Las superautopistas están redibujando el futuro de la India. Estas nuevas infraestructuras, ejes vertebradores del crecimiento económico del país, favorecen el desarrollo de los pueblos más desfavorecidos, donde vive más de la mitad de la población. Sin embargo, esta misma prosperidad representa una amenaza para los agricultores, que ven cómo sus tierras son expropiadas.
Por Don Belt, Noviembre de 2008
La nueva autopista nacional de la India, en parte simple vía de asfalto y en parte vía de ilusiones de un futuro mejor, atraviesa Bangalore y se abre paso por el sur de la India, llevando consigo las esperanzas «turboalimentadas» de mil millones de personas desde el mar de Arabia hasta el golfo de Bengala. En el centro de Bangalore, el tráfico se detiene brevemente junto a un ornamentado templo hindú de 15 metros de altura donde todas las noches un alegre hombrecillo con gruesas gafas de pasta de nombre R. L. Deekshith, el sacerdote del templo, celebra un ritual llamado puja. En ella, la generosidad del dios Ganesh se prodiga sobre una procesión de vehículos recién adquiridos, coches, camiones, todoterrenos, motocicletas, rickshaws y alguna bicicleta o carro tirado por bueyes, cuyos dueños no se atreverían a pisar la carretera sin la bendición del festivo dios de cuatro brazos con cabeza de elefante que trae prosperidad y buena suerte, en especial a las máquinas y a quienes emprenden un nuevo camino.Menaka Shekaran, una contable de 23 años que trabaja para una empresa importadora de material deportivo, espera a que Mr. Deekshith realice una puja sobre el scooter plateado que acaba de comprar esa misma tarde. Menaka es delgada, de mirada brillante, y viste según la moda que siguen miles de jóvenes indias motoristas: tejanos, túnica de colores chillones, zapatos negros de tacón y un pañuelo blanco sobre la cabeza, que también cubre la nariz y la boca.Mientras el sacerdote avanza por la larga fila de vehículos, el hermano mayor de Menaka, Dhana, prende fuego a un coco y da la vuelta a la moto tres veces con la cáscara humeante antes de romperla en pedacitos sobre el pavimento. Lea el artículo completo en la revista