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Jane Goodall

Jane, cincuenta años en Gombe

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Se proponía estudiar a los chimpancés, o al menos intentarlo. Quienes no la conocían bien pensaron que iba a fracasar; pero una persona, el paleontólogo Louis Leakey, que la había reclutado en Nairobi para su equipo de trabajo, confiaba en su éxito. Unos pescadores acampados en la playa recibieron al grupo de Goodall y ayudaron a desembarcar el material. Jane y su madre pasaron la tarde instalando el campamento. Después, hacia las cinco, alguien anunció que había visto un chimpancé. «Fuimos, y allí estaba», escribió esa noche en su diario. Sólo lo vio de lejos y fugazmente. «Se fue en cuanto nos reunimos con los pescadores que lo habían descubierto, y aunque subimos la cuesta, no volvimos a verlo.» Pero Jane tomó nota de unas ramas dobladas y aplastadas en un árbol cercano: un nido de chimpancé. Esa fecha y ese primer nido fueron el punto de partida de una de las mayores epopeyas de la biología de campo moderna: el estudio continuado y detallado del comportamiento de los chimpancés de Gombe, realizado por Jane Goodall y otros investigadores durante 50 años.

En la historia de la ciencia han quedado registrados, con el mismo poder de seducción que el de una fábula, algunos de los momentos culminantes de esa epopeya. La joven Goodall no tenía ninguna titulación científica cuando empezó, ni siquiera una diplomatura menor. Había cursado estudios de administración en Inglaterra y era una joven brillante y motivada que adoraba a los animales y soñaba con estudiarlos en África. Era hija de una familia de mujeres fuertes, poco dinero y hombres ausentes.

Durante las primeras semanas en Gombe se esforzó por encontrar un método de trabajo, perdió tiempo por culpa de unas fiebres, probablemente malaria, caminó kilómetros por montañas boscosas y vio muy pocos chimpancés, hasta que un macho viejo que ya tenía pelos grises en el mentón le hizo un tentativo y sorprendente gesto de confianza. Lo llamó David Greybeard.

En parte gracias a él, hizo tres descubrimientos que sacudieron las cómodas verdades establecidas de la antropología física. Observó que los chimpancés comen carne (antes se creía que eran vegetarianos), que usan herramientas (palos que insertan en los termiteros) y que son capaces de fabricarlas (arrancando las hojas de los palos), un rasgo que se consideraba exclusivamente humano. Cada uno de esos hallazgos fue reduciendo la distancia percibida entre la inteligencia y la cultura de Homo sapiens y Pan troglodytes.

La observación de que fabricaban útiles fue la más sensacional de las tres, sobre todo en los círculos antropológicos, ya que esta capacidad se consideraba el rasgo definitorio de nuestra especie. Entusiasmado por las noticias que recibía de Jane, Louis Leakey le escribió: «Ahora deberemos redefinir las palabras “hombre” y “herramienta”, o aceptar a los chimpancés como humanos».

Fue un comentario memorable, que abrió un capítulo nuevo en la concepción del ser humano y su esencia. Cabe destacar que los tres hallazgos cruciales fueron realizados por la propia Jane (todos la llaman Jane, así que no hay razón para llamarla por su apellido) durante los primeros cuatro meses de su estudio de campo. El despegue fue rápido y espectacular, pero la verdadera importancia de su trabajo en Gombe no puede medirse con una vara tan corta.

Lo grandioso de Gombe no es que Jane Goodall «redefinió» la esencia humana, sino que logró establecer un nuevo marco para el estudio del comportamiento de los grandes simios en libertad, un marco muy exigente que tiene en cuenta tanto los rasgos individuales como los patrones colectivos. Ella creó un programa de investigación, un conjunto de procedimientos y principios éticos, y un fructífero interés intelectual que ha crecido y se ha desarrollado más allá de lo que una sola mujer hubiera podido conseguir. El proyecto Gombe ha adquirido nuevas dimensiones, ha resistido crisis, ha incorporado nuevas técnicas (cartografía por satélite, endocrinología y genética molecular) y ha empezado a estudiar aspectos que van más allá del ámbito de la conducta animal. Por ejemplo, el análisis molecular, aplicado a las muestras de heces y orina que se pueden recoger sin necesidad de capturar y manipular a los animales, aporta nuevos datos sobre las relaciones genéticas entre los chimpancés y sobre la presencia de gérmenes patógenos en algunos de ellos. Sin embargo, la dolorosa paradoja de este triunfo científico, en sus bodas de oro, es que cuanto más sabemos de los chimpancés, más nos preocupa su supervivencia.

Dos revelaciones son particularmente preocupantes. Una de ellas tiene que ver con la geografía, y la otra, con las enfermedades. La población de chimpancés más querida y mejor estudiada del mundo vive aislada en una «burbuja» de hábitat demasiado pequeña para su viabilidad a largo plazo. Y ahora algunos ejemplares están muriendo de la variedad de sida que afecta a estos primates.

El problema de cómo estudiar a los chimpancés, y de qué se puede deducir de la observación de su conducta se le planteó a Jane desde el inicio de su carrera. El dilema empezó a perfilarse después de su primera campaña sobre el terreno, cuando Leakey le comunicó otra idea brillante que conformaría su vida: lograr que la Universidad de Cambridge la admitiera en el programa de doctorado en etología.

La idea del doctorado parecía extravagante por dos motivos. En primer lugar, Jane carecía de cualquier título universitario; en segundo lugar, siempre había querido ser naturalista, o tal vez periodista, pero nunca había soñado con ser científica. «Ni siquiera sabía qué era la etología», me dijo hace poco. Una vez matriculada en Cambridge, surgieron conflictos con los veteranos del departamento a causa de ciertos principios imperantes en la disciplina. «Me llevé una sorpresa cuando me dijeron que lo había hecho todo mal. Todo.» Para entonces, disponía de datos reunidos a lo largo de 15 meses de trabajo de campo en Gombe, la mayoría de ellos obtenidos mediante la paciente observación de ejemplares a los que había puesto nombres como David Greybeard, Mike, Olly y Fifi. Esa personificación no fue bien recibida en Cambridge, donde la atribución de emociones e individualidad a los animales no humanos no se consideraba etología, sino antropomorfismo.

«Afortunadamente, me acordé de mi primer maestro, que de niña me enseñó que eso no era cierto.» Su primer maestro fue su perro Rusty. «Es imposible convivir de forma cercana con un animal dotado de un cerebro mínimamente desarrollado y no darse cuenta de que los animales tienen personalidad.» Mantuvo su oposición a los puntos de vista establecidos (si algo puede decirse de la dulce y afable Jane es que nunca da su brazo a torcer), y el 9 de febrero de 1966 obtuvo el doctorado.

En 1968 la pequeña reserva de caza también obtuvo su propia titulación al convertirse en el Parque Nacional de Gombe. Para entonces, National Geographic Society ya financiaba una parte de la investigación de Jane, que se había casado, tenía un hijo y era famosa en todo el mundo, en parte gracias a sus reportajes en esta revista y a la imagen positiva y llena de fuerza que logró transmitir el documental Miss Goodall and the wild chimpanzees rodado para televisión. Con el fin de asegurar la continuidad de su trabajo y recaudar fondos, convirtió su campamento en una institución, con el nombre de Centro de Investigación del Río Gombe (GSRC por sus siglas en inglés). En 1971 publicó En la senda del hombre, el relato de sus primeros estudios y aventuras en Gombe, que se convirtió en un éxito de ventas. Hacia la misma época, empezó a recibir estudiantes e investigadores de posgrado para colaborar en la recolección de datos sobre chimpancés y otros aspectos de la investigación en Gombe. Su influencia en la primatología moderna, en la que Leakey siempre insistía con orgullo, queda reflejada en la larga lista de discípulos suyos que después realizaron una importante labor científica, entre ellos Richard Wrangham, Jim Moore, Caroline Tutin, Craig Packer, Tim Clutton-Brock, Geza Teleki, William McGrew, Anthony Collins, Shadrack Kamenya y Anne Pusey. Esta última, catedrática de antropología evolutiva de la Universidad Duke, también colabora con el Instituto Jane Goodall (fundado en 1977) como directora de su Centro de Estudios sobre Primates. Una de sus responsabilidades es custodiar los 22 archivadores reunidos a lo largo de 50 años de estudio en Gombe.

Ese período de 50 años tuvo una dramática interrupción la noche del 19 de mayo de 1975, cuando tres jóvenes estadounidenses y una holandesa fueron secuestrados por soldados rebeldes que habían atravesado el lago Tanganyika desde Zaire. Finalmente los cuatro rehenes fueron liberados, pero el Centro de Investigación del Río Gombe, me explicó Anthony Collins, dejó de considerar prudente la presencia de investigadores y colaboradores extranjeros.

Collins era entonces un joven biólogo británico de patillas frondosas y un profundo interés por los babuinos, los otros primates que abundan en Gombe. Recuerda el 19 de mayo de 1975 como «el día que cambió el mundo, al menos el de Gombe». Collins no estaba en el centro aquella noche, pero volvió enseguida para ayudar a afrontar aquel momento crítico. «No todo fue malo», me dijo. Sí lo fue el hecho de que ya no pudieran trabajar investigadores extranjeros en Gombe, ni siquiera la propia Jane, que durante varios años tuvo que visitar el lugar con escolta armada. «La parte positiva fue que la responsabilidad en la recolección

de datos pasó directamente, al día siguiente, al personal tanzano.» Todos los tanzanos habían recibido al menos un año de formación en las tareas de recolección de datos pero seguían trabajando en parte como rastreadores. Entonces se produjo el secuestro y tuvieron que dar un paso al frente. «Ese día les pasamos el testigo», afirmó Collins. Hubo sólo un día sin datos.

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