Publicado: Octubre 2002
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Nueva Zelanda
El mayor archipiélago del planeta es también uno de los más alejados de cualquier masa de tierra. Estos dos factores lo convirtieron en un paraíso con especies endémicas únicas en el mundo. Pero la llegada de los polinesios y, más tarde, de los primeros europeos, con los animales que les acompañaban, predadores desconocidos en esas tierras, inició un proceso irreversible: la desaparición de esta biota única.
Por Kennedy Warne
Tres son multitud en una tienda de dos plazas, especialmente cuando estás aplastado entre mochilas y fundas de cámaras, un par de baterías de coche y un videoteléfono. Renuncié a dormir y me puse a mirar las paredes de nilón que se agitaban al ritmo de las gotas de lluvia.No sabía qué hacer, así que apreté el botón de la pequeña pantalla del videoteléfono, que hacía las funciones de monitor de una cámara de vídeo instalada en la cima de la isla, a 75 metros de distancia, para ver qué ocurría allí. Nada. Sólo matorrales agitados por el viento.Apagué el monitor, me arrastré hasta mi hueco entre los dos guardas forestales con los que compartía la vigilia nocturna y escuché la llamada de los petreles que cruzaban el cielo sobre nuestras cabezas. Entonces, justo antes de la medianoche, oí un sonido tan profundo y estremecedor que bien hubiera podido proceder de un monasterio tibetano. Uuuuuum... uuuuuum... uuuuuum...Lea el artículo completo en la revista.
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