Para los masai es «el paraje donde la tierra se prolonga eternamente», pero más allá de las zonas protegidas de este emblemático escenario salvaje, la tierra se agota. Las severas restricciones de que son víctimas los masai han puesto a este pueblo contra las cuerdas.
Por Robert R. Poole, Febrero de 2006
El pueblo masai del este de África, que siempre ha vivido a su manera, no cuenta los años como los demás. Para ellos cada período de 12 meses comprende dos años: uno de abundancia, el olaari, que coincide con la estación de las lluvias en la inmensa llanura del Serengeti y en los montes del Cráter de Tanzania, seguido de un año de hambre, el olameyu, que comienza cuando cesan las lluvias, se secan los arroyos y se produce la gran migración de ñúes, en la que más de un millón de ejemplares se desplaza al norte en busca de agua y comida. En esa época, la hierba del Serengeti se vuelve de un color tostado, y los pastores y guerreros masai se embarcan en largas y arduas maratones para ofrecer sustento a su preciado ganado, que continúa siendo la medida de la riqueza y el bienestar en esta sociedad pastoril.Habían transcurrido varias semanas del año del hambre, era mediados de julio. Las nubes se cerraban y se abrían sobre el cráter del Ngorongoro, iluminando el espectáculo que ya había empezado a desarrollarse en el fondo del cráter.Bajo la luz dorada que se abría paso entre las nubes, una manada de leones avanzaba sigilosa por un lecho fluvial, atenta a un rebaño de cebras que estaba paciendo. Una hiena solitaria maniobraba entre unos huidizos jabalíes verrugosos.Lea el artículo completo en la revista