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Pandas

Pandas, tesoros entre los bambús

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La preservación del hábitat y la cría en cautividad son estrategias cruciales para garantizar el futuro del panda gigante.

Por Eva van den Berg, septiembre 2012

Fotografías de Andoni Canela

 

Ver a estos animales en libertad en su hábitat originario es extremadamente difícil, y mucho más identificar a los ejemplares de forma individual. Por este motivo los rastreadores se concentran en la tarea de recoger las heces (muy numerosas, ya que, debido a su dieta extremadamente rica en celulosa, un panda puede defecar hasta 40 veces al día), que guardan en bolsas estancas para analizar su ADN y poder atribuirlas a un ejemplar concreto. 

Este será el cuarto censo que se realiza de la especie. El más reciente, llevado a cabo en 2004 por el WWF, arrojó un resultado de 1.596 ejemplares, una cifra insuficiente para asegurar la viabilidad a largo plazo de los pandas gigantes salvajes. Por los restos fósiles hallados se estima que originalmente la distribución de esta especie endémica de China se extendía por todo el país, y llegaba al norte de Myanmar y Vietnam. Sin embargo, los últimos pandas gigantes en estado salvaje están hoy dispersos en una vasta área de casi 14.000 kilómetros cuadrados, aunque el 80% de ellos habitan en Sichuan, que con 80 mi­­llones de personas es una de las provincias más densamente pobladas del país. En Chengdu, su capital, se encuentra la Base de Investigación de Cría del Panda Gigante, un centro de referencia desde donde se coordina a escala internacional la cría en cautividad de esta emblemática especie.

Mientras proceden al rastreo, los científicos toman anotaciones sobre las condiciones del hábitat. La conservación de estos bosques templados es de vital importancia para salvaguardar el remanente silvestre del panda y valorar la viabilidad de futuras reintroducciones de ejemplares nacidos en cautividad que ya están planificadas para los próximos años.

«Pese a estar sujeto a peculiaridades adaptativas, el panda ha logrado sobrevivir sin problemas a lo largo de sus ocho millones de años de existencia, hasta que se ha visto enfrentado a una tremenda presión por parte del ser humano», declara Jesús Fernández, director zoológico de Parques Reunidos, el grupo que gestiona, entre otros muchos parques, el Zoo Aquarium de Madrid, que alberga en la actualidad a dos pandas adultos y a sus dos crías.

Este veterinario es además el encargado principal de los pandas gigantes del centro. En su opinión, hay margen para el optimismo, tanto para las poblaciones salvajes como para las que residen en los centros de cría, «porque desde hace muchos años se está realizando un gran esfuerzo por asegurar su conservación a largo plazo». Pero en un país en plena expansión demográfica y económica (China tiene hoy 1.340.000 habitantes), los nuevos asentamientos humanos se propagan rápidamente por el territorio, lo cual incluye también las reservas naturales donde viven estos osos tan carismáticos. La urbanización, la tala, la agricultura, la construcción de carreteras y la explotación minera son algunas de las actividades económicas que obligan a los pandas gigantes a desplazarse para ponerse a salvo, optando por lugares situados a mayor altura. El problema es que no les sirve cualquier sitio. El 99% de su dieta se basa en el bambú, una peculiaridad de sus hábitos alimentarios que restringe enormemente su rango de distribución.

Curiosamente, pese a pertenecer al orden de los carnívoros y tener el sistema digestivo como tal, la evolución ha llevado a este úrsido por derroteros vegetarianos. Gracias a la rica fauna microbiana que alberga en sus intestinos, el panda gigante es un animal altamente especializado en procesar la celulosa presente en esta gramínea. Una opción dietética muy pobre, sin embargo, ya que para extraer el alimento necesario para sobrevivir tiene que invertir unas 10 horas diarias para engullir entre 9 y 18 kilos de tallos de bambú, de los que solo aprovecha un 30%. Esta dieta tan especializada le ha obligado a desarrollar un metabolismo basal (el gasto energético diario necesario para sobrevivir) muy bajo, lo que determina su talante tranquilo: su prioridad es limitar al máximo la actividad corporal para optimizar las reservas energéticas. También por este motivo las hembras, que pesan alrededor de 100 kilos, frente a los 135 que suele alcanzar un macho, paren unas crías minúsculas, que a veces no llegan ni a los 150 gramos. Soportar un embarazo más largo con el fin de conseguir unas crías más fuertes y desarrolladas comportaría sin duda un gasto energético excesivo para una osa panda.

El caso es que en esos nuevos parajes donde los pandas se han visto obligados a retirarse no siempre hay suficiente diversidad de bambú. Si acaban viviendo en un área donde de las 27 especies existentes solo hay una o dos, pueden en­­frentarse a un problema grave si tienen la mala fortuna de coincidir con un episodio de lo que se denomina muerte regresiva del bambú. Cada cierto tiempo (un período que oscila entre 15 y 120 años) algunas especies de bambú sufren al unísono este fenómeno, el die back. Cuando eso ocurre, todos los ejemplares de una misma especie, sea cual fuere su ubicación, florecen a la vez y mueren poco después tras producir nuevas se­­millas, que germinan en un lapso de tiempo com­prendido entre uno y veinte años. En más de una ocasión, tras un episodio de die back un grupo de pandas ha muerto por inanición al encontrarse atrapado en un recóndito fragmento de bosque sin alimento y del que no ha sido capaz de salir.

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