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Antropología

Los hombres salvajes de Europa

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Se transforman en osos, ciervos y diablos. Evocan la muerte, pero tienen el poder de otorgar fertilidad.

Por Rachel Hartigan Shea, julio de 2013

En Europa sigue latiendo un corazón primitivo. Bajo la apariencia de un mundo moderno, sofisticado y de un alto desarrollo tecnológico, se agazapan tradiciones populares y rituales que entroncan con las cosechas, los solsticios y el temor a la oscuridad invernal, y en los que pueden rastrearse ecos de mitos muy antiguos. En este corazón de tinieblas habitan monstruos, pero también la promesa del renacimiento primaveral, de una cosecha abundante y de recién nacidos en brazos de sus madres. Porque Europa, o algunos retazos de ella, no ha perdido el vínculo con los ritmos de la naturaleza.

Esa conexión se renueva en las fiestas que se celebran en todo el continente desde principios de diciembre hasta Pascua. Aunque estas celebraciones coinciden con las festividades de la Iglesia, la mayoría tiene su origen en rituales paganos anteriores al cristianismo, con raíces de difícil identificación. En ellas los hombres (hasta hace poco casi siempre eran hombres) visten trajes que les ocultan el rostro y la figura. Ataviados de ese modo se echan a las calles, donde el disfraz les permite cruzar la fron­­tera entre lo humano y lo animal, lo real y lo espiritual, la civilización y la naturaleza, la muerte y el renacer. Un hombre «asume una personalidad dual –explica António Carneiro, que en el carnaval portugués de Podence se oculta tras una careta diabólica–. Se convierte en algo misterioso».

El fotógrafo Charles Fréger se propuso plasmar lo que él llama «la Europa tribal» en dos inviernos de viajes por 19 países. La indumentaria varía de una región a otra e incluso de una aldea a la vecina. En el pueblo rumano de Corlata los hombres se visten de ciervos para recrear una cacería con bailarines. En Cerdeña el papel del animal sacrificial puede corresponder a cabras, ciervos, jabalíes u osos. En Austria una criatura de apariencia demoníaca, Krampus, castiga a los niños malos, en contraste con san Nicolás, que premia a los buenos.

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