Thomas Mann la calificó de «mitad fábula y mitad trampa de forasteros». Hoy afronta un futuro lleno de incertidumbres, acosada por el agua y la incesante avalancha de turistas.
Por Cathy Newman, Septiembre de 2009
En ningún lugar de Italia, donde la calamidad a menudo adquiere un cierto aire de opereta rococó, puede una crisis tener un marco más hermoso que en Venecia. Sin estar en el mar ni en la tierra, sino rielando entre ambos, la ciudad se dibuja como un espejismo sobre una laguna del Adriático. Desde hace siglos amenaza con desaparecer bajo las olas del acqua alta, la implacable inundación periódica fruto de la complicidad entre las mareas altas y unos cimientos que se hunden. Pero ése es el menor de sus problemas.
Basta con preguntárselo al alcalde Massimo Cacciari, reflexivo y versátil profesor de filosofía que se expresa con fluidez en alemán, latín y griego antiguo, que ha traducido la Antígona de Sófocles y es capaz de elevar el nivel intelectual de la política hasta la estratosfera. Le preguntamos por el acqua alta y el hundimiento de Venecia, y él responde: «Hay que ponerse botas». Si Venecia se hunde, ¡que se pongan botas!
Las botas están bien para el agua, pero no sirven para detener la inundación que causa más quebraderos de cabeza que cualquier otro desbordamiento de la laguna: la del turismo.
Población de Venecia en 2007: 60.000 habitantes. Número de visitantes durante el mismo año: 21 millones.
En un puente de mayo de 2008, por ejemplo, 80.000 turistas cayeron sobre la ciudad como langostas sobre los campos de Egipto. Los aparcamientos públicos de Mestre, una parte del municipio situada en tierra firme, donde la gente deja el coche para coger el autobús o el tren hasta el centro histórico, se llenaron y tuvieron que cerrar. Los turistas que consiguieron llegar a Venecia tomaron las calles por asalto, como bancos de peces ávidos de pizza y gelato, dejando tras de sí una estela de papeles y botellas de plástico.
La Serenissima, como se conoce a Venecia, lo es todo menos serena. El mundo entero irrumpe en el cáliz exquisitamente labrado de la ciudad con una guía turística en la mano, las fantasías guardadas junto al cepillo de dientes y unos zapatos cómodos. Y entonces, ¡splash!, expulsa a los venecianos. El turismo no es la única razón del éxodo acelerado, pero una pregunta flota en el ambiente como la niebla: ¿quién será el último veneciano que quede en la ciudad?