Mansiones medievales y museos de vanguardia en la capital de Estonia
Por Enrique Domínguez Uceta, ViajesNG nº 149
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FABRIZIO TROIANI / AGE FOTOSTOCK
Campanarios y torres fortificadas sobresalen en Tallin como lo hacían en la Edad Media. El centro histórico, que se preserva casi intacto, es fruto del comercio portuario que prosperó gracias a su situación estratégica en el mar Báltico. Atraídos por este emplazamiento, los daneses la refundaron en 1219, dándole un impulso que la convirtió en la principal entrada a la península escandinava. Ya en época moderna, y tras los años de influencia soviética (1940-1991), la capital estonia renació como una urbe que ahora ofrece una combinación de historia y modernidad.
Tallin tiene cerca de 500.000 habitantes y unas dimensiones que permiten enlazar a pie la mayoría de monumentos. El mejor lugar para iniciar su visita es la colina Toompea, sobre la que se fundó el primer bastión (siglo XIII) de la ciudad. El promontorio, con vistas que llegan al mar y aún rodeado por las murallas medievales, se conoce como la Ciudad Alta e incluye algunos de los edificios históricos más significativos.
Colina de Toompea
Aunque hay varios accesos a la colina, la puerta Pikk Jalg (1380) marca la entrada tradicional a la Ciudad Alta, hoy encerrada en un anillo amurallado que mide dos kilómetros de largo y conserva 25 de las 35 torres originales; un paseo permite recorrer su perímetro. Las callejas en cuesta y algunos tramos de escaleras ayudan a ascender hasta lo más alto, donde la torre Pikk Hermann (1371) se mantiene como testimonio del primer castillo; sobre él fue construido un palacio de fachada barroca que hoy aloja el Parlamento. Además de cuidados edificios con tejados rojizos y fachadas pintadas en vivos colores, la colina posee miradores como el de Patkuli, que ofrece vistas al puerto de esta antigua ciudad de la Liga Hanseática.