Machu Picchu, la ciudad inca de los Andes peruanos
Por Agustín Remesal, ViajesNG nº 146
A Machu Picchu se puede ir por otros caminos, pero la emoción del descubrimiento de ese santuario, observatorio astronómico y paisaje de cultivos en terrazas, alcanza mayor intensidad si se va a pie por el Camino del Inca. Solo la pasión de la aventura y el esfuerzo revelan los secretos de esos parajes que el Gran Inca mandó recorrer hace seis siglos desde Cusco, en busca de un lugar para erigir palacios y templos ceremoniales.
Todas las rutas hacia Machu Picchu parten hoy como antaño de Cusco, «ombligo del mundo» según la leyenda y capital de un imperio de cuyo poderío dan testimonio las piedras que cimientan edificios de la época colonial. A la plaza de Armas, centro neurálgico del comercio, llegan cada mañana campesinas vestidas con el traje tradicional, cargadas de cestas y hatos multicolores, que venden ropas de lana de alpaca, frutas y hojas frescas de coca, cuya infusión es el mejor alivio del caminante para vencer el soroche, el mal de altura andino. En un costado se erige la Catedral, construida sobre el palacio del Inca Viracocha con piedras de las cercanas ruinas de Sacsayhuamán. Otro mestizaje tiene su reflejo en el interior del templo: los nativos rezan a los santos con ritos más cercanos a la mitología inca que al culto cristiano. Cerca se halla el convento de Santo Domingo que, levantado sobre el Templo del Sol (Coricancha), es un buen ejemplo de fusión arquitectónica.
El paseo por las calles de trazado colonial revela el esplendor de iglesias y palacios, para desembocar en el mercado Central o de San Pedro, una muestra de la agricultura incaica: papas de nombres diversos como el chuño (patata liofilizada con hielo), yucas y turmas de distintos sabores y formas, maíz, ají, mote y hasta flores exóticas. Los restaurantes del barrio ofrecen platos como el «lawa de chuño», un cocido de carne de vicuña, habas, chuño molido y hierbas aromáticas.