Antártida indómita: una nueva era de exploración

Habían oído hablar de los fuertes vientos que azotan la Tierra de la Reina Maud, pero las ventiscas superaron con creces las expectativas de este equipo de curtidos escaladores.

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Colgado de una cuerda sujeta a la roca cientos de metros por encima del hielo y la nieve, Mike Libecki asciende por una torre de granito en la remota Tierra de la Reina Maud. 

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Foto: Cory Richards

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Libecki se detiene para descansar en plena ventisca. Unas tiritas le cubren lesiones leves por congelación. «Es como vivir un mes entero dentro de un congelador», comenta.

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Foto: Cory Richards

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Punzante como una tormenta de arena, una ventisca baja de nieve azota con el hielo. Esta región tiene zonas tan secas que a veces se la conoce como desierto frío. 

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Foto: Cory Richards

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Cory Richards Antarctica Pano crop. Antártida indómita

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Imagen panorámica de la vasta extensión de hielo y piedra que se observa desde lo alto de la torre de granito de 600 metros de altura que el equipo llamó Torre de Bertha.

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Foto: Cory Richards

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Después de aterrizar en una pista de hielo azul, científicos y aventureros desembarcan de un avión de transporte Ilyushin IL-76 junto con suministros para la base antártica Novolazarevskaya. Desde allí, el equipo de escaladores se dirigió a las montañas en un avión más pequeño.

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Foto: Cory Richards

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Los contenedores adaptados de la base rusa, resistentes y relativamente baratos, hacen las veces de laboratorios, dormitorios y almacenes.

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Foto: Cory Richards

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Durante el ascenso a la Torre de Bertha, Freddie Wilkinson (dentro del saco de dormir) y Mike Libecki tratan de mantenerse calientes en una repisa situada a 350 metros del suelo. Pasaron cuatro noches en ese saliente, al que regresaban cada día después de fijar cuerdas a lo largo de la ruta. 

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Foto: Cory Richards

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Una roca ofrece escasa protección en los montes Westliche Petermann. Los miembros del equipo utilizaron los esquís para fijar las tiendas, pero los fuertes vientos las arrancaron de todas formas –más de una vez con los ocupantes dentro– y las dunas de nieve enterraron parte del material. 

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Foto: Cory Richards

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Un miembro del equipo (abajo, a la derecha) se acerca a la Torre de Bertha. Durante su ascenso al pico, los escaladores siguieron la fina línea que separa la zona de sombra de la iluminada por el sol.  

Foto: Keith Ladzinski

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Las piedras sueltas y los vientos gélidos ralentizaron el ascenso de la aguja de 600 metros que los escaladores bautizaron como Torre de Bertha. Tardaron diez días en escalarla. 

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Foto: Cory Richards

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En una pared de la Torre de Bertha, a 183 metros sobre el suelo, Mike Libecki coloca un anclaje en una grieta para fijar una cuerda. La roca, frágil y quebradiza, fue un tormento constante para los escaladores, ya que ralentizaba su ascenso.

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Foto: Cory Richards

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Los miembros de la expedición atraviesan una duna de nieve esculpida por el viento, con un telón de fondo de hielo azul. Cuando no podían esquiar utilizaban crampones. También trataron de desplazarse con cometas de tracción, pero los vientos antárticos resultaron ser demasiado fuertes y tuvieron que guardarlas para otro momento.

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Foto: Cory Richards

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Bajo un horizonte desnudo, el equipo recorre el hielo azul de un glaciar que podría tener miles de años. «Era como caminar sobre un océano congelado», dice el fotógrafo Cory Richards.

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Foto: Cory Richards

24 de octubre de 2013

El estruendo fuera de la tienda de campaña se parece más a un terremoto que al viento. Me acurruco de forma instintiva y me entierro aún más en el saco de dormir. No es la primera vez que me enfrento a vientos aterradores: el rugido nocturno de una corriente de aire en chorro en el Himalaya, el inquietante aullido de una tempestad en la Patagonia… Esto es peor.

El suelo tiembla cuando la siguiente ráfaga se abalanza sobre mí. He fijado la tienda con cuerdas y piquetas entre dos rocas en medio de un desolado paraje del macizo Wohlthat de la Antártida. Mis tres compañeros de equipo están agazapados cerca de aquí. Ochenta kilómetros al sur está el límite de la meseta polar, la inmensa extensión helada que domina el interior del continente. En este territorio se combinan la geografía y la gravedad para desatar los potentes vientos catabáticos: densas ráfagas de aire frío que descienden a toda velocidad por los glaciares como avalanchas rodando hacia el mar.

Se produce la siguiente embestida. Las varillas de la tienda se curvan hacia dentro y la lona se hunde sobre mi saco de dormir. Durante unos segundos percibo la percusión repetitiva, como una ametralladora, que producen las costuras al rasgarse. De repente estoy girando, volando por los aires, y caigo boca abajo. Aunque sigo dentro de la tienda, el viento huracanado me levanta otra vez y me arroja contra el tosco muro de roca que me había fabricado como protección, y después me hace volar por encima del mismo. Los libros, el equipo fotográfico y los calcetines sucios vuelan en un torbellino incontrolable. El plumón empieza a salir del saco de dormir.

Noto un doloroso hormigueo en el cuello y el hombro. Me arrastro hacia un trozo desgarrado de la tienda, agarro la lona y tiro para hacer más grande la abertura. La arena y la nieve se me meten en los ojos cuando saco la cabeza y grito en medio del escandaloso caos: «¡Socorro!».

Venir a la Antártida fue idea de Mike Libecki. Este surfero y experimentado aventurero californiano de 40 años ha realizado decenas de primeros ascensos por todo el mundo. Alto, de voz pausada y con una sonrisa maliciosa, desprende una energía positiva inagotable. «Ya he estado aquí otras veces –dijo, refiriéndose a la región conocida como Tierra de la Reina Maud, donde solo los científicos suelen aventurarse–. Tengo las llaves del castillo

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Libecki reclutó a un par de curtidos fotógrafos que también son escaladores para que nos acompañaran: Keith Ladzinski y Cory Richards. Nuestro objetivo consistía en localizar la mayor concentración de picos sin coronar en la región, y después hacer tantos primeros ascensos como nos atreviéramos.

Empezamos el viaje a principios de noviembre, tras aterrizar en una pista de hielo cerca de la base rusa Novolazarevskaya. «La última vez que vine estuve pelando patatas en la cocina para pagarme el viaje», cuenta Libecki al recordar su visita de ocho años atrás. El jefe de la base nos recibe con un brindis. Pese al aspecto industrial de la insta­lación, se respira un aire de felicidad y camaradería entre todos los que trabajan allí.

«Aquí no hay heridos graves, ni accidentes de coche, ni balas», comenta Benjamin Novikov mientras tomamos una taza de té en el comedor. Novikov, cirujano jubilado de San Petersburgo, es el médico de la base. «Somos autosuficientes, nos enfrentamos a los elementos y todos nos comportamos como es debido. Les decimos a nuestras familias que venimos porque pagan bien. Pero en realidad, venimos para escapar

Durante cinco días pasamos el rato viendo cómo una tormenta azota la base. Por fin, el sexto día cargamos el equipo en un avión DC-3 adaptado. Una vez en el aire, los cuatro que vamos a bordo nos apelotonamos en la cabina del avión para mirar por las ventanillas. Una oscura franja de rocas se extiende en el horizonte. Conforme nos acercamos, lo que al principio parecía una pared monolítica resulta ser una serie de cadenas montañosas que dividen los glaciares que fluyen desde la meseta polar. Ante nosotros aparecen acantilados de vértigo y torres afiladas como agujas. Junto al ala izquierda del avión veo un diente de roca que se eleva. Me resulta familiar: es la misma aguja que Libecki fotografió hace unos años. Hemos llegado a nuestro destino.

Una hora después estamos sobre el glaciar mirando cómo el avión despega. Su zumbido se desvanece en la distancia. Durante las cinco se­­manas siguientes nuestro único vínculo con la civilización será nuestro teléfono por satélite. Nos ponemos manos a la obra: con palas y sierras empezamos a construir un campamento a partir de bloques de nieve compacta. Al caer la tarde hemos logrado levantar una barrera circular de 1,50 metros de alto y 10 de diámetro. Una línea difusa de nubes bajas aparece en el cielo mientras nos preparamos para pasar la noche.

El día siguiente por la tarde el viento nos da otra lección. Con el fin de recorrer la mayor distancia posible, Libecki ha traído unas cometas de tracción para impulsar los esquís. Pero cuando partimos para inspeccionar los picos más prometedores, las ráfagas de viento se niegan a colaborar. Observamos a Libecki, que extiende con valentía una de las cometas y la lanza al aire. En pocos segundos sale disparado campo a través como un vaquero a lomos de un caballo desbocado. Se agacha y abre las piernas para recuperar el control, pero al cabo de unos 200 metros se tira al suelo, golpeándose con la dura superficie nevada, para frenar del todo. El viento es tan fuerte que se le escapa la barra de la cometa. Por suerte, se queda enredada en un montículo de nieve y podemos recuperarla. Guardamos las cometas para otro día.

Ante nosotros hay muchos ascensos tentadores: un grupo de pirámides de roca que apodamos The Fortresses (Las Fortalezas); una pared de roca de más de 900 metros que surge del hielo, a la que bautizamos como Ship Prow (Proa de Barco); un pico que parece un faro, y otra enorme pared triangular que llamamos The Sail (La Vela). Sin embargo, cuando terminamos de explorar la zona, para lo que invertimos dos semanas, todos estamos de acuerdo en que nuestro primer objetivo debe ser la delgada aguja de piedra que hay justo detrás de nuestro Campo Base.

El pico, un inmenso diente de piedra tallado por el viento, está totalmente desnudo de nieve. Orientada al noroeste, la pared que se yergue sobre nuestro campamento presenta unos remolinos rojos y unas misteriosas hendiduras. A la izquierda, la pared este (la cara de la montaña expuesta al viento) es gris y lisa, como el casco de un portaaviones. Las dos caras convergen en un afilado pilar de roca que se proyecta hacia el norte. Intentamos calcular cuánto mide la aguja desde la base hasta la cúspide: tal vez unos 600 metros, quizá más.

A eso hemos venido, a completar un primer ascenso en esta tierra que parece de otro mundo.

Me planto junto a la base y noto un cosquilleo de nerviosismo y emoción. A eso hemos venido, a completar un primer ascenso en esta tierra que parece de otro mundo. Ya hemos tenido la primera ración de vientos catabáticos en suelo firme. ¿Qué pasará si vuelven a soplar mientras escalamos? Libecki, por supuesto, quiere empezar el ascenso inmediatamente.

La estrategia es que Richards, Libecki y yo pongamos cuerdas fijas hasta una repisa situada a unas dos terceras partes de la altura de la pared, donde instalaremos un campamento, mientras Ladzinski nos fotografía desde abajo. Pero el viento nos ataca a cada paso y tardamos dos se­­manas en alcanzar ese saliente.

Nuestro nuevo hogar es una plataforma del tamaño de una pequeña terraza, a 350 metros del suelo. Una noche mientras cenamos Richards tira unas piedras por el borde del precipicio. Caen durante 20 largos segundos antes de impactar con la superficie y deshacerse en polvo, sin golpear ni una sola vez la pared vertical.

«Bueno, ¿quién duerme al raso esta noche?», pregunta entre risas. En nuestra hamaca de pa­­red, un híbrido entre una tienda de campaña y un catre fijado a la roca, solo caben dos personas, así que alguien tiene que dormir fuera, arropado única­mente con un saco de dormir. La zona más llana de la repisa está a pocos centímetros del precipi­cio. Suspiro y me presto voluntario.

Durante los tres días siguientes progresamos a buen ritmo: fijamos cuerdas a lo largo de la ruta y volvemos a la repisa por la noche. Pero sabemos que estamos muy expuestos si reaparecen esos vientos terribles. En diez años de montañismo nunca había perdido una tienda por culpa de una tormenta. En esta expedición hemos perdido tres: dos enterradas en la nieve y la tercera destrozada conmigo dentro. Libecki me sacó de mi cobijo hecho jirones cuando oyó mi grito de socorro. Mientras me rescataba, se reía.

Las horas se nos escapan y Libecki nos pide que le prestemos atención. «¿Sabéis qué? Mi abuela me decía que la mejor hora es ahora. Se me quedó grabado. Le preguntábamos: “Abuela Bertha, ¿qué hora es?”. Y siempre contestaba: “¡Qué más da! ¡La hora es ahora, maldita sea!”.»

Con un poco de suerte, añade, podríamos llegar a la cumbre en breve.

La mañana siguiente me toca ser el primero de cordada. Mientras subo por la cuerda hasta el lugar en que nos quedamos ayer, el desplome me deja colgando a 500 metros del suelo. Libecki va de segundo, preparado para bloquear la cuerda si me caigo. Busco los mejores puntos de sujeción con los dedos enguantados y tanteo para desplazarme con precaución por la cara vertical de la montaña. Para llegar arriba tengo que cruzar la sección más expuesta de todo el pilar.

«¡Vigílame! Esto se pone feo…», grito a Libecki mientras busco unas fisuras más prometedoras. Una repentina corriente de aire descendente pasa rozándome y tira de la cuerda que nos une. Si algo hemos aprendido es que las ráfagas re­­pentinas de vientos catabáticos pueden soplar en cualquier momento, incluso en los días más tranquilos. Reprimo mis dudas, dejo que la grieta me guíe hasta un sa­­liente y cruzo una roca lisa que parece imposible de escalar. Me acerco aún más al cielo.

La cúspide de esa aguja que más tarde bautizaremos como la Torre de Bertha es una roca con forma de seta del tamaño de una mesita de café. Me pongo de pie sobre el sombrero de la seta y distingo, a lo lejos, una mancha amarilla: mi tienda de campaña. En la dirección opuesta, Las Fortalezas brillan con un color rojo sangre a la luz del atardecer. El cielo está encapotado y sorprendentemente calmado. Todo en esta tierra virgen (los glaciares, las torres de piedra, las distancias) ha demostrado ser un reto mayor del que esperábamos. Aun así, los cuatro nos hemos enfrentado a ello en solitario.

Entonces pienso que el viento puede retenerte, pero también puede liberarte. Miro a mi alrededor una vez más y saboreo el silencio.