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Rayos

A la caza del rayo

Contenido del artículo

Equipado con una cámara de última generación, el cazador de tormentas Tim Samaras se propone captar el instante preciso del nacimiento de un rayo.

Por Goerge Johnson, agosto 2012

Fotografías de Carsten Peter

 

Menos mal que hay una línea de bandas sonoras a lo largo del arcén, porque Tim Samaras no puede mantener la vista en la carretera. Es verano y conduce una enorme camioneta Denali negra castigada por el granizo, que arrastra un remolque de cinco metros equipado con cámaras de alta velocidad y otros instrumentos electrónicos. A la derecha de su asiento va instalado un portátil, y con una mano en el volante y la otra en el ratón inalámbrico mueve el cursor por un mapa de radar meteorológico del Oklahoma Panhandle, como se conoce la franja noroccidental de ese estado. Una mancha de colores –rojo en el centro, rodeado de naranja, amarillo, verde y azul como si de un vertido de crudo se tratara– muestra la forma­ción de una tormenta al nordeste de Boise City.

«Está empezando a soltar rayos de los buenos», dice, mientras mira las pequeñas cruces amarillas que aparecen de repente en el radar. Vuelve a mirar la pantalla, donde otra ventana está siguiendo nuestra posición mediante GPS. Entonces se oye el zumbido de los neumáticos sobre la línea rugosa del asfalto, y tranquilamente reconduce el laboratorio rodante a la carretera.

Con el parabrisas lleno de insectos que han ido quedando aplastados y una telaraña de grietas (más estragos del granizo) que no deja de agrandarse, atravesamos Boise City, persiguiendo la tormenta hacia el este, en dirección a Guymon. Frente a nosotros, las nubes adquieren forma de coliflor, típico indicador de las corrientes cálidas y húmedas ascendentes que separan (nadie sabe exactamente cómo) las gotas de agua y partículas de hielo con carga negativa de las que llevan carga positiva, creando las condiciones para que se dé una tormenta eléctrica de alto voltaje… como la que acaba de estallar en el cielo.

«¿Has visto esa descarga?», exclama Samaras. Después cae otra, y otra más. Sujeta con la boca las gafas de leer, que se pone para ver la pantalla del ordenador y luego se quita para mirar la carretera. «¿Ves como esta tormenta se ha quedado anclada allí? Pues eso es lo que queremos.»

Ahora los destellos se ven a cada pocos segundos, y la camioneta vuelve a pisar la banda sonora una y otra vez. Sin embargo, justo cuando Samaras busca un sitio para detenerse, la mancha del radar se empieza a encoger. El científico acelera de nuevo, pero cuando llegamos a Guymon, 95 kilómetros después, ya ha salido el sol, y un arcoíris se comba en el cielo.

«En cuanto ves el arcoíris, se acabó –dice–. Esta tormenta ya está en las últimas.» Pero son las seis de la tarde y su jornada acaba de empezar. El radar muestra otra estructura formándose en el sur de Kansas, a 130 kilómetros de distancia.

El final del verano es época de tormentas en esta parte del país, y desde 2006 Samaras ha venido intentando lo imposible: fotografiar el momento exacto en que se produce la descarga de un rayo. El proceso comienza normalmente cuando un zigzag descendente de electricidad con carga negativa (una guía escalonada descendente) se abre camino en tramos consecutivos desde la nube hasta casi alcanzar el suelo, pero sin llegar a tocarlo. Cuando está lo bastante cerca, desde tierra se eleva una guía de conducción en forma de horquilla con varias ramificaciones cargadas positivamente (una guía ascendente) que acuden al encuentro de la guía escalonada descendente. En el instante en que ambas se encuentran, un cegador flujo de corriente –unos 30.000 amperios viajando a una tercera parte de la velocidad de la luz– salta hacia el cielo. La ex­­plosión de luz de esta «descarga de retorno» es lo que vemos a simple vista, y que solemos interpretar como un movimiento hacia abajo. Todo el proceso dura apenas 200 milisegundos.

En el remolque de Samaras hay dos Phantoms, unas cámaras de alta velocidad capaces de captar 10.000 imágenes por segundo y con las que ha grabado impresionantes vídeos a cámara lenta en los que se ven los recorridos de las guías escalonadas descendentes y, ocasionalmente, las guías ascendentes. Pero en el instante en que ambas entran en contacto, iniciándose el llamado proceso de enlace y produciéndose la primera descarga de retorno, el destello ciega la cámara y oculta los detalles. A los científicos les encantaría echar un vistazo tras esa cortina de luz y observar todo el proceso, con esa descarga de retorno sa­­liendo disparada como un cohete desde el suelo.

Las imágenes podrían arrojar luz acerca de algunos de los mayores misterios de los rayos. ¿Por qué a veces caen sobre pequeños árboles cuando al lado hay una torre metálica más alta? Y, en definitiva, ¿por qué caen los rayos? A pesar de su intensidad, los voltajes generados en las nubes de tormenta no son lo bastante altos como para superar las propiedades aislantes del aire. Tiene que haber algún otro factor, y una fotogra­fía del proceso de enlace podría ofrecer respuestas. Traspasar esa frontera requiere una cámara personalizada que pueda obtener más de un millón de imágenes de alta resolución por se­­gundo. Solo hay una cámara así, y está también en el remolque de Samaras.

Pesa 725 kilos y tiene una altura de 1,80 metros. Es una reliquia de la Guerra Fría que se usaba para filmar pruebas nucleares al aire libre. Samaras le echó el ojo en 1980, cuando trabajaba de técnico en el Instituto de Investigación de la Uni­versidad de Denver. Ese aparato era una maravilla de la tecnología analógica. La luz que entraba por su lente principal se reflejaba en un espejo de tres caras situado en el centro de una turbina impulsada por aire comprimido o, para velocidades extremas, por helio. Con una rotación de hasta 6.000 revoluciones por segundo, el espejo barría la luz distribuyéndola a 82 cámaras con película de 35 milímetros, montadas una detrás de otra alrededor de la turbina. El resultado era una secuencia de imágenes tomadas con menos de una millonésima de segundo de diferencia.

El trabajo de Samaras consistía en estudiar explosiones convencionales, y acabó siendo el guardián del monstruo, conocedor de todos sus secretos y caprichos. Veinticinco años después, al enterarse de que iban a subastarla, la adquirió por 600 dólares. Su verdadero nombre es Beckman & Whitley 192, pero él la llama la Kahuna.

Con financiamiento de National Geographic, Samaras sometió la máquina a una reforma: sustituyó la tecnología basada en película por unos sensores digitales de gran sensibilidad diseñados para la exploración del espacio profundo y le añadió un software y circuitos electrónicos personalizados. Pero al margen de todas las mo­­dificaciones que se le hagan, un equipo de casi una tonelada siempre tendrá unos inconvenientes obvios. Además de su falta de maniobrabilidad, la rapidísima Kahuna es por otra parte muy lenta. Cada vez que se quiere hacer un disparo para obtener imágenes de ultraalta velocidad, hay que esperar unos diez segundos a que la tur­bina adquiera la velocidad de rotación necesaria. Entonces se dispone de un minuto para usar la cámara antes de que se recaliente y haya que pararla. Si en ese tiempo ha habido la suerte de captar una imagen, se requieren 20 minutos para descargar los 1,8 gigabytes de datos y ver el resultado. Solo entonces se puede disparar de nuevo.

En otras palabras, lo que Samaras necesita es una tormenta estacionaria que produzca un rayo tras otro, y en el punto justo donde apunte la cá­­mara. Hay quien dice que sus probabilidades de éxito son prácticamente nulas. Existen centros de investigación meteorológica donde podría emplear la Kahuna para captar rayos que los científicos provocan disparando pequeños cohetes contra las nubes de tormenta. Eso reduciría mucho sus limitaciones, pero Samaras desprecia los rayos artificiales: solo le valen los naturales.

Está acostumbrado a que le digan que lo que intenta hacer es imposible. Antes de obsesionarse con los rayos, pasó años persiguiendo tornados. Diseñó sondas electrónicas, montadas con videocámaras y otros instrumentos, para colocarlas en algún punto del recorrido más probable del tornado y así poder registrar lo que se ve y se siente desde dentro. La gente también dudaba de aquella empresa, pero él consiguió reunir algunas de las lecturas más precisas que se han registrado nunca sobre la velocidad del viento, presión barométrica, temperatura, humedad… los ingredientes que, mezclados oportunamente, provocan un devastador remolino de viento.

Con la esperanza de alcanzar la tormenta, atravesamos la ciudad de Liberal, ya en Kansas, y luego tomamos dirección norte hacia Sublette. Sobre las llanuras se está formando una oscura masa de nubes. A medida que se pone el sol, las partes altas de las nubes se enfrían. Esto supone más movimiento ascendente de aire, más separación entre partículas con carga negativa y po­­sitiva, y más rayos. Cuando nos detenemos en el arcén, la tormenta es tan violenta que a lo lejos ha generado un pequeño tornado. El remolino se disipa rápidamente, dejando un impresionante espectáculo de rayos. Dos largos relámpagos se entrecruzan y dibujan una X en el cielo, figura a la que sigue una cortina de descargas procedentes del suelo que semejan tenedores de luz plantados en tierra. Samaras arranca un generador de gasolina, y los equipos instalados en el remolque cobran vida. Toda una pared de panta­llas muestra la información meteorológica, y una voz electrónica femenina (yo la llamo la Dama de los Rayos) anuncia en un tono completamente desapasionado la distancia de las descargas eléctricas: «17 millas, 15 millas, 11 millas». Hasta que da la alarma: «Campo eléctrico muy alto».

«El medidor del campo eléctrico se está volviendo loco», observa Samaras. Un sensor montado en la parte exterior del remolque que mide la carga eléctrica de la atmósfera da una lectura de diez kilovoltios por metro y subiendo, lo que significa que es peligroso estar fuera. Las dos Phantoms a bordo del remolque empiezan a tomar imágenes de los milisegundos previos y simultáneos al resplandor de los rayos. Los truenos retumban sobre nosotros. Pero durante todo este estruendo, la Kahuna descansa: no se dan las condiciones idóneas para obtener una toma.

Recogemos todo y seguimos nuestro camino. Pronto aparece otro arcoíris, esta vez es doble. Samaras detiene la camioneta en medio del cruce principal de Clayton, pequeña ciudad de Nuevo México, indiferente a los bocinazos y las protestas de los demás conductores, mientras el fotógrafo de National Geographic toma algunas fotos (de las normales).

El fin de semana previo al día del Trabajo, hacia el final del verano, me encuentro con Samaras en Belen, Nuevo México. Por entonces, él y su equipo han recorrido más de 16.000 kilómetros a lo largo de seis estados y han recogido cientos de megabytes de datos con las Phantoms, pero con la Kahuna, nada de nada.

Cuando solo quedan dos días para que finalice la campaña de verano, seguimos una batería de tormentas al norte de la sierra de Magdalena. A media tarde, en la autopista 60, aparcamos por pura casualidad enfrente de la salida del Laboratorio Langmuir de Investigación Atmosférica, centro pionero donde los científicos han logrado desencadenar rayos de forma deliberada para estudiar la actividad eléctrica de las tormentas. Una tormenta suspendida sobre la sierra suelta relámpagos encima de una cumbre lejana. Al otro lado de la autopista, una vaca nos mira con curiosidad. Tomándola como punto de referencia, Samaras pone en marcha la turbina de la cámara y enfoca. El cielo se ilumina, la Kahuna dispara, y empieza la lenta descarga de datos.

Entonces, mientras la cámara sigue ocupada en esa tarea, se produce un rayo mejor que los anteriores, esta vez directamente sobre la vaca. Como a Samaras no le convence la primera toma, decide en una milésima de segundo poner fin a la descarga de datos e intentarlo de nuevo. Pero la nueva oportunidad nunca llega. Nunca sabrá si la primera toma consiguió captar el proceso de enlace o solo la borrosa silueta de una vaca.

Cuando vuelvo a ver a samaras dos años después, ha decidido a regañadientes probar algo que él considera es hacer trampa: apuntar la cá­­mara a un rayo provocado artificialmente con cohetes. Con una camioneta nueva y su Kahuna mejorada, él y su equipo han pasado dos semanas persiguiendo tormentas por todo el Sudoeste de Estados Unidos. Ahora está recorriendo el largo y lento camino de subida al pico donde se encuentra el Laboratorio Langmuir.

Construido en 1963 por el Instituto de Minería y Tecnología de Nuevo México en Socorro, el laboratorio está ubicado en el recorrido por donde cada verano sube la humedad procedente del golfo de California y desencadena episodios tormentosos. Protegido dentro de un búnker subterráneo al que llaman la Kiva, situado en el pico South Baldy, un investigador lanza cohetes que, conectados a tierra por largos cables, salen disparados hacia una nube de tormenta muy cargada. Sus colegas registran la descarga eléctrica con una Phantom y otros instrumentos desde un edificio conocido como el Anexo, a un kilómetro y medio de distancia.

Bill Winn, director del laboratorio, se muestra tan escéptico respecto al enfoque de Samaras como Samaras respecto a los rayos artificiales. («¿No será que lo único que le interesa es sacar fotos bonitas?», me había preguntado anteriormente Winn.) Sin embargo, los dos se saludan cordialmente.

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