Publicado: October 2009
Pingüinos reales

Cada ave, un rey
Año tras año, cuando llega la época de cría, una multitud de pingüinos reales se apoderan de la isla de la Posesión.
Por Tom O’Neill
Fotografías de Stefano Unterthiner
Lo primero es el ruido, el alboroto de los pingüinos reales con sus reclamos, peleas y cortejos, algo similar al griterío de un patio de escuela elevado a su máxima potencia. Después llega el olor, un hedor sofocante a pescado y amoníaco del guano de las aves. Pero el asalto al oído y el olfato no es más que el preludio de lo que le espera a la vista. Tras coronar una cresta volcánica en la isla de la Posesión, una húmeda y ventosa mancha de tierra en el archipiélago de las islas Crozet (unos 2.500 kilómetros al norte de la Antártida), el fotógrafo Stefano Unterthiner se encontró ante un valle completamente tapizado por una alfombra de pingüinos reales: decenas de miles, todos de pie como si se hubieran congregado para una manifestación. Era verano en el hemisferio Sur, la temporada de la puesta, época en que los pingüinos, tan ágiles y veloces en el agua, salen torpemente a la orilla para mudar el plumaje, encontrar pareja y, con suerte, producir una nueva generación de pollos. Como corresponde a su nombre, el pingüino real se caracteriza por su aspecto majestuoso. De un metro de alto y unos 13 kilos de peso, es, después del emperador, la segunda especie de pingüino de mayor tamaño. También se distingue fácilmente por sus marcas anaranjadas en la cabeza, el pico, el cuello y el pecho.
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