Publicado: September 2005
Hemeroteca

África, tras la huella humana
Provisto de dos avionetas y de una férrea determinación, el explorador y conservacionista J. Michael Fay sobrevoló el continente africano para recopilar una montaña de datos, un registro sin precedentes del impacto humano sobre el territorio que ayude a proteger los espacios naturales de África.
Por David Quammen
Fotografías de George Steinmetz
Al norte de la antigua ciudad caravanera de Agadez, en el centro de Níger, se encuentra el macizo del Aïr, una vasta meseta de color cenizo que destaca sobre el Sahara como un barco cargado de carbón en medio de un mar amarillo. El tiempo ha moldeado los picos y altiplanicies del Aïr a partir de una compleja combinación de tipos rocosos (diques circulares magmáticos, intrusiones graníticas, areniscas paleozoicas y recientes coladas de lava), pero la impresión general se puede transmitir sin necesidad de recurrir a la jerga geológica: montañas grandes, secas, oscuras y escarpadas. Sus barrancos (koris en la terminología local) han sido excavados por el agua, pero en la estación seca sólo llevan arena. Las viejas sendas que aún se adivinan en la superficie de las cornisas indican que antaño éste fue un buen hábitat para el arruí (Ammotragus lervia), una especie resistente hoy extinguida o en peligro en la mayor parte de su área de distribución norteafricana. Puede que el hábitat siga siendo bueno, pero la caza parece haber acabado con estas cabras. En esas montañas sin carreteras asfaltadas hay pocos poblados. Aparte de los caminos abiertos por los todoterrenos en los koris más anchos, los principales signos de presencia humana son los montones de piedras en forma de iglú que jalonan las laderas. Cada montículo es una tumba antigua. Los discretos sepulcros se distinguen desde una avioneta volando a baja altura.Lea el artículo completo en la revista
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