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Meteorología extrema

El tiempo está loco

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Diluvios casi bíblicos, olas de calor interminables, enjambres de tornados… El tiempo ha cambiado últimamente. ¿Qué está pasando?

Por Peter Miller, septiembre 2012

La predicción para el fin de semana en Nashville, Tennessee, era de 50 a 100 milímetros de lluvia.

Pero la tarde del sábado 1 de mayo, algunas partes de la ciudad habían recibido ya más de 150 milímetros y seguía lloviendo a mares.

En el centro de coordinación de emergencias, el alcalde Karl Dean estaba recibiendo los primeros informes sobre las inundaciones cuando en una pantalla de televisión apareció algo que captó su atención. Era una imagen en directo de coches y camiones en la Interestatal 24, inundada por un afluente del río Cumberland, al sudoeste de la ciudad. Junto a ellos, por el carril lento, pasaba flotando un aula prefabricada de 12 metros de largo de una de las escuelas locales. «Hay un edificio chocando contra los vehículos», decía en ese momento el presentador.

Dean llevaba unas cuantas horas en el centro de operaciones, pero cuando vio el aula flotando por la carretera, reaccionó. «Comprendí claramente la extrema gravedad de la situación», recuerda. Al poco tiempo, el teléfono de emergencias empezó a recibir llamadas procedentes de todos los puntos de la ciudad. La policía, los bomberos y los equipos de rescate salían a bordo de embarcaciones. Un grupo tuvo que ir en lancha a la I-24 para rescatar al conductor de un camión con tráiler en un tramo de la carretera donde el agua le llegaba hasta el pecho, al tiempo que otros equipos salvaban a las familias atrapadas en los tejados y a los trabajadores de las naves industriales inundadas. Aun así, ese fin de semana murieron 11 personas en la ciudad.

Fue un tipo de tormenta nunca visto en Nash­ville. «Llovió con más violencia que nunca –dice Brad Paisley, cantante de country y dueño de una granja en las afueras de la ciudad–. Fue como cuando estás en un centro comercial, empieza a llover a cántaros y piensas: “Esperaré cinco mi­­nutos y cuando amaine correré hasta el coche”. Pero no amainó hasta el día siguiente.»

En los estudios del NewsChannel 5, el canal local de la cadena CBS, el meteorólogo Charlie Neese sabía de dónde venía el diluvio. La corriente en chorro se había quedado estancada sobre la ciudad, y una sucesión de tormentas levantaba aire caliente y húmedo del golfo de México, se desplazaba unos mil kilómetros hacia el nordeste y descargaba el agua sobre Nashville. Mientras Neese y sus colegas emitían el programa desde un plató en el primer piso, la redacción situada en la planta baja se inundaba con el reflujo de los desagües. «El agua manaba a borbotones de los retretes», recuerda Neese.

El nivel del río Cumberland, que atraviesa el corazón de Nashville, empezó a aumentar el sábado por la mañana. En la empresa de alquiler de embarcaciones Ingram Barge Company, David Edgin, que había sido capitán de remolcadores, tenía más de siete barcos y 70 barcazas navegando por el río. Al ver que la lluvia no paraba, llamó al Cuerpo de Ingenieros del Ejército de Estados Unidos y preguntó por el pronóstico de la crecida. «Esto no entra en nuestros modelos –le respondió el oficial de guardia–. Nunca habíamos visto nada parecido.» Sabiamente, Edgin ordenó amarrar las embarcaciones en lugares seguros de la ribera.

La noche del sábado el Cumberland había crecido por lo menos cuatro metros, hasta alcanzar una altura de 10 metros, y el Cuerpo de Ingenieros pronosticaba que llegaría a los 13. Pero el domingo no dejó de llover, y el lunes el río alcanzó un máximo de 16 metros, casi cuatro por encima del nivel de inundación. La riada afectó las calles del centro y causó pérdidas por valor de 2.000 millones de dólares.

Cuando salió el sol el lunes por la mañana, en algunas partes de Nashville habían caído más de 340 milímetros de lluvia, el doble que el anterior récord de 167,5 milímetros registrado en 1979 durante el huracán Frederic. Pete Fisher, gerente del Grand Ole Opry, el gran auditorio de música country, necesitó una canoa para llegar al famoso teatro, que está situado a orillas del río en el nordeste de la ciudad. Él y el ingeniero de audio Tommy Hensley tuvieron que remar para entrar por una puerta lateral. «Entramos en el teatro flotando –cuenta Fisher–. Estaba oscuro como boca de lobo y tuvimos que iluminar el escenario con una linterna. Cualquiera que hubiese estado sentado en la primera fila habría tenido dos metros de agua por encima de la cabeza.»

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