Como un oasis en medio de ese desierto líquido que es el océano Índico, así se nos aparece la Isla Reunión.
Verdes colinas, verdes planicies, verdes montañas. Y dominándolo todo, los tres mil metros volcánicos del Pitón des Neiges, el principal responsable de que las nubes se acumulen y rieguen este vergel tropical. Porque el secreto de tanta exuberancia está en la altura de ese volcán desde el cual se derraman cascadas de verdor, los árboles filao que cubren las laderas de los circos montañosos circundantes. Estos a su vez, desembocan en bosques tropicales y en esa costa que se vuelve especialmente salvaje en el sur, donde el verde cabalga sobre la roca para recortar, con imponentes acantilados, el mar. Pero la civilización tiene sus propios cauces. Siendo la capital Saint-Denis, en el norte, el punto de aterrizaje ineludible, la primera región que se suele explorar es la costa oeste. Accesible por la única autovía de la isla, encarna el litoral de las grandes playas, de arena suave y blanca, a la sombra de las hojas como agujas de los filaos antes que de las palmeras, frente a lagunas paradisíacas, protegidas por una barrera de coral y con la presencia, allende de la misma, de surfistas.
Este viaje descubre el contraste entre las playas coralinas del oeste, las montañas del interior y los acantilados del litoral este.