Publicado: Abril 2009
Hemeroteca

Australia sedienta
A los agricultores y ganaderos del sur de Australia se les agotan los recursos, y con ellos, las esperanzas. Una larga sequía de siete años ha agravado la precariedad de las reservas hídricas del país.
Por Robert Draper
Fotografías de Amy Toensing
El clima lo ha traicionado. Parado en el arcén de una carretera del sudeste de Australia, un hombre sentado en una furgoneta reflexiona sobre las muchas maneras en que su mundo se ha secado. Las dos más evidentes están a la vista. Al lado de la furgoneta, su ganado lechero pace la hierba de las cunetas. Las vacas están sanas, pero son sólo 70. Hace cinco años tenía casi 500. Los animales están pastando junto a una vía pública, lo cual «no es estrictamente legal», reconoce el hombre, pero, ¿qué otra cosa puede hacer? Ya no queda hierba en su granja. Su tierra es un yermo desértico donde la más ligera brisa levanta un neblinoso muro de polvo. Ya no puede permitirse comprar grano, lo que resulta evidente por la otra penuria visible: el estado de su cuenta bancaria, que puede ver en el ordenador portátil apoyado en el salpicadero del vehículo. El hombre, que nunca ha sido rico pero tampoco pobre, ha acumulado una deuda de miles de dólares. Las vacas que ve a través del parabrisas son el único ingreso que le queda.Se llama Malcolm Adlington, y durante 36 de sus 52 años ha sido un granjero lechero y ha tenido que levantarse todos los días a las cinco de la mañana para el primer ordeño. Hasta hace poco esperaba ilusionado el ritual de la visita a una granja. Las autoridades agrícolas del estado reunían a los dueños de las granjas lecheras locales y los llevaban a visitar una granja modelo, a menudo la de Adlington, una pequeña pero próspera explotación en las afueras de Barham, en Nueva Gales del Sur. Los ganaderos observaban los gordos animales alimentados con grano, preguntaban acerca de los exuberantes campos de heno (qué semillas y fertilizantes utilizaba), y él se alegraba de compartir sus conocimientos, seguro de que los demás harían lo mismo cuando les llegara el turno. Ése era el espíritu de los granjeros, y el de Australia. Un hombre podía experimentar libremente, y revelar sin temor sus estrategias, con la tranquila confianza de que su esfuerzo y su ingenio lo
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