Mogadiscio es la zona cero de Somalia, un estado fallido y un paraíso de piratas y terroristas. Sin embargo, al norte, la escindida región de Somaliland goza de paz y estabilidad. ¿Cómo se explica?
Por Robert Draper, Septiembre de 2009
Mohamed acude al faro todas las tardes. No es un refugio evidente. Levantado hace casi un siglo, el faro italiano lleva años abandonado. La escalera de caracol está medio en ruinas. Las salas saqueadas huelen a podredumbre salada y orines. Con las piernas cruzadas sobre los escombros, los muchachos pasan horas mascando qat, una planta cuyas hojas tienen efecto estimulante, y probando suerte con un juego de dados llamado ladu. Algunos fuman hachís apretujados en un rincón. Parecen fantasmas en una urbe abandonada a los muertos. Pero el faro es tranquilo y seguro, si es que en Mogadiscio algún lugar lo es.
Mohammed, de 18 años, viene por las vistas. Desde lo alto del faro domina las ruinas de su barrio, en el antaño próspero distrito de Hamarweyne. Alcanza a ver los restos de la antigua embajada estadounidense, el lujoso hotel Uruba, el distrito de Shangaani, antaño hervidero de comercios de oro y perfumes: todo reducido a cascotes. Una cabra se para en medio de la avenida, flanqueada por casas centenarias en lenta desintegración que de vez en cuando sepultan vivos a sus ocupantes ilegales. Mohammed también puede distinguir, al pie del faro, el pequeño arenal donde a veces improvisa con otros chicos un partido de fútbol, y contemplar cómo los niños juegan desnudos entre las olas, asidos a trozos de poliestireno desechado. Con sólo bajar la vista tiene a su alcance la paradójica dosis diaria de alegría y destrucción. Pero prefiere posar la mirada en la lejanía, sobre la alfombra de serenidad que es el océano Índico. «Me paso el día mirando al mar –dice–, porque sé que es mi fuente de sustento.»