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Publicado: October 2011

Parque de los Adirondack

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Siempre virgen

La extensa reserva del estado de Nueva York pervive en un extraordinario equilibrio entre los intereses modernos y el bosque primigenio.

Por Verlyn Klinkenborg
Fotografías de Michael Melford

Desde mi casa, a dos horas al norte de la ciudad de Nueva York, percibo el magnetismo de los montes Adirondack, a otras dos horas en dirección noroeste. La atracción es tan intensa como la que ejerce Manhattan pero en sentido contrario: el reclamo de un territorio con pocas carreteras y poca gente. Aquí, el mundo exterior parece desvanecerse tras el abrazo de las montañas, aisladas por ríos y lagos. Ascienda hasta lo más alto de los High Peaks, y a su alrededor no verá otra cosa que los Adirondack.

Desde mediados del XIX no han dejado de llegar visitantes a estas montañas. Hoy puede accederse a los Adirondack tomando una salida de la autopista Albany-Montreal, lo cual no im­­pide que uno tenga la sensación de ser engullido por el paisaje más remoto del mundo.


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