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Crucero por el Volga

Volga, travesía por el mítico río ruso

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El Kremlin Moscovita

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De Moscú a San Petersburgo

Por Víctor Andresco, ViajesNG nº 146

Moscú es una ciudad circular en continuo crecimiento. El Kremlin, la catedral de San Basilio y la Plaza Roja son el epicentro de este gigante urbano lleno de sorpresas, pero es imposible visitar la ciudad sin prestar atención a alguno de sus impagables museos –la Galería Tretiakov, el Pushkin de Bellas Artes y el Mayakovski son solo los tres primeros– o a cualquiera de sus teatros, desde el Bolshoi a la Taganka. Vanguardia y clasicismo de todas las épocas han sedimentado una arquitectura tan variada que nadie debería dejar de asombrarse con los rascacielos de Stalin, el mirador de la Universidad Lomonósov o las iglesias y palacios que habitaron Pushkin, Tolstoi, Scriabin o Isadora Duncan. 

El primer descubrimiento de quien se embarca para siete jornadas por el Volga hasta San Petersbugo es la deliciosa estación fluvial, el Rechnoi voksal, emblema del proyecto estalinista para centralizar las comunicaciones de la Unión Soviética. Del eslogan «Moscú, puerto de cinco mares» queda hoy la humilde silueta del palacete con sus singulares mosaicos de los años 1930 –perfecto complemento a los del metro–y contiguo al parque en el que una estatua de Miguel de Cervantes contempla los atardeceres sobr el río. 

Al zarpar, la última visión de la capital rusa anticipa los contrastes que ofrecerá la travesía. Modernas urbanizaciones se oponen a las viejas zonas industriales, mientras en las playas se reúnen familias enteras y, en los recodos verdes, atracan pescadores y lanchas lujosas. El atardecer entre los frondosos cañaverales atrapa la imaginación y sugiere cómo era la antigua vida en la estepa. Enseguida se llega a la primera de las esclusas que salvan los muchos desniveles entre el río Moscova y el mar Báltico. Este sistema es obra del español Agustín de Betancourt (1758-1825) que, inspirándose en Leonardo da Vinci, se puso al servicio del zar Alejandro I. 

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