Publicado: October 2005
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El desierto africano de Danakil
Temperaturas elevadas, vastas extensiones de sal... es difícil imaginar un paisaje más inhóspito que el desierto etíope de Danakil. Pero para los afar, pueblo nómada dedicado al comercio de la sal, es un hogar por el que vale la pena morir.
Por Virginia Morell
Fotografías de Carsten Peter
«Traigo noticias», anunció en tono grave Edris Hassan. Se sentó en un peñasco junto al río Saba, en el norte del desierto de Danakil, en Etiopía, y apoyó a su lado el fusil Kaláshnikov. Edris es alto incluso para ser un afar, uno de los pueblos dedicados a la ganadería trashumante que recorren estas tierras, y aparenta ser lo que en realidad es: un miembro de las milicias. Ejercía como guía y guardián de nuestro pequeño grupo, y facilitaba, con su prestigio y con su arma, nuestros desplazamientos entre los afar.Mientras aguardábamos en Hamed Ela para unirnos a las caravanas de la sal, aprendí de Edris que las noticias o dagu, como las llaman los afar son un asunto de peso. En una especie de ceremonia durante la cual se estrechan y besan las manos, los afar intercambian narraciones de todo cuanto han visto y oído. A través del dagu se enteran de la llegada de forasteros a sus dominios desérticos, del estado de los abrevaderos y las praderas, de los camellos y caravanas perdidos. Saben de bodas y funerales, de las nuevas alianzas y traiciones, de las últimas batallas libradas y de las condiciones en que se encuentran los caminos. Se enteran de lo que ha cambiado en su cambiante tierra y, a partir de esa base, eligen su línea de acción. Quienes más atención presten a las noticias, afirman, conseguirán quizá sobrevivir, Inshallah, «si Dios quiere».Lea el artículo completo en la revista
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