
Un día de 1969, un buscador de fósiles novato llamado Rod Wells llegó a Naracoorte con la idea de explorar lo que entonces se conocía como la cueva Victoria. Era desde hacía tiempo una atracción turística, con peldaños, pasamanos y luz eléctrica. Pero Wells y otros seis compañeros se aventuraron más allá del recorrido turístico, abriéndose paso por pasadizos oscuros y estrechos. Cuando percibieron una reveladora brisa que soplaba a través de una pared de piedras, supieron que al otro lado había una cámara. Wells y otro miembro del grupo entraron reptando en la enorme caverna. El extenso suelo de tierra roja estaba sembrado de objetos extraños. A Wells le llevó apenas un instante comprender lo que eran: huesos, un montón de huesos.Víctimas de los pozos trampa, por todas partes.
La cueva de fósiles Victoria, como se la conoce en la actualidad, alberga los restos óseos de aproximadamente 45.000 animales. Algunos de los huesos más antiguos pertenecieron a criaturas mucho más grandes y temibles que cualquier integrante de la fauna australiana actual. Formaban parte de la antigua megafauna de Australia, unos animales enormes que habitaron esta gran isla durante el pleistoceno.
En yacimientos de todo el continente, los científicos han encontrado fósiles de una serpiente gigante, un ave descomunal no voladora, una especie de uombat del tamaño de un rinoceronte y un canguro de dos metros de altura, con la cara curiosamente achatada.También han aparecido restos de una criatura parecida a un tapir, de una bestia similar a un hipopótamo, y de un lagarto de seis metros de longitud que cazaba al acecho y se tragaba enteras a sus víctimas, hasta la última pluma. Después de dominar sus ecosistemas, la megafauna australiana entró en una vertiginosa espiral de extinciones en la que pereció prácticamente todo animal de más de 45 kilos de peso. ¿Qué fue, exactamente, lo que los mató?
Con los ríos de tinta que han corrido sobre la extinción de los dinosaurios, es asombroso que no se haya escrito más sobre la megafauna del pleistoceno, unas criaturas que, además de alcanzar un tamaño espectacular, convivieron con los seres humanos. Ningún humano prehistórico arrojó nunca una lanza contra un Tyrannosaurus rex, excepto en los tebeos. Pero nuestros antepasados cazaron mamuts y mastodontes.
La desaparición de la megafauna americana (mamuts, camellos, osos gigantes de cara corta, armadillos gigantes, alces-ciervos, gliptodontes, tigres de dientes de sable, lobos gigantes, perezosos terrestres gigantes y caballos, entre otros) se produjo hace unos 13.000 años, poco después de la llegada del hombre al continente. En la década de 1960, el paleoecólogo Paul Martin formuló la hipótesis de la Blitzkrieg, o «guerra relámpago». Según Martin, los humanos modernos hicieron estragos durante su expansión por América, porque sus lanzas con puntas de piedra aniquilaron a unos animales que nunca se habían enfrentado con un depredador tecnológico. Pero la espiral de extinciones no fue total. En América del Norte quedaron el ciervo, el berrendo, el oso negro y una variedad de bisonte pequeño, al tiempo que el oso pardo y los recién llegados alces y uapitíes ampliaban su área de distribución. América del Sur conservó los jaguares y las llamas.
En Australia, el animal terrestre más grande de la fauna autóctona actual es el canguro rojo.
Lo sucedido a la megafauna australiana es uno de los misterios paleontológicos más desconcertantes del planeta. Durante años, los científicos atribuyeron las extinciones al cambio climático. De hecho, hace ya un millón de años o más que Australia empezó a aridizarse, y la megafauna tuvo que adaptarse a un continente cada vez más abrasado por el sol y desprovisto de vegetación. El paleontólogo australiano Tim Flannery sugiere que los humanos, que llegaron al continente hace unos 50.000 años, utilizaban el fuego para cazar, lo que provocó la deforestación y un profundo trastorno del ciclo hidrológico.
Según Flannery, algo muy catastrófico afectó la vida de los animales terrestres dominantes en Australia, de manera más o menos abrupta (este aspecto es objeto de discusión), hace aproximadamente unos 46.000 años, poco después de la invasión de un depredador muy inteligente que sabía fabricar utensilios.
En 1994, Flannery publicó el libro The future eaters, en el que proponía la versión australiana de la hipótesis de Paul Martin y la ampliaba con una tesis más ambiciosa. Desde su punto de vista, el ser humano, en general, es un nuevo tipo de animal en el planeta, proclive a arruinar los ecosistemas y destruir su propio futuro.
El libro de Flannery desató un gran debate. Algunos vieron en sus argumentos una crítica a los aborígenes, que se enorgullecen de vivir en armonía con la naturaleza. Pero la objeción fundamental a su tesis es que no existen indicios directos de que la especie humana acabara con la megafauna, ni tan siquiera con un solo animal. Resultaría revelador que apareciera un esqueleto de Diprotodon con una punta de lanza incrustada en una costilla, o un montón de huesos de Thylacoleo junto al carbón de la hoguera de un asentamiento humano. Tales escenarios se han hallado en el continente americano, pero no hay nada de eso en la arqueología australiana. Como ha señalado Stephen Wroe, de la Universidad de Nueva Gales del Sur y uno de los críticos de Flannery con más prestigio: «Si esto fuera un juicio por asesinato, no pasaría de la primera vista. El tribunal se reiría de la acusación».
Otra crítica al modelo de Flannery para explicar la extinción de la megafauna australiana es de carácter más mecánico. ¿Cómo es posible que unos humanos armados únicamente con lanzas y fuego erradicaran tantas especies? Una población relativamente pequeña, quizá de unos cuantos miles de habitantes, habría tenido que matar una cantidad enorme de animales dispersos en una amplia variedad de hábitats y refugios en un continente entero. La extinción es radical: por definición, no puede haber supervivientes.
El debate sobre la megafauna gira en gran medida en torno a las técnicas de datación de los huesos antiguos y de los sedimentos donde están enterrados. El factor tiempo es esencial. Si los científicos pueden demostrar que las extinciones no fueron excesivamente bruscas y que tuvieron lugar unos cientos de años o incluso unos pocos miles de años después de la llegada de los humanos, entonces podría argumentarse (aunque las pruebas fueran meramente circunstanciales) que un suceso fue resultado directo del otro. Flannery sostiene que las islas ofrecen otra pista para resolver el misterio. Según él, algunas especies sobrevivieron en Tasmania hasta hace 40.000 años, cuando el descenso del nivel del mar permitió por fin a los humanos llegar a la isla. La situación es semejante a la de los mamuts en Siberia y los perezosos gigantes en América, que también encontraron refugio en islas y sobrevivieron durante miles de años después de las grandes extinciones en el continente. Esta argumentación se basa en la falta de fósiles que prueben una convivencia prolongada entre el ser humano y la megafauna. Sin embargo, si aparecieran indicios de dicha convivencia a lo largo de miles o decenas de miles de años, entonces la responsabilidad humana en las extinciones sería cuando menos dudosa. Tales indicios desmentirían el concepto de la Blitzkrieg propuesto por Martin y Flannery.
Casualmente, hay un lugar en el outback de Australia donde podrían existir esas pruebas, pero todavía no está claro a cuál de las hipótesis sobre la extinción respaldan. Cuddie Springs es una laguna efímera del centro-norte de Nueva Gales del Sur. En 1878, un granjero que cavaba un pozo encontró allí huesos de megafauna. Hoy la persona más relacionada con el yacimiento, la mujer que ha dedicado su carrera a excavar e interpretar esos fósiles, es Judith Field, arqueóloga de la Universidad de Sydney.
En 1991, siendo estudiante de posgrado, descubrió en el lugar huesos de megafauna justo al lado de unos útiles de piedra, y su hallazgo saltó a los titulares de la prensa. Afirma que hay dos estratos donde puede verse la asociación: uno de unos 30.000 años de antigüedad, y otro de 35.000 años. Si la datación es exacta, llevaría a concluir que los humanos y la megafauna coexistieron en Australia durante unos 20.000 años.
«Cuddie Springs demuestra que durante un período prolongado los humanos y la megafauna coincidieron», asegura Field.
Sus críticos la contradicen. Según ellos, los fósiles sufrieron un desplazamiento desde los lugares donde reposaban originalmente y volvieron a depositarse en sedimentos más recientes. Bert Roberts, coautor en 2001 con Flannery de un artículo a favor de algún tipo de participación humana en las extinciones de la megafauna, ha examinado la arena de Cuddie Springs y afirma que ha encontrado algunos granos muy recientes mezclados entre los fósiles supuestamente más antiguos. Opina, por lo tanto, que la estratigrafía del lugar no está netamente definida.