Publicado: Octubre 2009
Mimetismo animal

El arte del engaño
Sobrevivir significa a veces mentir, embaucar o esfumarse.
Por Natalie Angier
Fotografías de Christian Ziegler
Cuando a Macbeth le dijeron que no tenía nada que temer a menos que el bosque empezara a marchar hacia su castillo, el tirano suspiró aliviado, porque, «¿quién puede alistar al bosque, ordenar al árbol: “¡arráncate!”?».
Evidentemente, Macbeth nunca había estado en la isla Barro Colorado, en Panamá.
Son las nueve de la noche y está oscuro como boca de lobo, pero en el cono de luz que proyecta mi linterna frontal parece como si algunas partes de los árboles estuvieran «arrancándose» para moverse con voluntad propia. Una ramita de 10 centímetros zumba por encima de nuestras cabezas y aterriza sobre una rama cercana. Una hoja de color verde lima rebusca entre un montón de hojas marrones y, al no encontrar nada interesante, se arrastra hasta otro montón.
Me acerco a esas «cosas» movedizas para mirarlas de cerca, sabiendo perfectamente lo que son, pero aun así maravillada por los detalles y la seriedad casi cómica de la farsa que representan. La «ramita» es un insecto palo, un magnífico espécimen del orden de los fasmópteros, con un exoesqueleto que imita a la perfección la corteza estriada de un árbol, y el cuerpo y la cabeza jalonados de falsos brotes axilares y cicatrices de hojas: los pequeños bultos y nudosidades que hacen que un insecto parezca una ramita.
Durante el día esos insectos se mueven poco y es casi imposible distinguirlos del fondo silvestre al que imitan, y eso, lógicamente, es lo que pretenden: volverse invisibles a los ojos de los depredadores que usan la vista para cazar. Pero cuando cae la noche, los insectos palo y hoja se sacuden el «sopor vegetal» para comer hojas y detritos del suelo del bosque, y en ese momento podemos admirar sus ancestrales triquiñuelas gracias a nuestras modernas luces artificiales.
La imitación nos atrae y perturba a la vez. De niños, nos disfrazamos y jugamos a ser otras personas, y aprendemos a entender a nuestros congéneres imitando sus conductas. Nuestros más elaborados bailes de máscaras (para Carnaval o Halloween) a menudo están relacionados con nuestros miedos más profundos. ¿Qué asesino hollywoodense que se respete saldría a la calle sin una máscara inspirada en El grito de Edvard Munch o sin la peluca de su madre?
Continuar...
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