Publicado: Enero 2010
Hadza

Los hadza
No cultivan la tierra, no crían ganado y viven sin reglas ni calendarios. Llevan una existencia de cazadores-recolectores que apenas ha cambiado en 10.000 años. ¿Qué saben ellos que nosotros hemos olvidado?
Por Michael Finkel
Fotografías de Martin Schoeller
«Tengo hambre», dice Onwas, acuclillado junto al fuego, parpadeando con placidez en medio del humo. Los hombres que hay junto a él generan un murmullo de aprobación. Es de madrugada en el corazón del bush del África oriental. Desde el campamento femenino llega el soniquete rítmico de una canción. Onwas habla de un árbol que ha descubierto en sus viajes diurnos. El ruedo de hombres se estrecha alrededor del fuego. Está en un sitio difícil, explica, en lo alto de un cerro que se yergue en pronunciada pendiente sobre la llanura herbosa. Pero el árbol, añade, abriendo los brazos de par en par como si fueran ramas, está lleno de babuinos. Más murmullos. Las ascuas brincan hacia un cielo infinito cuajado de estrellas. Y entonces se decide. Todos se levantan y toman el arco.
Onwas es un anciano, quizá pase de los 60 (no usa el año como unidad de tiempo), pero es enjuto y recio como todos los hadza. Medirá metro y medio. Los brazos y el torso llevan inscritos los jeroglíficos de toda una vida en el bush: cicatrices de cacerías, de mordeduras de serpientes, de flechas, cuchillos, escorpiones y espinas. Marcas de cuando se cayó de un baobab. Señales de cuando lo atacó un leopardo. Conserva media dentadura. Lleva sandalias de neumático y un andrajoso pantalón corto. En la cadera, un cuchillo de caza en su vaina de piel de dik-dik. Se ha quitado la camisa para camuflarse con la noche.
Continuar...
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