Publicado: Diciembre 2009
Monte Athos

La llamada de la montaña sagrada
En el norte de Grecia, la ancestral comunidad monástica de Monte Athos sigue atrayendo a hombres que ansían aplacar su hambre espiritual.
Por Robert Draper
Fotografías de Travis Dove
La península santa de Monte Athos se interna 50 kilómetros en el mar Egeo como un apéndice empeñado en desligarse del cuerpo laico de la Grecia nororiental. Durante el último milenio ha estado habitada por una comunidad de monjes ortodoxos, resueltos a vivir alejados de todo cuanto no sea Dios.
Su único propósito en la vida es la comunión con Jesucristo. Su hogar es la quintaesencia del aislamiento, una tierra batida por las olas, con frondosos bosques de castaños y el espectro de los más de 2.000 metros de altura del monte Athos, veteado de nieve.
Moradores de la veintena de monasterios, la docena de claustros o la centena de celdas que hay en la península, los monjes se aíslan incluso entre sí y dedican la mayor parte del tiempo a orar en soledad. Con sus largas barbas y ropas negras, símbolo de su renuncia al mundo, parecen fundirse con un fresco bizantino, una hermandad atemporal de ritual, máxima sencillez y culto constante, pero también de imperfección. Son conscientes, y así lo expresa uno de los ancianos, de que «incluso en Monte Athos somos humanos, caminando siempre en la cuerda floja».
Sólo son hombres, y hombres exclusivamente. Desde que existe como tal, una tradición inflexible prohíbe a las mujeres poner los pies en Monte Athos. La veda responde más a la debilidad que al odio. «Si por aquí apareciesen mujeres, dos de cada tres nos iríamos con ellas para casarnos», asegura un monje.
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