Los valles de este país de montañas albergan aldeas y templos que apenas han cambiado en siglos.
Por Elena Butragueño, VIAJES NG147 (Junio)
Bután parece una quimera hecha realidad. Este reino enclavado en medio del Himalaya permanece como hace siglos, con sus creencias budistas, sus pueblos aislados entre montañas de más de 6.000 metros y senderos jalonados por santuarios con banderas que lanzan oraciones al viento. De pequeño tamaño (38.394 km2) y vecino de las potentes India y China –Bután linda con Tíbet–, el país se mantiene independiente desde que en el siglo VIII Guru Rimpoche, considerado como el Segundo Buda, introdujo el budismo tántrico en la región.
Con un patrimonio natural y cultural casi intacto, Bután basa su atractivo turístico en el ritmo lento que rige los días tanto de locales como de visitantes. Su emplazamiento, entre cañones y picos escarpados, es la clave de la «ralentización vital» que se observa a lo largo de este viaje, un recorrido que parte del valle de Paro, visita la capital, Thimphu, y se adentra en los bonitos valles de Punakha, Phobjika y Bumthang, punteados de aldeas y monasterios. El preludio a las experiencias que aguardan al viajero en Bután es espectacular: el montañoso relieve que rodea el aeropuerto internacional de Paro obliga al avión a entrar por un desfiladero y a casi colocarse de lado antes de tomar tierra.
Con la silueta siempre nevada del Jomolhari (7.316 m) como fondo, el valle de Paro posee matices paisajísticos propios, además de una gastronomía próxima a la china y la india. Arrozales que transmutan del verde al amarillo y casas con alegres colores componen el panorama que se divisa desde el monasterio de Taktsang (2.950 m). La gente lo denomina El Nido del Tigre porque, según cuenta la leyenda, en el siglo VIII Guru Rimpoche llegó volando a lomos de una tigresa. El ascenso hasta allí, al borde del abismo, discurre primero a caballo y luego a pie, compartiendo camino junto a peregrinos llegados de todo Bután y también budistas occidentales. De los trece templos que conforman el monasterio, el más importante se sitúa en la gruta en la que meditó el maestro, que solo abre a los fieles una vez al año.