en esta extravagante ciudad de pináculos de piedra, habita una miríada de organismos aún desconocidos cuyo devenir está ligado al de su propia fortaleza pétrea. Quién sabe si a estos habitantes secretos del tsingy, reales e imaginarios, les gusta contemplar desde cualquiera de sus infinitos recovecos los gráciles brincos de los lémures sobre las crestas revelando su maestría mitsingitsingina.